De cuando la protesta violenta juega en nuestra contra

He visto con mucha preocupación cómo la violencia de parte de la oposición comienza a jugar en su contra luego de un tiempo de desatarse. No me atrevo a señalar la protesta violenta como causante de la desmovilización a tal punto como sí lo fue en 2014, pues ahorita tenemos un sinfín de circunstancias colaterales que nos apoyan en la idea de no abandonar las calles hasta que caiga la dictadura. Sin embargo, quiero hacer algunas consideraciones al respecto para replantear el método de lucha que se está ejerciendo.

En primer lugar, desde un sentido dialéctico y político los muertos solo benefician a la oposición. ¿Por qué? Quienes protestan violentamente argumentan que están resistiendo y sostienen un discurso guerrerista y una narrativa propia de una épica de rebelión civil alzada en armas, pero la verdad es que el fin último de trancar una calle es provocar. No se asusten, no me he vuelto chavista.

Lo digo porque cada ciudadano víctima mortal de la represión cuenta como una razón más para tumbar a este gobierno. Paga con su vida el precio de poner en evidencia el talante tiránico del gobierno, asesino de boy scouts, médicos y violinistas, y los políticos se aprovechan de ello para capitalizarlo diplomáticamente ante organismos y factores internacionales y también en la eventualidad electoral futura. No está mal, así es la política, pero tampoco podemos instalar una fábrica de muertos en beneficio final de intereses partidistas.

Pero apartando el hecho político y cuán loable es que jóvenes venezolanos estén sacrificando su sangre por tener un mejor futuro, y que algunos están dispuestos a morir por un ideal democrático que no conocieron pues la dictadura les supera en edad, considerarlo heroico no es suficiente para derrocar al gobierno. Debemos pensar menos en poesía y más en efectividad. Me atrevo a decir y seguramente no sin respaldo de especialistas y de la propia historia, que la gran mayoría de las rebeliones violentas fracasan. Las dos formas de protesta son necesarias, sí. Pero siento que debemos hallar el equilibrio entre ambas.

La protesta violenta nos da pequeñas victorias a un altísimo costo. Para mí, ninguna vida de nuestro bando vale ya la pena de demostrar lo que tanto se ha venido denunciando: que en Venezuela no hay democracia y que el país atraviesa una crisis humanitaria sin precedentes.

Durante los últimos días, en mi lugar de residencia, los Altos Mirandinos, he visto cómo la angustia se adueña de los habitantes al no poder salir a comprar comida porque sencillamente todos los locales están cerrados, al igual que la vialidad. Algunos de estos comercios bajo amenaza explícita de saqueo y represalias.

El sector Montaña Alta está constantemente en conflicto, que se ha intensificado durante la última semana sin descanso y dónde testigos aseguran recibir bombas lacrimógenas en las residencias y edificios. San Antonio de Los Altos igual. Al pasar por las calles se puede notar cómo ha sido el rigor de los enfrentamientos entre la GN y jóvenes en la avenida perimetral, residencias El Páramo y residencias Las Minas. De hecho, una panadería del sector fue saqueada, a otra le rompieron los vidrios por no querer cerrar ese día, y según se ha corrido la voz, el McDonald’s también fue saqueado.

Av. Perimetral de San Antonio de Los Altos, ayer 18 de mayo de 2017.

Pero un caso aparte es Los Teques, la capital del estado Miranda, ciudad donde los saqueos han sido numerosos, donde hay presencia de paramilitares, y aparte de la clásica guarimba, enfrentamientos armados entre el hampa común y efectivos policiales. Porque el hampa también tiene hambre. Según el confiable portal El Estímulo, las pérdidas en bolívares son millonarias en el mercado de El Paso, uno de los más importantes de la ciudad.

En segundo lugar, a propósito de la zozobra generada en la comunidad, quiero hacer énfasis en que la protesta violenta desmoviliza a la gigantesca mayoría de venezolanos que queremos salir de esto. Verán, es una minoría la que ejerce la violencia, y no por ser minoría es despreciable, pero muy pocos están dispuestos a seguir ese camino o por justificable temor y cobardía o por no encontrarse capacitados para soportar la brutal represión. Siendo claro, se necesita cierta experiencia y entrenamiento para devolver bombas, lanzar piedras, molotovs, puputovs, o ser escudero.

Mi argumento no se basa en el desespero de querer que esto termine cuanto antes y en las mejores condiciones: con la actual cúpula de narcotraficantes fuera del poder. Se basa en el sinsentido de la violencia guarimbera y el desequilibrio que con respecto a la protesta pacífica se refleja. En resumen, mi llamado es a organizarnos y buscar aquello que nos une. Creo que tanto violentos como pacíficos compartimos muchos pareceres y un mismo objetivo, por tanto debemos sincronizar nuestros métodos de lucha y alternar las jornadas. Un día plantón pacífico, otro día tranca y guarimba, otro día marcha de los abuelos, otro paro económico, al otro una vigilia nocturna y de orientación religiosa/espiritual, siempre con espacio de tregua para que la gente pueda al menos comprar comida.

De ese modo podemos utilizar el factor sorpresa e integrar a todos los sectores de la sociedad venezolana y ser más contundentes en nuestro mensaje, haciendo ver que realmente Maduro tiene un 90% de rechazo y sin darle argumentos a los guabinosos y medias tintas para decir que a la oposición solo le interesa el terror.

Repito, el costo de la violencia es más alto para nosotros que para el gobierno pues ellos tienen las armas y municiones, que lamentablemente no se les van a acabar tras casi 20 años de carrera armamentística y exacerbado militarismo. CAVIM sigue funcionando a toda máquina. Es la única industria nacional que no han arruinado y con sobradas razones.