Fito Páez en el Lago de La Sabana, FIA 2010

Yo vengo a ofrecer mi corazón

La última vez que lo vi fue en una camilla de cuidados intensivos del Hospital México. Ese lugar es como entrar a otro mundo, todo blanco, lleno de medidas y precauciones para evitar cualquier entrada de virus y bacterias que puedan afectar aún más a los enfermos de esa área.

No podía entrar con mi familia, las reglas dicen que solo se puede una visita a la vez. Ahí estaba él, acostado, lleno de cables, tubos, y vestido con la ropa azul de hospital. Estaba dormido, los sedantes que le habían puesto durante la cirugía a corazón abierto, seguían haciendo efecto. Estaba lleno de líquidos retenidos, debido a su otro problema en los riñones, lo que causaba que se viera hinchado, como una esponja llena de agua.

Entré a la habitación, verlo en ese estado me desgarró el alma, me senté en la silla junto a su camilla y le tomé su mano, la cual tenía el doble de su tamaño normal. Estaba caliente, no se movía, las máquinas que lo mantenían con vida me causaban una angustiante tranquilidad. No podría dejar de ver su cuerpo de pies a cabeza, la persona de la que hace unos días me había despedido de un fuerte abrazo, parecía que era otra.

El tiempo se detuvo en esa habitación, pasaron decenas de pensamientos en mi cabeza, agarré su mano más fuerte y lentamente empecé hablarle al oído. Le dije que todos estábamos aquí, que lo amábamos, que le mandábamos muchísima fuerza para que se recuperara y que pudiera salir bien de esta. De pronto sentí un leve movimiento de su mano, quise pensar que me estaba escuchando y reconocía la sinceridad de cada palabra que le estaba diciendo.

Una enfermera me dijo que el tiempo de visita había terminado. Solté la mano de mi papá, le di un abrazo lleno de amor y besé los cachetes de su hinchada cara. Empecé a caminar, y antes de salir de su habitación me detuve para verlo una vez más, sin darme cuenta le había dado un último adiós.

-Yo vengo a ofrecer mi corazón- cantaba Fito Páez el día anterior en el Lago de la Sabana. Hoy, 5 años después de la partida de mi papá, reflexiono sin dudarlo, que él ofreció su corazón a su familia y amigos a lo largo de su vida.

Gracias papá, por ofrecernos tú corazón.