• Los 5 recursos utilizados por Gabriel Márquez son:
1. Está redactado en primera persona, durante toda la crónica.
2. Además de contar el viaje a través de su territorio, habla sobre la situación social y económica por la cual estaban atravesando dicho país (Alemania).
3. Desde una mirada periodística, lleva a cabo un análisis del territorio divido, como fueron sus experiencias en cada lado, como actúa la gente y recolecta anécdotas que los mismo le brindaron.
4. No solo muestra a través de la crónica los paisajes y los detalles que tiene cada ciudad y país que visita, sino que hace un panorama de los momentos históricos que hacen a Alemania el estado que era en ese período.
5. Escribe desde su perspectiva y mirada, no siendo objetivo con sus observaciones.
• Preguntas:
1. ¿Cuál es la prueba del reloj?
Consistía en sincronizar los relojes del autor y Franco a una misma hora, y subir al tranvía donde eran perfectamente legibles. Esta prueba la llevaban a cabo para ver las reacciones de las personas en cada país que visitaban, cada una de ellas diferente.
2. ¿Qué hay que hacer para mirar a Berlín del revés?
García Márquez explica que para mirar a Berlín del revés hay que subirse al metro, para apreciar su vida intima y mirar sus costuras. Porque es un medio que utiliza toda la población de la ciudad, de ambos lados, ya que la diferencia de los sistemas de Estado solo se encuentran en la superficie.
3. ¿Quien tiene las medias de nylon raídas en los dedos?
La cantante del cabaret, que visitaron los tres viajeros, una mujer rubia platinada, esa noche llevaba puesto un traje azul marico con medias de nylon. Aquellas medias eran muy cuidadas debido a su alto costo.
4. ¿Quien enseña a valorar los detalles?
Franco después de ver a la cantante, destaco que era un detalle importante y que hay que aprender a valorarlos.
Ushuaia, una mirada distinta
Era mi Primer viaje en avión, la media hora previa a subir fue una mezcla de pánico y euforia, de no saber que iba a pasar, esa sensación que se le tiene a lo desconocido. Aunque no estaba sola, me acompañaban amigos del secundario, nuestro destino era Ushuaia.
El vuelo para cada uno de nosotros duró diferente, dependiendo de la experiencia previa de cada uno, varios de los compañeros que durmieron todo el viaje, en particular a Iñaki, uno de mis amigos, se le hizo eterno con sus problemas a las alturas
-No, no a la vuelta me tomo en micro, yo no subo más a un avión, ustedes me obligaron- dijo Iñaki al sufrir las turbulencias del aterrizaje.
En el aeropuerto nos recibieron conocidos de Paula, la persona más social del grupo. Ellos eran Sebastián y su esposa, los cuales nos habían convencido de visitar la ciudad, también eran los encargados de hospedarnos en su casa y llevar a cabo las excursiones.
Durante el viaje, que duro unos pocos minutos, Federico, otros de los viajeros, les preguntó cómo era la vida en el sur, porque ellos habían vivido en La Plata y podía hacer un paralelismo entre las dos ciudades.
-No hay punto de comparación, aunque sea un territorio grande es un pueblo Ushuaia, no es una ciudad, es turístico pero por su cerros y parques, su centro serán cinco cuadras como mucho — comentaba Sebastián mientras manejaba y saludaba a los vecinos — te conoces con todos, muchos colegios no hay, pero estamos agradecidos que hayan universidades.
El sol no se asomó durante todo el primer día, pero al ser un clima distinto no sentí que estábamos en una de las provincias más frías de la Argentina. Al no haber luces naturales, no parecía un paisaje real, pero la nieve y las cierras de Chile provocaban querer bajar del auto y admirar la posta, pese a que el viento no lo permitiese.
Nuestro primer recorrido se basó en conocer el barrio, ya no estábamos en La Plata. Las calles llevaban el nombre de arboles, flores y pájaros. Las cuadras parecían eternas, ya que eran empinadas y extensas. La esposa de Sebastián, de la cual nunca supimos su nombre, nos contaba que la distancia no se cuenta por calles, sino por casas, porque los metros de cada cuadra varían.
Las casas de Ushuaia son de madera y ensambladas, por eso, muchas familias mudan su vivienda varias veces durante toda su vida. Sin embargo, a medida que nos alejábamos del centro, las casas adoptaban otro estilo: se volvían más rústicas. Pero lo que no variaban eran los vehículos: todos cero kilómetro y en su mayoría camionetas.
La razón por la cual habían tantos autos nuevos y ostentosos era porque los mismos, al patentarse en el sur, no tienen que pagar impuestos. Aunque dicha ventaja poseía una contra: transcurridos los dos años de la compra, los propietarios estaban autorizados a revender el vehículo en el territorio, pero pagando los impuestos correspondientes y solo si pretendían venderlo sin los mismos, tendrían que esperar cinco años, por lo cual no se ve un auto que tenga más de seis años en la zona.
Al centro comercial de la ciudad fui solo una vez para comprar los famosos chocolates, porque lo que realmente importaba en el viaje era conocer los barrios, los vecinos, los parques y las famosas cierras con sus pistas de patinaje. Las personas de la zona mostraban empatía al darse cuenta de que nos encontrábamos perdidos en algunas ocasiones, o con el mapa en la mano, o tan solo cuando los frenábamos para preguntarles como era vivir entre la nieve.
La mayoría decía que dicho clima les daba todo: al ser una ciudad turística, las pistas de esquí eran el fruto de la economía, pero por otra parte, muchos habitantes, detestaban a los turistas y lo hacían notar, ya que decían que los viajeros le sacaban la paz a su pueblo.
Pero recién a partir del tercer día comenzamos a actuar como verdaderos viajeros: organizamos con Sebastián todas las excursiones que se podían realizar sin la ayuda de un guía turístico, pero no todas tuvieron un buen desenlace.
Como primera excursión fuimos al Cerro Castor, aunque ninguno sabía esquiar, pero con tal de conocer y subir a las sillas aéreas, lo intentamos. Pero al momento de volver, a nuestro guía particular se le ocurrió emprender la vuelta caminando por el bosque.
La primera hora se basó en contemplar el paisaje natural de los pinos cubiertos de nieve, mientras los rayos de un sol débil del atardecer convertía a la misma en cristal a simple vista. Las planchas de hielo eran como una pared blanca. Pero estas apreciaciones terminaron cuando Nuria, una de mis compañeras del colegio, se cayó en un arroyo con aguanieve, por lo que su humor cambio y el de nosotros cinco también.
El sol ya había desaparecido, debido a que llevábamos tres horas caminando con sus pequeñas pausas para descansar las piernas, que no las sentíamos por la helada, aunque nuestra cara cambió cuando Sebastián nos mostró la bajada que nos llevaría a la ciudad, desde donde estábamos se podía observar todo el pueblo.
Pero lo que nuestro guía tenía previsto era que la madrugada anterior había nevado, y que la pendiente del cerro estaba cubierta, por lo que nos llegaría la nieve hasta las rodillas.
A mitad del viaje las piernas ya no me respondían de la misma manera: estaban pesadas y temblaban, como también los dedos de los pies, que ya no los sentía. Lo único que quería hacer en ese momento era sentarme en el suelo y rodar, por lo que lo hice, y me di cuenta de que así iba a llegar más rápido, razón por la cual, a los pocos minutos todos me siguieron.
Al llegar a una de las calles principales, Sebastián, nos pidió disculpas por hacernos pasar tal momento, pero no recibió respuesta de ninguno de nosotros, no porque estuviéramos enojados, sino debido a que las palabras no salían de nuestra boca: no teníamos voz de lo cansados y agitados que nos encontrábamos.
Ya la segunda excursión decidimos hacerla por nuestra cuenta, por lo que solo le preguntamos a la pareja como ir vestidos.
- ¿Hoy van a conocer el Parque Nacional?- pregunto la esposa de Sebastián con un tono de afirmación — Solo tienen que llevar abrigo, no es común que caiga nieve.
El Parque Nacional Tierra del Fuego está situado en “el fin del mundo”, cercano al límite con Chile y sobre las costas del canal Beagle, por lo cual no hay señal. Decidimos ir en combi y pasadas las cuatro horas la misma volvía a buscarnos por la entrada.
El Parque tenía una amplia fauna y flora. El recorrido tenía que realizarse sobre pequeños puentes que se comunican entre sí, porque gran sector del parque consistía en ríos y lagos que se cruzaban.
Adentro del Parque, hicimos una pequeña parada en uno de los lagos para visualizar el límite con Chile, pero a los pocos minutos notamos que comenzaba a llover y a los pocos segundos se convirtió en aguanieve. Ninguno de nosotros tenía un paraguas y estábamos a más de media hora de la entrada.
Sin embargo, no se podía avisar a la empresa de las combis para que nos pasen a buscar antes, así que decidimos emprender el regreso por nuestra cuenta a algún lugar cerrado, porque al aire libre se nos podía llegar a congelar el cuerpo.
Caminamos por una hora, hasta que encontramos un hotel que tenía cafetería abierta al público, pero era extremadamente caro y sino consumíamos nada, no nos dejaban quedarnos. El guardia del edificio al vernos desesperados, mojados y con frío nos mencionó que a media hora había un camping, que de seguro allí sí.
Después de caminar otra hora más llegamos, y los encargados del lugar nos cobraron casi lo mismo que nos pedían en la cafetería, a diferencia de que este servicio solo era al aire libre. Gratamente pudimos usar el teléfono fijo del lugar y llamar a la combi para que nos pase a buscar.
Decidimos esperarla a orillas del rio, en donde el sol se asomaba, aunque de mucho no nos sirvió, pero nos hizo la espera un poco más placentera.
Las siguientes excursiones fueron en la cárcel del Fin del Mundo, museos y casas históricas, pero no tengo muchos recuerdos, más que las fotos, lo que sí rememoro es que no sentía esa sensación de cansancio y frío. Realmente lo que quedo del viaje fueron esas travesías en la cual nos llenamos de nieve, las cuales nos hicieron sentir parte de su naturaleza inestable.