Basado en hechos reales: ¿puede una serie ser inspiradora?

Domingo, 18.00hs.

Con un pequeño pilón de pañuelitos usados desparramados por el escritorio termino finalmente el último capítulo. Respiro profundo, me limpio las lágrimas una última vez y miro en silencio la pantalla de la computadora congelada en los créditos. Un sentimiento familiar y su vez difícil de definir comienza a llenarme el pecho. Los seriéfilos más acérrimos describen esto sensación como “el vacío que te queda después de terminar una serie”, y pensándolo con detenimiento, no es una definición tan errónea. Aquellos que alguna vez nos hemos sentidos atrapados por la trama de una serie no hemos podido evitar experimentar esta sensación, siempre acompañada por la pregunta “¿y ahora qué?”. Es entonces cuando por unos dramáticos cinco segundos sentimos que aquello que daba sentido a nuestras vidas desapareció, el prospecto de continuar no parece una opción viable y hasta nos sumergimos en una angustia que promete no terminar, pero luego el segundo seis llega y nuestra vida vuelve a tomar su curso normal. Respiramos profundo y cerramos la ventana sentenciando “que buena serie”. La vida continua, pero de todas formas pienso ¿qué nos lleva a sentirnos tan atados a una serie? ¿Por qué el botón “ver el siguiente capítulo” se convierte tan ansiado para nosotros como el único anillo para Gollum? Ciertamente parece tener efectos similares.

En los últimos años ver series pasó de ser el entretenimiento de unos pocos a casi un requerimiento social (“¡¿Cómo que no ves series?!”). Conversaciones enteras se basan exclusivamente en lo sorprendente que fue el último capítulo de Juego de Tronos, lo diferente que es Black Mirror, lo bien que actúan los niños de Stranger Things, o simplemente en infinitas recomendaciones de esta o aquella. Escuchamos de ellas en la tele, vemos sus publicidades en todos lados y es un tema obligatorio en cualquier reunión social. Advertencia: si usted es un sujeto que jamás estuvo en contacto con una serie o simplemente conoce aquellas que “a veces engancha en la tele”, lo más probable es que sea o haya sido marginado durante largos minutos y sin piedad por su propio grupo de amigos al menos una vez. En definitiva, ya sea como paciente o agente, nadie se salva de conocer una cosa o dos del asunto.

Es así, es necesario aceptar que en algún momento de nuestra historia las series tomaron un papel fundamental en nuestro entretenimiento. Nos sentimos atraídos a ellas como insectos a la luz: es fácil, accesible y divertido. Nos deja pensar en otras cosas cuando el mundo se pone demasiado estresante, después de a quien no le gusta desaparecer por cuarenta y cinco minutos a otro mundo donde nuestros problemas no existen, cuarenta y cinco minutos donde nos permitimos apagar todas las alarmas de la mente para dejarnos llevar por una historia paralela una y otra vez. De amor, de acción, de suspenso, de ciencia ficción o biográfica, la biblioteca virtual que se despliega ante nosotros parece infinita y es tan tentadora como peligrosa, después de todo no hay que olvidar lo fácil que es convertirse en Narciso para morir ahogado en aquello que no pudimos dejar de contemplar.

Miércoles, 17.00hs. Facultad.

“Que cara.”

“Me acosté como a las cuatro de la mañana.”

“¿Pero qué te quedaste haciendo?”

“Es que era el final de mi serie.”

MI serie. Sí, porque a pesar de que nuestro rol es simplemente de espectador es imposible no apropiarse del contenido que se está mirando. La historia pasa a ser nuestra, sus personajes también. Nos identificamos con ellos, los envidiamos, despreciamos, nos preguntamos qué sería de nuestra vida si nos pasara lo mismo que a ellos. Los más empáticos se pondrán en su piel y trataran de sentir lo que ellos sienten, lo que podría estar pasando por sus cabezas. Lloramos cuando sufren y nos ponemos al borde del asiento cuando las cosas se ponen un tanto muy dramáticas ¿pero por qué nos sube así la adrenalina? ¿Por qué no podemos dejar de seguir sus historias con tanto interés? Quizá porque muy en el fondo sabemos que esas historias no nos pertenecen, y que no importa cuanto lo intentemos, las emociones fantásticas, la excelente fotografía y los romances que duran toda la vida son solo cosa de Netflix. Lo único que nos pertenece es el anhelo de poseer aquello, y quizá si nos esforzamos lo suficiente, el deseo de llegar a probar un poco de esa otra realidad a través de las sensaciones que nos produce mirarla. Llegar a experimentar aunque sea una parte de esas emociones que parecen tan ajenas a nuestras vidas se convierte en el objetivo primero. Querer lo que no se tiene es después de todo la historia más vieja de la humanidad y en el siglo XXI volvió, en forma de series.

Así como un buen libro, las series cuentan una historia, y cuando esta es buena puede hacerte desear todo aquello que no tenés, pero también puede inspirar. Te puede llevar a querer cambiar tu vida, a intentar cosas nuevas, a viajar, conocer lugares, gente, estudiar, aprender o a trabajar más fuerte por tus sueños. De repente te estas cuestionando si eso que viste realmente es tan imposible de hacer o solo te hacía falta tomar la iniciativa. Una buena historia te pregunta en secreto si estás dispuesto a tomar riesgos, a luchar contra el villano o dejar que los otros lo hagan por vos, a irte por tu cuenta o reforzarte en tus amigos. Te pregunta que personaje sos en la historia ¿el principal o de los secundarios? ¿El que tomo todas las decisiones sin consultar a nadie o el que tuvo que pensarlo a lo largo de muchos capítulos? ¿El escéptico o el que no dudo un segundo? No importa que tan realista o fantasiosa pueda ser la historia, un segundo estas tranquilo y al siguiente te vuela la cabeza esa frase que definió tu vida.

O no. Tal vez no te llego el llamado celestial, ni sentiste ninguna voz interna cuestionando tu vida porque sabes quién sos y donde estas parado, solo estas acá porque te gusta recrearte en el placer visual que algunos productores consiguen. Tenés la seguridad suficiente para ser tu propio personaje y solo estás acá porque no podes no pensar como seguirá la trama, porque una buena historia también puede hacer eso, despertar la curiosidad, hacerte pensar en cosas que quizá no estarías pensando. Dirige tu atención hacia nuevas formas, y en un rincón de tu cabeza surge la pregunta de cómo lo habrán conseguido, y eso puede ser tanto un buen ejercicio mental como el principio de una idea que quien dice, tal vez te del próximo Nobel.

Por A o por B aquellos que alguna vez nos vimos sentados frente a la pantalla expectantes ante un nuevo capítulo de algo sabemos que estamos frente una historia que por algún lugar nos llega y de la cual no queremos desprendernos. La necesidad falsa o no de querer seguir experimentando todas esas sensaciones es casi adictiva. Queremos seguir adentrándonos en lo que sea que la historia nos hace sentir y que estamos seguros no vamos a conseguir en ningún otro lado. Sacrificamos horas de sueño que luego nos pesa en el trabajo, salidas con amigos, horas de estudio y Dios no quiera que se nos caiga Internet. Los más meticulosos lo incluyen en sus cronogramas y los ansiosos anotamos las fechas de un nuevo estreno en el calendario. Los servidores son nuestros dealers y las páginas dedicadas al tema nuestro suplemento en caso de escacia.

Engancharse, como bien dicen, es fácil, y razones nos sobran, lo complicado después es desprenderse, volver a nuestra menos estilizada vida donde los colores no siempre combinan y los diálogos no son tan pensados. Pasamos a ser los protagonistas de nuestra propia serie y el guion depende enteramente de nosotros. A veces da miedo, los más inseguros sabemos de ello, pero también es necesario darse cuenta que es la posibilidad de tomar todos esos nuevos pensamientos, cuestionamientos e inspiraciones y ponerlos en práctica a fin de darles una forma lo más parecida posible a aquellos que nos mantuvo desvelado hasta la madrugada apretando “ver el siguiente capítulo.”

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