El retorno de la política
La semana que pasó, intensa como lo fue en materia económica, ha incluido también algunas novedades interesantes desde el punto de vista político. Los cambios han ocurrido fundamentalmente al nivel de la política comunicacional y en el llamado, a veces con cierto desprecio, plano “simbólico”. Me gustaría hacer algunos comentarios acerca de uno de estos cambios para decir algo, si se quiere, “a través de él”: en pocas palabras, que la política ha retornado al lugar del que, por más esfuerzo que haya hecho el gobierno, nunca se fue.
Comenzamos por el discurso presidencial del lunes. No ha pasado desapercibido para nadie que ha habido un cambio en el tono y la intención del mensaje. Un Presidente adusto, que con estudiados silencios y mirando fijamente a cámara intenta comunicar la gravedad de la situación y la seriedad con la que el gobierno la enfrenta. Es también, y acaso más relevantemente, un mensaje que incluye una dimensión de futuro y marca un sendero. Macri emplea para su alocución la estructura narrativa más elemental que conoce Occidente: la trinidad que comienza con un momento positivo, se hunde en el fracaso y vuelve a renacer de entre las cenizas. Posición, negación y negación de la negación. Estado de Gracia, Caída y Redención. En el 2016 la economía crecía, la pobreza disminuía y el motor de la producción comenzaba a ponerse en marcha nuevamente. Luego, la crisis (explicada acaso con un énfasis insuficiente en la propia culpa, si vamos a insistir con los paralelismos religiosos). En el futuro, la tierra prometida, pero ahora mismo, el oscuro valle de la muerte. Vamos a sufrir, pero si apostamos a la verdad con agallas, si tenemos el temple y la convicción suficientes, seremos la generación que logre dar vuelta la página en la historia argentina. Ese ha sido el mensaje presidencial.
Este cambio de enfoque es interesante porque marca el primer gesto reconociblemente político de un gobierno que por momentos parecía preciarse de su impronta outsider. Mucho se ha hablado sobre el pretendido carácter “pospolítico” de la actual administración. No sin razón, se ha señalado el hecho de que el PRO parece percibirse a sí mismo por fuera de las prácticas políticas tradicionales. Para los críticos, esta apreciación es correcta y muy bienvenida. El gobierno no está compuesto por políticos, sino por gerentes, CEO’s de los poderes permanentes que han arribado al poder para organizar el saqueo. Por el lado del gobierno mismo, el rechazo de ciertas prácticas repudiables de la clase política tradicional lo llevó a exagerar el gesto pospolítico, y así terminaron arrojando al bebé junto con el agua del baño.
Este es un punto importante. En todo sociedad libre conviven, si se quiere, dos fuerzas en tensión. Por un lado, existe un requisito básico para la legitimidad de un gobierno: su acción debe evitar en todo momento imponer una visión totalizante acerca del bien, del destino de la patria o similar. Cualquier régimen autoritario puede proceder sin respetar este requisito, pero una democracia debe reconocer que en su seno convivirán diversas maneras de concebir los fines, un pluralismo de valores que convertirá a cualquier intento de imponer una narrativa última en una forma de violencia injustificada.
Sin embargo, este requisito convive con la realidad de la política. La política es, quizá antes que cualquier otra cosa, un intento de ir desde la pluralidad hacia la unidad. Bernard Williams sostuvo célebremente que el valor político fundamental es el orden, un cierto modo de organizar la cooperación de entre los múltiples posibles. Y esto no es otra cosa que un ejercicio de construcción de sentido. Toda acción política supone que habrá posibilidades que no han de poder actualizarse. No hay mundo social sin pérdida: al final del día, el orden ha de adoptar una forma determinada y esto implica que otras alternativas no podrán actualizarse. La sublimación del conflicto intratable que se encuentra en la base de toda organización política supone que ciertos valores han de prevalecer y otros han de ser suprimidos. Este es un rasgo ineliminable de la política por más que se pretenda negarlo.
Quizá la pregunta más interesante de la política democrática concierna al modo en el que han de gestionarse las transiciones entre un conjunto de valores a otro. Es decir, cómo ha de conducirse el cambio cultural. Si, adicionalmente, quienes están en el gobierno asumen el requisito de legitimidad indicado más arriba -si, en otras palabras, el gobierno es, en un sentido político, de orientación liberal- la pregunta concierne a cuáles son los medios legítimos disponibles para orientar el cambio social.
El gobierno tuvo siempre presente, correctamente según creo, que imponer un relato al estilo kirchnerista suponía una violación flagrante de la necesaria neutralidad estatal. Sin embargo, confundió la imperiosa necesidad de instaurar en el país un orden institucional que hiciera justicia al deber de respetar a los ciudadanos con el abandono de cualquier intento por fomentar su propia visión del futuro. Queriendo mantener la valiosa prescindencia del Estado en cuestiones controversiales, renunció a apoyar cualquier concepción acerca de lo que deseaba. Su rechazo a imponer un relato lo llevó a ignorar una premisa básica de la política: toda acción política deja trazas. Así, abandonó su obligación de esforzarse por darle sentido a su accionar y entregó al resto de los actores políticos la agenda del cambio cultural. De este modo, un gobierno que alcanzó el poder con la promesa del cambio se redujo a la posición defensiva y culposa de administrar la herencia -económica y en términos de valores- del gobierno anterior.
La conclusión debió ser otra. Siendo verdad que un gobierno liberal tiene como premisa fundamental respetar a sus ciudadanos no pretendiendo imponerle una concepción del bien que no aceptarían, la realidad es que ninguna sociedad libre puede persistir en el tiempo sin un esfuerzo consciente y decidido por mantener cierto conjunto mínimo de valores que sostienen en pie un orden liberal. La alternativa al relato autoritario no es el abandono de la dimensión simbólica, sino la defensa vigorosa de valores democráticos.
La situación actual debe ser única en el mundo. El partido que perdió las elecciones no parece haber registrado su derrota, y la fuerza política que ganó actúa como si no lo hubiera hecho. La renuncia del gobierno a enunciar lo que pretende en términos de valores y fines quizá obedezca al hecho de que considera que su modelo de sociedad no sería bien recibido. Si esto es verdad -y no creo que sea verdad- entonces es cierto que la batalla cultural ha terminado. Si la sociedad rechazaría mayoritariamente el país que pretende Cambiemos, entonces son los valores del kirchnerismo los que han triunfado y el gobierno debe limitarse a administrar la crisis, ordenar las cuentas y dejar la casa limpia para la llegada de un nuevo período populista.
El discurso presidencial puede estar indicando un reconocimiento incipiente por parte del gobierno de la necesidad de enunciar con claridad el modelo de sociedad que pretende y cuál es el sentido del sacrificio que se demanda. La política ha vuelto. Bienvenida
