Qué fácil es señalar

Mientras buscábamos la forma de recuperar la voz después de tanto grito por la trabajosa victoria de la Argentina contra Uruguay, la foto de la Ferrari destruida de Arturo Vidal nos hizo cambiar rápidamente nuestro eje y empezamos a opinar sobre la figura chilena, que en una tarde-noche libre que le habían dado al plantel, no tuvo mejor idea que irse al casino, tomar unos tragos y manejar con 1.2 de alcohol en sangre. Tuvo la mala suerte de chocar y la buena suerte de que nadie haya salido lastimado. La Ferrari, por más linda que sea, no deja de ser un montón de aluminio, hermosa –repito– pero aluminio al fin.

El martes por la noche, Vidal salió ebrio del casino Monticello y chocó a un Chevrolet Sonic en la Ruta 5 Sur de Santiago de Chile.

Cuando ocurren este tipo de situaciones con figuras públicas, inmediatamente el cuerpo humano empieza a generar moralina y cada uno emite su opinión y baja el martillo. “Es un negro cabeza. Un ignorante que gana millones al año y no sabe qué carajo hacer con la plata”. “Se equivocó. Se puso en pedo, creyó que podía manejar y se la pegó”. “Lo tienen que echar de la Copa América, de la Selección y de Chile”. “Que siga jugando, le puede pasar a cualquiera”. Opiniones contrastadas sobre un grave acto de indisciplina en lo deportivo y una pésima decisión en cuanto a su vida, porque más allá de la pelota, Vidal se podría haber muerto, o su esposa, o los que estaban adentro del otro auto.

Los campeones mundiales de la ética nunca manejaron después de haber tomado alcohol y seguramente piensan que Diego Maradona nos hace pasar vergüenza como país. Esos mismos seres hechos y derechos seguramente tienen hijos que tampoco se ponen en pedo, ni se drogan, ni se gastan tres lucas en un champagne cuando ganan ocho por mes, solamente para que se les acerquen un grupito de chicas en el boliche. ¿Vidal estuvo mal? Por supuesto. Ahora, traslademos el asunto de este lado de la cordillera: ¿Qué opinaríamos si le pasara a Messi? Obvio que es difícil hablar sobre supuestos, pero destruir a alguien que no nos interesa es mucho más fácil que entender por qué le pasó lo que le pasó.

¿Acaso alguien sabe algo de la vida de Vidal? Antes de emitir un juicio, ¿alguno se preocupó por saber las cosas por las que tuvo que atravesar este multimillonario de 28 años, a quien cuando era chico no le daban la ropa en la selección juvenil porque en su barrio era tan inseguro que se la robaban? Lo que hizo Vidal está mal. Fue un irresponsable. Cometió un error que afortunadamente no dejó más que un montón de aluminio y plástico esparcido en una autopista. Sin embargo, quizá se podrían entender los problemas de conducta de Vidal si, por ejemplo, se supiera que su padre estuvo vinculado con el narcotráfico y que intentó suicidarse, o que a su hermana casi la mata a golpes su propia pareja.

Después de respirar y hablar, juzgar es una de las actividades predilectas del ser humano. Sin pensar, sin saber, sin siquiera tener en cuenta cómo puede sentirse el otro, juzgamos. Pasó con Vidal, que a los argentinos no nos interesa porque es chileno, pero también pasó con Maradona, una de nuestras máximas figuras en la historia, y también, aunque no lo crean, pasa a diario con nuestros amigos, familia o compañeros de trabajo. Juzgamos porque es gratis. Juzgamos porque el que no se la juega es un tibio y porque es divertido marcarle los errores al que se equivoca.

Siempre tenemos una opinión para todo lo que le pasa al otro o sobre sus decisiones en la vida. Ojalá algún día dejemos de juzgar todo el tiempo, porque cuando nos equivoquemos vamos a ser nosotros los que estemos en el ojo de la tormenta y con los dientes apretados diremos para adentro: “Qué fácil es señalar”.