Maciel

“Veo que eso no es verdad

Que cuando te escribo nadie ha muerto.

Y que estás tú también allí en ese continente desierto”.

Marguerite Duras

Adentro, naftalina y gas. Afuera, jazmín.

Como diapositivas, una atrás de la otra, se me aparecen imágenes de una infancia visitando la casa de mis abuelos: recorriendo cada habitación, sentándonos en ronda (obligados por los grandes) bajo la parra a la tardecita, saliendo a jugar por la puerta que da a la esquina. Los nietos éramos los amos y señores de las calles de Maciel a la hora de la siesta.

Mi abuela Nelly murió obligándonos a vivir sin su versión de las cosas. La música cesó.

Siempre se movió como quiso, sin hacerle caso a nadie; disfrutaba mucho de estar sola y en el último tiempo, llegó a no dejar pasar a las mujeres que la cuidaban, o incluso a echarlas.

Diminuta (medía un metro y medio y según mi tío se fue “erosionando”), delgada, siempre arreglada, aún la imagino en la cocina preparando algo para nosotros, sus nietos e hijas de visita, mientras baila casi en el lugar alguna milonga que suena desde el estudio del abuelo.

Ávida lectora, les enseñó a sus tres hijas a amar las historias y las palabras, y también supo hacer uso de ellas, muchas veces con crueldad. Ella, Nelly, era una mujer del futuro, de esas que se saltan generaciones y quedan atrapadas en su época.

Su amor fue mi abuelo Guido, a quien cuidó hasta el día de su muerte.

Una mañana de sábado viajamos los cuatro a Maciel en busca de las cosas de la casa, antes de cerrar su venta. Entramos y la luz del sol penetraba en el living hacía varias horas, disimulando lo inhabitado del lugar. El polvo y el olor a encierro de su propia habitación, allí donde dormían las tres hermanas, generó extrañeza en mi mamá. ¿Adónde guardamos la casa en la que crecimos cuando ya no está en ningún lado?

Empezamos por los libros. Mamá nos dijo que organicemos lo que era para regalar y que nos quedemos con lo que queramos, mientras ella revisaba los cajones.

En mi caja, puse algunos clásicos, una radio para la cocina y un fascículo de la revista Para Ti del setenta y pico que traía un cuento de Abelardo Castillo, literatura para amas de casa del espacio exterior.

Después, revisamos las fotos. Hermosos retratos familiares sacados por el fotógrafo del pueblo, otro talento desconocido en un mundo hecho de olvido.

También había postales de tíos y primos, incluso encontramos una que le había mandado el abuelo a la abuela cuando estuvo en el servicio militar.

Las vimos entre todos, preguntándonos quién era quién, de cuándo eran, qué estaba pasando al momento del flash. El silencio de la casa vacía fue cediendo a nuestras voces y risas. Afuera, en el patio, entre el pasto crecido y las plantas secas, el jazmín dejaba entrever algunas flores que respiré hasta el cansancio.

Nos subimos al auto y viajamos en silencio, sin música de fondo, mirando el camino de regreso a Rosario. Durante esos cuarenta minutos, apreté los jazmines entre mis manos, deseando que nunca se marchiten.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.