Tango

Algunos días la realidad permanece imperturbable. Un muro que se siente más real que la percepción misma de la verdad. En otros parece estallar en mil fragmentos como si un espejo se tratase, para mostrarme, por instantes que detrás no hay nada. Claro que instantaneamente esta vuelve a reconstruirse y me mantiene la ilusión. Así, entre luces y sombras todo parece ser real y yo permanezco ilusionado. Las copas detrás de la barra tienen un poco ese efecto, de reflejar en miles de pequeñas luces, todo el salón como un caleidoscopio fragmentado. Probablemente yo también exista en esos reflejos, pero estoy demasiado lejos para percibirlo y simplemente permanezco aquí, semirecostado en la barra esperando que empiece el próximo tango.

Uno de los pocos lugares donde la realidad no se me antoja de una u otra manera es cuando me atrevo a mirar el centro de la milonga. Desde que llego, nunca miro la pista. Nunca observo los precalentamientos, los falsos avances, ni las puestas en calor. Es probable que tampoco escuche la música hasta que se apele a esa pieza que logre declarar el momento de comienzo real. Todos sabemos cuando esto sucede, sin que sea necesario anunciarlo. Como cuando se desata esa pequeña tormenta porteña que obliga permanecer en el local y todo se complota para esto exista. Para que todo esté dado y comience esa mise en scène de algo parecido a un huracán. A esta distancia y solo a esta distancia, ayudado ya probablemente por la bruma del alcohol y la noche, puedo observar cómo la realidad se vuelve blanda. Cómo esta empieza a girar entorno de si misma y deja en primer lugar entrever las hebras del pensamiento de aquellos que ya no necesitan pensar. Incluso fijando la atención es posible observar los vestigios de un sentimiento que creía olvidado.

Ese balanceo de derecha a izquierda, de izquierdas a derecha, entre cortes y quebradas me parecen una metáfora de la vida. No de cualquier vida, sino de esta vida en el Sur. Siempre bañada en una tristeza inexplicable, de sentir la añoranza de no ser y a la vez ser alguien que se desconoce. De estar y no estar. De sentir que París es un sentimiento cercano estando tan lejos, de sentir Buenos Aires tan lejos estando tan cerca. Siempre así, bajo la incandescencia de una luz tenue que parece más tenue aún cuando miro el centro de la pista y comienzo a sentir ese pequeño infierno que me abrasa en la frialdad de la noche.

2017–5–10