Penumbras

Hace años, una noche antes de dormir me sentía flotar sobre un mar tranquilo. Era levitar sobre un espejo de agua que a cada momento ganaba en tranquilidad. El cielo estrellado lentamente comenzaba a espejarse en aquella tranquilidad. El mar, el cielo y un horizonte infinito conformaban todo lo observable. Según pasaba el tiempo, las aguas se tranquilizaban más y más. Conforme me volvía viejo, mis pensamientos se acallaban más y más. Hasta que el silencio, parecía dominarlo todo. Hasta que el tiempo, parecía detenerse. Así hasta que casi no hubo pensamiento y solo observación. De pronto, sin aviso, caía en aquellas aguas y me sumergí profundamente para no despertar. 
Bajo aquellas aguas, reinaba la confusión. Una vida de bruma tomó los minutos, las horas, los días. Arriba, el tiempo comenzó nuevamente su ciclo eterno. La penumbra de los días, la espesura de una noche sin límites, se mezclaban con un tiempo difuso de recuerdos, vivencias y esperanzas. El tiempo bajo ese mar era ahora una totalidad. Ahí estaban todos mis yo. El niño que aún era capaz de crear universos mentales, el adolescente que creía en la posibilidad de ser, el adulto atrapado en rutinas infernales para el mundo continuara funcionando, el viejo que preguntaba que era todo aquello. Todos los yo, todos los tiempos. En definitiva, todas las palabras y todos los pensamientos. Todo bajo los influjos de aquellas insondables corrientes submarinas, que solo por breves instantes permitían organizar puzzles de realidad para desarmarlos al siguiente y crear otros. Saltos de tiempo y espacio que en definitiva, formulaban una vida. 
Navegue profundamente en aquellas aguas, confesaré. El temor de los primeros tiempos dio paso a la curiosidad. Experimenté las tristezas más profundas. Pude disfrutar de la felicidad más intensa. Pude explorar todas las emociones y vivirlas sin ponerles nombres. Por momentos elegí donde ir, por momentos me dejé arrastrar por aquel laberinto caleidoscópico sencillamente para ver. Con las pupilas abiertas me dejé cegar por aquellas luces, aquellos actos. Dejé que esos destellos de realidad me cambiaran. Fui todo y fui nada. Fui una idea persistente, una esperanza perpetua, pero también fui una emoción brutal y un deseo salvaje. Me permití alimentarme de delicadezas, de odios extremos y hasta quizás a un amor perpetuo e incorregible. 
Han pasado los años. Lo sé porque he perdido la cuenta de las noches y los días. Mi cuerpo ahora más frágil que de costumbre ya no se atreve a sumergirse más profundamente. Aun es de noche. Algo me dice, que cuando vuelva la primera luz, será hora de retornar. Como tú, yo sé que hoy es el día. Lentamente me alejo de esta niebla habitual y me dejo llevar hacia ella. Al sacar la cabeza del agua, mis pulmones se ahogan con la primera bocanada. Un espasmo violento me sacude, mientras en el horizonte puedo adivinar el amanecer. Por fin, cuando puedo respirar normalmente y mis ojos se acostumbran a mirar fuera del agua otra vez. A lo lejos diviso una costa. Nado hacia ella, pero hay corriente imparable que me arrastra hacia ella. 
 Al llegar a la arena, mi cuerpo apenas puede sostenerse en pie. Me cuesta trabajo caminar pero así y todo vuelvo a caminar. Tras de mí solo quedan unas huellas breves que el viento y las olas se encargan de hacer desaparecer. Frente a mi hay nace un camino desconocido y todo parece reconstituirse nuevamente. Todo comienza a parecerme vagamente familiar. De pronto, de modo inesperado, frente a mí, está mi casa otra vez. Cuando llego a ella, el sol más naranja que haya visto se arremolina en el horizonte. Recojo la llave escondida bajo la alfombra de la entrada. Al intentar abrir la puerta, esta se abre intempestivamente. Yo, esta vez del otro lado del dintel he abierto la puerta. Parezco un poco triste y cansado. Me abrazo fuertemente y me susurro al oído: Bienvenido a casa.

6, Dic 2016