El partido como dogma de fe

Fotografía: Paredes internas del Kremlin. Pixabay (CC).

Las realidades, o lo que pensamos que es una realidad, no es más que una convicción de nuestro pensamiento en una escena social, lo que expertos sobre la psicología del lenguaje como Watzlawick, Searle, Berger o Luckmann denominaron la “realidad socializada”. Desde que nuestra cognición comienza su desarrollo temprano, iniciamos un proceso de aprendizaje basado en externalidades: la familia, el credo, las costumbres de nuestro entorno, la educación… Lo que se convierte, poco a poco, en el marco de referencia con el que juzgaremos -incluso por prejuicios- todo y a todos.

El actual ecosistema comunicativo, el cual dota a las personas de la capacidad de buscar información con relativa facilidad y que permite (y hasta obliga) a ser un prosumidor con afán de liderar su entorno digital, nos ha convertido a su vez en expertos de todo: Somos politólogos, economistas, sociólogos y hasta astrofísicos, si nos apuran. Esta hiperexacerbación comunicativa ha creado además un escenario infoxicado, sobresaturado y tendiente a la radicalización, pues como decía Sartre “somos lo que leemos” y más aún, terminamos siendo lo que nos creemos que somos: Los dueños de la verdad, ante cualquier tema y ante cualquier experto.

En este sentido, los argumentarios de los partidos políticos con los que simpatizamos o en los que militamos se convierten en “ideas prêt-à-porter” que simplifican la necesidad de buscar información por nosotros mismos. Los líderes políticos conocen -y bastante- esta necesidad de sus seguidores, por lo que no dudan en ofrecer “píldoras” rápidas y eficientes para que su entorno político se convierta en una caja de resonancia perfecta. Incluso, en muchos casos, y gracias a la disciplina militante, hay que compartir el argumentario, so pena de quedar excluido de la noción de grupo, algo que ya Elisabeth Noelle-Neumann había explicado en La espiral del silencio. Opinión pública: Nuestra piel social.

Los argumentarios de los partidos políticos con los que simpatizamos o en los que militamos se convierten en “ideas prêt-à-porter” que simplifican la necesidad de buscar información por nosotros mismos

A pesar de que estas “convicciones” carezcan de pruebas, e incluso el tema resulte ajeno a nuestro ámbito de conocimientos y experiencias, se crean ilusiones causales, a las que apostamos todos nuestros activos intangibles (reputación, respeto, autoridad, imagen) por nuestra afinidad política. De hecho, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Deusto (España), llevado a cabo en España y Reino Unido a una muestra de 88 personas, mostraba que los participantes, sin ningún elemento de convicción o de causalidad entre medidas políticas, solían apoyar automáticamente aquellas que se posicionaban ideológicamente dentro de su espectro ideológico.

La radicalización ergo polarización y demonización, emerge cuando estas “líneas argumentales” se convierten en dogmas de fe, es decir, cuando son convicciones que no admiten prueba en contrario, discusiones o argumentos racionales. Preexiste una necesidad de “dar la batalla” ideológica, como si de un forofo de un equipo de fútbol se tratara, lo que conlleva inconscientemente una carga importante de polarización: mi equipo (bueno, moral, ético, impoluto, preciso… Dios en la tierra), mientras que los otros equipos -y sus seguidores- representan justamente lo contrario. Como vemos, una simplificación peligrosa a todas luces, pues el debate suele llegar un punto en el que al otro no se le ve como un igual, sino como un enemigo (ausente de derechos), surgiendo así la violencia política en todas sus formas y facetas.

En este sentido, otro estudio que analizó discursivamente a los representantes más importantes del gobierno y la oposición venezolana en 2015 demuestra cómo la tónica del enfrentamiento ideológico digital (en Twitter) traspasaba fronteras y se trasladaba al enfrentamiento físico entre los adeptos a cada corriente de pensamiento en el país suramericano.

La radicalización ergo polarización y demonización, emerge cuando estas “líneas argumentales” se convierten en dogmas de fe, es decir, cuando son convicciones que no admiten prueba en contrario, discusiones o argumentos racionales

La disonancia cognitiva: El gran enemigo a vencer

El psicólogo norteamericano Leon Festinger en su obra A Theory of Cognitive Dissonance (1957) explicó que los seres humanos, para coexistir en sociedad, necesitamos de coherencia interna, es decir, que lo que tenemos dispuesto en nuestra cognición sea reflejo de lo que vemos en la realidad socializada.

Cuando un concepto presionado (por ejemplo, una idea política contraria) aparece en una conversación, nuestro pensamiento comienza a procesar de manera distinta, pues el “choque” de la idea contraria nos cambia de la posición de interlocutor a la de defensor de mi coherencia interna. Esto no solo sucede con ideas políticas contrarias, sino incluso con hechos, con pruebas, pues a nadie le gusta no tener razón, cambiar de opinión o reconocer que se estaba equivocado. A este efecto Festinger lo denominó disonancia cognitiva.

Aumenta el conflicto cuando esa coherencia interna está basada en dogmas de fe (como los argumentarios político-partidistas, la religión o las costumbres), pues analizar el argumento contrario con base a elementos racionales se convierte en una difícil tarea de afrontar (internamente). Allí surge otra etapa del conflicto que pasa de debatir sobre ideologías y “hechos” (o los que consideramos como tales), a las falacias ad-hominem, al uso de improperios, descalificativos, amenazas y a la radicalización límbica y polarizante.

La mejor respuesta frente a la disonancia siempre será el estudio, pues el adoctrinamiento resulta el peor desinformante. Para nadie es un secreto que todos los partidos y medios de comunicación siguen una agenda de intereses políticos y económicos, cuyo mejor capital son esos “seres” que replican sus argumentos -como caja de resonancia- sin más análisis que el que ya viene empaquetado al vacío.