“¿Dónde está la calle, que te heredó los ojos?” - Alfredo Trejos
La memoria colectiva de Tibás guarda de Jaramillo la faceta final de su vida: un indigente anciano, pequeño y jorobado, con una gorra sucia que disimulaba una caretanda ejemplar; la mirada perdida con los ojos rojos tristones, conocido por ser un conversador apasionado y agradable a la hora de contar sus famosas historias.
Jaramillo amaba a Jovita. Eran décadas las que llevaba de no poner un pie en la casa, a pesar de las incontables ocasiones que había intentado reconquistarla, con las anécdotas de llevarle serenata durante altas horas de la madrugada, acompañado en los coros por los compinches borrachos del bar, darle regalos desde animales que se encontrara en la calle y de buen ver, hasta flores robadas que si tenían espinas él se las quitaba una a una. Pero Jovita no cedía.
Una noche Jaramillo miraba el cielo borracho y decidió escribirle un poema, así que se dedicó a la tarea y escogió como lienzo la pared horrible de un puente, para con empeño pintar la frase dedicada a lo que él más le gustaba de Jovita, sus bellos ojos color miel que cambiaban de tonalidad según la luz del día. Trabajó con empeño hasta terminar una madrugada el verso, y murió poco después antes del amanecer a causa de un conductor borracho imprudente. Así pues, el tiempo pasa y la gente va y viene, las personas se olvidan y las paredes se pintan, pero cada vez que Jovita caminó por el puente se le humedeció la mirada cuando Jaramillo le decía, De tus ojos nacen las estrellas.
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