BRUTALIDAD
Pertenezco a una generación que en su infancia pudo conocer, vivir y practicar un programa escolar, “Aprender a pensar”, que consistía básicamente en la extracción de tres vertientes de un problema hipotético, lo positivo, lo negativo y lo interesante. Como muchas cosas en el país, la falta de continuidad y esos cambios de jefaturas que implican la destrucción de lo anterior, aunque fuese positivo, no podríamos saber hoy a ciencia cierta sobre la efectividad del programa educativo en cuestión y cómo impactaría en la realidad. No creo que exista una metodología o mecanismo para hacer a alguien más o menos inteligente, pero definitivamente sí se pueden adquirir destrezas en la resolución de problemas que permitan mejores resultados frente a los mismos, y al final una mejoría en la calidad de vida. Lo que sí parece que ocurre, y no quiero hacer de esto una tesis científica sino una atrevida perspectiva sobre nuestra realidad social, es que la brutalidad se contagia, se pega, se segrega, se intensifica. Como mi artículo no pretende ser un tratado de las ciencias de la mente sino simple opinión, veamos cómo puede comprobarse tal presunción.
Definamos brutalidad como la forma irracional de actuar frente a la vida y la realidad. Esa irracionalidad implica por presión una forma de violencia y negación. El bruto se molesta si se le increpa sobre su proceder y revalida que sus acciones le van bien. Como está muy de moda en el país el tema político, en este punto del artículo, ya los polarizados de cualquier bando deben esperar su dosis conceptual, pero no. Si algo tiene la brutalidad es la anomia como final y bien puede ser confundido un bruto con un fanático, porque todo fanático es bruto y a la inversa. El bruto, sin importa las formas de filiación en las cuales se mueva, siempre se sentirá atacado y por tanto, casi en la obligación de defenderse aunque el artículo se tratase de las calabazas sobrantes de un Halloween criollo: si no pelea por la celebración sajona, dirá que aquí no se da la calabaza sino algo que se le parece, llamado auyama. Es esa la llave de la irracionalidad, que no es suponer un mecanismo correcto de pensar sino descalificar el uso de la razón y la duda.
Así llegamos a unos tiempos en donde la población venezolana ha retrocedido años, décadas y eras enteras: cocina con leña, cree en magia, se baña con agua de lluvia, practica el trueque, es nómada, asegura que los muertos tienen culpa en el presente y siguen vivos, asevera que somos un país rico aún con la peor inflación del mundo, sin productividad, sin exportaciones, sin siembra, sin transporte, sin servicios; certifica que los fantasmas existen, confunde la inteligencia con viveza criolla y siempre, siempre, otro tiene la culpa. Como síntesis, la brutalidad es el signo social de identidad de nuestros tiempos.
Alguien objetará, muy racional y válidamente, que la gente no es bruta, que solo se trata de falta de interés o de motivación. Tendría que apelar a la memoria de los tiempos en donde cada quien vivía sin colas, con transporte, con agua saliendo del grifo, con billetes como forma de pago, cuando el país era el receptor de los buscadores de futuro, cuando exportábamos petróleo entre los primeros países del mundo y no entre los últimos, cuando simplemente una panadería era un lugar donde se encontraba el pan. Que no me vengan a decir que para llegar a dónde estamos hoy no es un problema de inteligencia colectiva, de falta de raciocinio, de irresponsabilidad y de brutalidad. Qué falta ha hecho una sabiduría en conjunto que apelara a la sindéresis y dijera “basta”, para una reconstrucción general del país, pero no. Es que nuestros políticos y gobernantes son el reflejo magnificado de la esencia social, y eso se descubre hasta cuando se expresan.
Pero cada individuo tiene su amparo en sus propias manos, que no en manos de un líder o un político, o un gobernante. Para encauzarse por el bien común y la razón, para evolucionar basta con tomar conciencia de la responsabilidad personal y poner un punto final. En eso tiene razón la gente: “se es bruto porque se quiere”.
