Día 1

Recuerdo cuando pasó. Fue por el atardecer. Desde entonces he estado viviendo solo en casa. Encontré este pequeño cuaderno y con un viejo lápiz he comenzado a escribir con la esperanza de contar como fueron las cosas.

Las provisiones más o menos formales se terminaron hace un mes. He saqueado casi todo el edificio. He terminado con cada reserva y las cosas se están poniendo difíciles. Quizás esto me lleva a esta reflexión de empezar a escribir. Me siento sumamente débil. La falta de luz debe estarme afectado también. He tapiado las ventanas que dan al balcón. Realmente casi todas las ventanas del edificio fueron clausuradas. La puerta de entrada del edificio también tiene una barricada. Salgo y entro trepando una pared del patio interno. Realmente hace un par de meses que no salgo. Las exploraciones no se me dan bien. He pensado perforar un muro para poder acceder al edificio vecino, pero el hacer ruido, en estos momentos no parece de momento buena idea.

Normalmente durante el día hay silencio. Espío por una rendija en la ventana y puedo observar lo que sucede en la calle. Ayer un hombre murió frente a la reja de enfrente. Fue alcanzada por una de las muchas patrullas que ahora gobiernan. Huía pero al parecer estaba herido. Al ser alcanzado fue golpeado salvajemente. Pusieron su cuerpo en un carro y se lo llevaron. Hay historias terribles de lo que pasa con esos cuerpos. No aclararé nada al respecto, hasta que no tenga alguna idea más concreta. He aprendido que ya no es bueno salir ni de día ni de noche. Hace un tiempo, había un grupo de francotiradores que eliminaban a cualquiera que se aventurara de día. Hoy son menos frecuentes, pero el miedo persiste. He visto a varios caer en esta calle, acribillados desde refugios invisibles, golpeados por un rayo fugaz. Luego lo de siempre, estas patrullas hurgando y llevándose a los cadáveres. Me pregunto si hay alguien más viviendo en estos edificios. Si alguien más pudo ser testigo de la situación. Me pregunto si estarás ahí en alguna parte viviendo lo mismo que yo.

Cuando comenzó muchos pensaron que todo sería un cambio normal de la vida. Siempre fui de desconfiar. De algún modo siempre supe que esto sería el principio de una catástrofe. Al principio los amigos partieron. Luego los vecinos. Los que no partieron, fueron muriendo uno a uno, de una u otra forma. De forma silenciosa al principio, casi natural. Como si existiera una resignación donde la suerte de pronto ha cambiado y todos sabemos que la ruleta siempre nos dará números malos. Finalmente no ha quedado nadie. No he partido, porque no tenía donde ir. No tenía una razón más para partir. He tenido una sobrevivencia cobarde, ni siquiera digna. Si tuviera que definirla, diría que fortuita. Quizás me sentí demasiado viejo para hacerlo, quizás había comenzado un tiempo, donde otros horizontes, me resultaban demasiado lejanos.

Se escuchan explosiones a lo lejos. El día estuvo raro pero en calma. Normalmente durante la noche las patrullas salen a buscar su carroña e infundir miedo, su forma favorita de poder y ahí se producen leves en enfrentamientos. Es por la noche cuando los gritos y las explosiones se hacen más notorias. Espío por la ventana, pero todo permanece en calma. Casi siempre es una violencia invisible de la que solo hay señales para saber que existe, pero con la cual solo se puede topar una vez. Ecos lejanos donde últimas vidas son terminadas. Si a esto, aún puede llamársele vida.

He instalado en el baño de casa un sillón. Hace tiempo que no utilizo el baño de casa. Al contar con una ventana al patio interior, es la única zona de la casa bien iluminada. He gastado mi tiempo últimamente en leer. Ultimo placer mundano que ha quedado en este mundo. Los libros se acumulan dentro de la bañera y me siento ahí durante algunas horas al día a leer y porque no, ya a releer todos los libros que poseían mis vecinos. Nunca se me ha dado bien la lectura. Pero ahora es un placer que he descubierto y que trato de hacer durar. Debo confesar que últimamente me falla la concentración. Si bien hay un silencio brutal, a veces el crujir de las tripas, me pone a pensar que me escucharán solo por ello. Luego, intento continuar leyendo por horas. Pensando sin pensar. Caminando sobre las palabras mientras una luz cenicienta marca las horas en los azulejos.

Desde que se fue la electricidad, la antigua sociedad se terminó definitivamente. Con el tiempo me he acostumbrado. La falta de agua es la que me empieza a preocupar. Por suerte las reservas de agua han durado este tiempo, pero desde hace un mes estas se han agotado. He vaciado los reservorios de agua de los inodoros y realmente me quedan muy pocos en el edificio. Está demás aclarar que sabe horrible. En cuanto a la electridad está duró un tiempo. Continuó funcionando con lo preexistente. Por inercia. Al principio hubo algunos apagones, pero el sistema subsistía a fuerza de héroes que resistieron la embestida. Finalmente un día, el sistema colapso. Tras de sí, también se terminó el agua. Todo aquello que era una conquista de la civilización fue puesto en duda. Lo elemental dejó de ser algo razonable. Todo derecho, por elemental que fuera, fue puesto en sospecha. Han pasado un par de años desde entonces y ahora estoy aquí, sentado en una habitación casi a oscuras, escribiendo sobre como la vida no tiene ningún valor.

Está anocheciendo. Abriré una de las pocas latas que me quedan. He estado resistiendome a abrirlas. No conviene hacer fuego, ni llamar la atención. Durante un tiempo, cualquier luz que quedara prendida en la ciudad, se transformaba en un faro para que los maleantes tomaran por asedio el lugar. En definitiva, el problema siempre fue la posibilidad de iluminación. He asegurado la puerta con dos tablones. No tengo la costumbre de escribir, estas líneas me han costado demasiado. Me acostaré por hoy.

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24 Nov 2018