Comunicación y poder y viceversa

A menudo nos referimos a los medios de comunicación como el cuarto poder (tras el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial), no es un poder determinado pero sí simbólico. Influyen en la construcción de la opinión pública, transmiten y consolidan representaciones sociales, culturales e ideológicas, y conducen nuestros valores marcándonos el camino de lo que es o no deseable. Pero, en un contexto en el que muchos medios acumulan deudas cada vez más astronómicas, casi todas las empresas de comunicación están en manos de personas o entidades ajenas a la profesión periodística, las presiones políticas abundan y la publicidad sigue siendo un elemento imprescindible para la supervivencia de la gran mayoría de medios ¿son los medios de comunicación realmente el cuarto poder? o ¿son tan solo una ficha más del tablero con la que otros factores como los mencionados anteriormente juegan, sirviendo, en última instancia, al poder financiero?

El sector periodístico se encuentra totalmente desprestigiado, tanto desde dentro como desde fuera. La crisis hizo que muchos profesionales tuvieran que agachar la cabeza ante la precariedad laboral que les venía encima mientras sus directivos se embolsaban millones por los trámites que ponían a los medios en manos del poder financiero, siendo este último el que lleva la batuta en la gran mayoría de cuestiones que el periodismo debería contarnos sin tapujos (desahucios por los fondos buitre, rescates, etc.). A su vez, son también los que ponen el dinero para la publicidad por la que se financian la mayoría de empresas mediáticas, ya sea directamente o indirectamente a través de las empresas en las que tienen acciones. Además, a todo esto se le han sumado las consecuencias de la burbuja mediática, por la que los verdaderos dueños de la información nunca han estado tan alejados de la profesión periodística. Las presiones políticas también se acentuaron con la llegada de la crisis, sobre todo en las televisiones públicas (TVE y las autonómicas) donde los ERE y las restructuraciones hicieron temblar a todo aquel que no seguía la línea editorial que se marcaba desde muchos gobiernos autonómicos o, en el caso de Televisión Española, desde el estatal.

En este desolador panorama, al periodista le queda muy poco margen o ninguno para realizar con profesionalidad su trabajo dentro de un medio convencional y contarle al mundo lo que realmente debe saber para comprender lo que sucede a su alrededor. Debido a esto, son muchos los profesionales de la información que han huido de los medios convencionales hacia nuevos medios más comprometidos socialmente (la gran mayoría a caballo entre lo digital y el papel), arrastrando con ellos a multitud de lectores cansados de una información al servicio de los anunciantes, el poder político y financiero.