Destino I

La leyenda del Hilo Rojo — Japón

Mi rutina era siempre la misma, me levantaba temprano a las 6:00 de la mañana, me dedicaba a hacer un poco de ejercicio y me duchaba mientras dejaba la cafetera encendida preparando mi primera taza para hacerle frente al día. Daba de comer a mi perrita y terminaba de vestirme lo más rápido posible para lograr llegar a tiempo y no perderme mi parte favorita del día; me despido de Misty y salgo corriendo (como es de costumbre) del departamento casi tropezando con un anciano al bajar las escaleras.

- “Buen Día Pedro!” saludo al portero que amablemente me abre la puerta.

- “’ ¿Siempre corriendo, no?” dice él con una sonrisa amigable bajo el bigote.

Le devuelvo la sonrisa y camino rápidamente sobre la acera hasta llegar al pequeño café que se encuentra en la esquina de la calle, a esta hora de la mañana recibe a pocas personas por lo que encuentro lugar fácilmente en la esquina del local. El mesero se acerca con una sonrisa;

- “¿Lo de siempre?” pregunta.

Asiento con la cabeza y me sonríe nuevamente antes de alejarse. Siento como mis manos empiezan a temblar y pequeñas gotas de sudor empiezan a acumularse en mi frente, reviso con ansiedad la hora y luego mi pelo en el reflejo de la ventana; es ahí cuando lo veo. Se destina hacia el pequeño café desde el otro lado de la calle, intento no mirarle por mucho tiempo pero me cautivan sus enormes ojos color cielo. Noto que hoy se ve diferente, sus ojos no irradian esa luz habitual; observo con disimulo como abre la puerta del café y se sienta en una mesa al otro lado del salón. Tomo el periódico de la silla de al lado e intento esconderme un poco detrás mientras mis ojos se dirigen inconscientemente hacia los suyos, pide un par de cosas al mesero y destina su mirada a la gente circulando afuera, suspira. En ese momento el mesero deja en mi mesa una taza de café con leche, le agradezco; vuelvo a verle y pienso en cómo me gustaría tener el valor de acercarme y preguntarle acerca de su vida, sus pasatiempos, sentimientos y sueños.

- “Hoy es el día” pienso.

Me levanto rápidamente de la mesa causando que atrás de mí el mesero derrame accidentalmente el café que cargaba en una anciana de la mesa contigua;

- “¡Lo siento!” digo varias veces intentando enmendar mi error pasando mi servilleta a la anciana que voltea a mirarme con odio.

Regreso a sentarme y levanto el periódico frente a mi rostro intentando ocultar mi vergüenza;

- “Espero que no se haya dado cuenta” me digo a mí misma.

Empiezo a bajar lentamente el periódico para poder observarlo y me doy cuenta de que me está viendo directamente, reviso la hora con ansiedad, me vuelvo a levantar apresuradamente, dejo algunas monedas en la mesa para pagar por el café e intento salir de ahí lo más rápido posible esquivando a los meseros cuando de repente tropiezo y me caigo de rodillas en medio del salón, algunos libros y marcadores de mi cartera salen disparados por el piso. En ese momento siento como que el mundo se detiene, puedo sentir como mi cara se calienta de pena y comienzo a recobrar las cosas del suelo para meterlas en mi bolsa.

- “¿Estás bien?” pregunta una voz grave frente a mí.

Levanto la mirada y me atrapan de nuevo sus ojos azules, está ahí parado frente a mí con mi libro favorito en una mano y la otra extendida; intento decir algo pero no logro formular las palabras. Sonríe y tomo su mano para levantarme,

- “Si… gracias” digo, disimulando mi ansiedad.

- “Es raro que a alguien le guste este libro” dice, viéndolo, “Es de mis favoritos”

- “También el mío” digo con una sonrisa.

Sonríe y me lo devuelve, lo tomo despacio y le agradezco la ayuda.

- “Nos vemos mañana a la misma hora de siempre” me dice con una sonrisa un poco burlona que sólo causa que mi rostro se vuelva más rojo que mi vestido.

Asiento con la cabeza muriendo de pena y salgo rápido del café con una sonrisa de oreja a oreja.

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