Semana i Chiapas

Es un estado al sur del país, supongo que toca el Golfo. Grupos indígenas, pobreza, pueblos mágicos, naturaleza, no mucho más que eso sé de Chiapas. De asistir me motivan dos cosas: conocer mi México y visitar ONGs. Además me invita la maestra que organiza y, como la conozco, sé que esto debe de ser algo bueno. Así pues, sin reflexionar mucho, me inscribo.

Llueve. Ya es el último día. Los diecisiete nos hicimos grandes amigos. Con dos de ellos, Rox y Rodrigo, reflexiono sobre lo que ha sido esta última semana. Protegidos por el dintel de una iglesia, vemos cómo las gotas pintan el paisaje de San Cristobal de las Casas. Claramente, les digo, esta Semana i ha sido excepcional. Visitamos sitios hermosos, nos hospedamos en hoteles únicos, tuvimos de frente ciento veinte metros de fuerza cayendo en cascada, tocamos nuestras raíces prehispánicas en Palenque y Yaxchilán, pero también en el íntimo Lacanjá, los hermosos Lagos de Montebello y a lo largo y ancho de la imponente Selva Lacandona. Pareciera que esto lo es todo, sin embargo juzgaríamos mal al considerarlo así. Todo esto, coincidimos, es sólo una pequeña parte del todo que explica lo increíble de nuestra experiencia. Porque nuestra Semana i no ha sido un simple viaje turístico, sino que nos ha pegado hondo en el aprendizaje. Más hondo que lo que jamás he sentido en un aula o leyendo un texto académico. Más hondo porque con el ambiente se conjugaron, además, las personas y la mente, brindando un aprendizaje indirecto, pero profundo, similar a lo que se experimenta con una buena novela.

En cuanto a las personas, concluimos, todo esto no hubiera sido lo mismo sin el grupo o sin la dinámica impuesta por los maestros. Por un lado el grupo ha sido inmejorable. Llegamos desconocidos, pero destinados a conectar. La gran mayoría entendimos que la experiencia requería de mucho más que sólo estar presente. Requería de disposición, de discusión, de apertura, de reflexión y de desconectarse del mundo, de nuestro mundo. Quedé impactado, les digo, con la reflexión que hicimos el primer día sobre Tu Camino de Vida. Ahí supe que quiénes estábamos ahí no era por casualidad, sino que sin importar lo fácil o difícil que había sido el camino de cada uno para llegar ahí, todos compartíamos una visión común sobre un mundo más justo, intereses que penetraban las superficialidades e inquietudes por encontrarnos a nosotros mismos, por servir a los demás y por definir nuestra causa social. Esto nos dio conexión y libertad para lo que estaba por venir.

Por otro lado, concordamos, han estado los maestros. La Dra. Martha Sañudo y el Dr. Eugenio Echeverría facilitaron una dinámica centrada en las preguntas (que es sólo otra forma de llamarle a la filosofía). Los maestros tuvieron la virtud de establecer disciplina, mas no límites. Sin ésta la experiencia no hubiera sido igual de enriquecedora. Debíamos llevar, por ejemplo, un diario no sólo sobre las vivencias del día a día, sino sobre los cuestionamientos subyacentes que de ellas emanaban, cuestionamientos que nos permitían hacer conexiones con nuestra vida, el medio ambiente y con la realidad de nuestros pueblos indígenas. Además, los momentos grupales de meditación y discusión, aunque tal vez pudieron ser más recurrentes, ampliaron aún más nuestra conciencia de estar en el aquí y en el ahora viviendo cada paso y cada segundo del día.

De ahí devino el aprendizaje. La reflexión profunda contrastó la realidad con nuestro mundo. No leímos, sentimos una ideología de izquierda imperante en la forma de vida de los chiapanecos -que más bien es su identidad- y de la cual es difícil no contagiarse por su sentido implícito de justicia. Presenciamos desde manifestaciones por los 43 hasta un bloqueo de ejidatarios en la carretera que nos permitió sentir injusticia en cualquier dirección. Comprendimos de primera mano el fenómeno de las masivas inmigraciones indígenas hacia los campos agrícolas del norte del país, las violaciones a sus derechos humanos y las condiciones indignas con que se les trata. Palpamos la realidad multifasceta de los pueblos indígenas en Chiapas, cambiando nuestra ingenua idea de “visitar pueblos” en un lugar particular por aquella de comprender que más bien los indígenas eran y estaban en todo lo que nos rodeaba –comerciantes, guías, servidores turísticos, meseros-. Entonces comprendimos la realidad del mestizaje. El rechazo de la mayoría a sus tradiciones y la búsqueda de la llamada “modernidad” –la ciudad, el internet, el cristianismo, la mezclilla, el dinero, el español- que más bien pareciera que es el retroceso -retroceso en conciencia, retroceso en comunidad, retroceso en alma-. Conocimos la experiencia espiritual del temazcal, tradición conservada por un valiente y solitario maya lacandón que lucha contra la espalda de su gente. Escuchamos, tocamos, nos llenamos de naturaleza. Apreciamos la hospitalidad de las personas y lo delicioso de la comida.

En fin, con todo esto sentimos, mientras se detiene la lluvia, como si hubiésemos regresado de un retiro. Como recargados de energía. Habiendo corroborado inquietudes. Habiendo despertado enterradas pasiones. Si no confirmando vocación, al menos sabiendo que estamos en el camino correcto. Enlazando grandes amistades. Y ahora con una gran nostalgia por el regreso.

La nostalgia indica cosas lindas. Significa que hemos ido dejando partes de nosotros en algún lado. Volvería a Chiapas sin pensarlo.

Aprovechando que la lluvia paró, dejamos el refugio en la iglesia y nos dirigimos a un bar a convivir por la última noche.

Foto: http://delasvocesurbanas.blogspot.mx/
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