Afuera llueve. Veo un cilindro con fondo lejano, de material marrón, composición arbórea, madera tergiversada para servirnos. Su contorno forma un círculo que a primera vista parece perfecto: un círculo con potencia para ser utilizado en cálculos matemáticos. Pero al observarlo meticulosamente, sus poros, tan presentes como los que vemos en nuestra piel, son imperfectos y dan lugar a una superficie, en detalle, tan rasgada y desigual como la vida misma. Adentro su oscuridad es casi absoluta, siendo el “casi” lo que permite entrar luz, una luz que no inunda y no consigue devorar la oscuridad, sin embargo, tal como el mundo mantiene, la línea está en equilibrio: la luz y la oscuridad se sirven, una a la otra, para llegar a un punto perfecto.

En el punto medio de los elementos hay dos objetos, tan normales en la cotidianeidad como absurdos, que gritan por atención. Afuera llueve. Aun siendo desiguales, son parecidos: tienen la misma función, inventada no sé por quién, en algún momento ya remoto de la humanidad, cuando se decidió, totalitariamente, que nuestro cuerpo no debe ser mojado por las gotas gruesas que bailan en el aire, aún, siendo esas gotas, parte de la mayor de las naturalezas, y a la vez, siendo nosotros, nuestro cuerpo, producto, contemporáneo, de este mismo orden. No lastiman, las gotas, no lastima la lluvia, y a pesar de ser inocuas, los dos objetos, en armonía absoluta, que esperan en el cilindro, cumplen una función tan simple como compleja: resguardarnos de aquello que nos reduce a sentir. Por eso vamos, así, creando contradicciones entre lo dictado por un instinto natural y lo que creemos humano, creyendo ir a favor, y yendo en contra, estancándonos en lo absurdo, en la creación sinrazón, o, bien, la creación de razón cuestionable, de cierto alguien que considero que el género humano no debe conceder su cuerpo a la valiente lluvia, esa que a pesar del obstáculo, sigue cayendo, intentando romper, una y otra vez, una y otra vez, con una humana desnaturaleza. Es que intenta dejar en evidencia el absurdo que nos rodea.

Consciente, de que la lluvia moja, tomo un paraguas del cilindro, el que parece más fuerte para soportar la crudeza exterior. Todo se reduce a ese momento: el agua, objeto de naturaleza, tanto como yo, no debe mojarme. Hago lo posible para jamás interrumpir el círculo. Afuera llueve.

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