Accidentes.

“Nosotros fuimos un accidente afortunado”

Eso me lo decía Eduardo, lo repitió tantas veces que quedó grabado en mi cerebro.

Me senté junto a él, vi sus manos, totalmente ajenas a mi. Las manos que tomé durante más de un año, las manos que creí que tomaría toda la vida… estaban ahí, inertes junto a las mías. Caminamos largo y tendido sin decir ni una sola palabra, el silencio nos envolvía en una nube de paz.

Prendí un cigarrillo, me tomó de la mano, se acercó, sus manos se posaron en mi cara, había melancolía en sus ojos, se quedó así unos segundos hasta que se su boca salió un “vuelve a el, aún lo amas”, pensé en las manos que quería tomar durante el resto de mi vida. No eran las que me tomaban mi cara.