La Teoría de las Catástrofes no tiene nada que ver con catástrofes…

Las catástrofes y calamidades se tornan cada vez más desastrosas. No intento plagiar a Stephen Emmott, porque ni siquiera he leído su mentado libro. Tampoco necesito ser un destacado matemático, un eminente demógrafo o un vidente charlatán para darme cuenta y diagnosticar lo obvio: actualmente somos un chingo de gente en el mundo, y cada vez que ocurre algún incidente (una crisis económica, un huracán, terremoto, una nueva epidemia, ataque terrorista, cuando cae un rayo, choca un tren o un avión, o hasta un ataque de tiburón) la cantidad de personas que se ven afectadas –desde aquellas heridas hasta quienes pierden la vida- es cada vez mayor. Lo que decrece, por asombroso que parezca, es nuestra capacidad de sorprendernos ante las dimensiones de estas nuevas hecatombes. ¿Será que las grandes catástrofes también están matando nuestra empatía hacia otros seres humanos?

Todos sabemos que volar en avión es la forma (estadísticamente hablando) más segura de viajar. Hasta Superman lo decía. Sin embargo, basta un poco de sentido común para darnos cuenta qué, cuando esa premisa fue establecida, no existía la enorme cantidad vuelos que hay en nuestros días: aviones de pasajeros, comerciales, militares, aeronáutica civil, incluso (actualmente) una gran cantidad de drones, dispositivos prefabricados (sus ridículos globos de Cantoya, por ejemplo) y posibles objetos anómalos de dudosa procedencia. Las aeronaves por su parte, no se exponían a las mismas condiciones de uso, desgaste y daño (lo que aumenta sus probabilidades de mal funcionamiento) entonces como ahora. Por esta razón, las probabilidades de producirse un colapso en el cielo, un choque, desaparición o ataque aéreo son mayores que hace 50 años, cuando se estableció esta premisa.

Volar sigue siendo la forma más segura de viajar. Pero si comparamos 200 vuelos diarios (por decirlo de alguna forma) que tenían lugar en los cincuentas, contra los 200 mil que existen en la actualidad… Bueno, es más probable que veamos con mayor frecuencia noticias sobre choques y accidentes aéreos que en aquellos días. Y está sucediendo. Y no solo son desastres aeronáuticos.

Desde hace algunos años, es raro que cualquier catástrofe suceda sin afectar la vida de (muchos) seres humanos. Y no solo desastres: también sucede con fenómenos como el desempleo, la carencia de recursos o la falta de acceso a servicios. La razón: ya somos un chingo, y la humanidad está presente en cada pinche espacio del mundo, desde la Antártida hasta el Ártico, desde Australia hasta Canadá. Por ejemplo, si hoy cae un meteorito, es difícil que el choque se produzca en un espacio despoblado donde no afectará la vida de nadie (como pasó en 1908). Es solo cuestión de tiempo (y mínimas posibilidades) de que “algo grande”, ya sea un terremoto, tornado, epidemia, huracán y lluvia de meteoros, impacte una gran capital y asesine (sí, como en una película chafa de Roland Emmerich o Michael Bay) a una numerosa de gente… Esperen. Diablos, ya ha pasado. Varias veces.

Para no repetir mis ideas, considero que cualquier catástrofe, como el desastre aéreo de ayer, se seguirán produciendo con mayor frecuencia. Y no necesito ser un vidente para decir eso, mucho menos un matemático: es una cuestión de sentido común. Tira una piedra muy alto y seguramente golpeará la cabeza de alguien. Por obvias razones (y lamentablemente) en estos incidentes morirán muchas personas. Cabe la posibilidad que yo muera en un hecho como este. Quizás tú, quien lee esto, también.

El problema de todos estos desastres, es nuestra (cada vez menor) falta de asombro ante la hecatombe y hacia la pérdida de vidas humanas. En México no somos ajenos a esto, basta recordar cuando, sin el menor empacho, nos dejamos de asombrar por la cantidad de víctimas que producía la guerra contra el narco.

Y no, no busquen excusas en el exterior (en Hollywood, el Internet o las tecnologías), pues todos estos son reflejos de nuestra realidad deshumanizada, no la causa. Somos un chingo y dejamos de perder el asombro por las cifras, por las grandes cantidades, aun cuando estas sirvan para representar gente que ha perdido la vida en circunstancias no tan fortuitas.

La realidad es que esta insensibilidad se produce debido al eterno intercambio social con enormes cantidades de personas: di una palabra mil veces y ve como pierde el sentido, ve a una persona mil veces y ya verás lo que sucede. En un punto, nuestra vida hipersocial nos empuja a dejar de sentir empatía por los otros, a cansarnos de ellos; no a quererlos muertos, claro, pero tampoco a sentirnos mortificados por su pérdida, sobre todo cuando nuestros lazos no son cercanos. Lo intenso y frecuente de los intercambios sociales está matando la otredad básica, y no las grandes catástrofes. Esas solo sirven para evidenciarlas, para poner de manifiesto lo obvio.

Y el futuro no es muy promisorio. Pronto las grandes catástrofes alcanzarán a nuestros familiares, amigos y conocidos, y cuando con ellos también se vaya nuestro asombro… Será cuando el mayor desastre suceda: la pérdida de aquello que nos hace humanos.

Show your support

Clapping shows how much you appreciated Luis Gregorio Sosa G.’s story.