La cadena de la culpa

No deseo incursionar en las complejas ciencias de la mente y a cómo refieren el concepto de culpa. Pretendo, sí, divulgar mi apreciación de una perspectiva absolutamente vivencial y existencial, en la oportunidad de ser hoy un tema recurrente, frente a una severa crisis de toda índole que sufrimos como sociedad.
¿Para qué sirve la culpa si, definitivamente, está situada en un plano temporal en el cual ya no operamos, el pasado? Hay muchas respuestas para esto. Primeramente, nos hemos formado para valorar los planos temporales de forma igualitaria. A pesar de que sólo existe el presente en la realidad, no pensar en el futuro o en el pasado, es una lucha contra todo lo que está establecido, y algunos sucumben de tal forma, que pueden sentirse irresponsables por ello. Es decir, que si no se enarbolan los banderines de la preocupación, el futuro, y, la culpa, el pasado, a la misma altura del presente, estamos alterando “la lógica” que siempre hemos escuchado y con la cual crecimos. Es tan fuerte el bagaje cultural y el aprendizaje al respecto, que existen múltiples invitaciones por todos los medio posibles, a vivir plenamente el presente, a no arruinarlo, a no perderlo o a valorarlo como se debe. Es la evidencia de la lucha por la única realidad en la que podemos articular acciones. 
En la culpa muchos consiguen refugio. Lo estamos viviendo en los medios de comunicación. Tenemos un problema, hoy, y la respuesta de los líderes políticos es decir “eso viene de allá”, “eso es culpa de Colón”, o, “eso no es mi culpa”, como si se tratase de una repartición de vestiduras para rasgarse. No contradecimos el concepto de culpa sino su enfermiza difusión. Pero encontramos tres versiones de la culpa en la actualidad. Una, establece que la culpa, propia, es reconocida pero induce la omisión. Reconocer las culpas y no corregir, o no hacer nada, es tan inútil como risible. El reconocimiento sincero de la culpa, debe conducir al arrepentimiento, y finalmente a la redención. Son pasos necesarios si no queremos convertir la culpa en una tortura, he allí la segunda forma. Una culpa reconocida y convertida en remordimiento, es como un calendario que nunca cambia. Se vive repetidamente el día trágico, el día que fallamos o nos fallaron, el día que deberíamos superar, pero nos empeñamos en reeditar. Es el tiempo pasado que nos agotamos por convertirlo en presente nuevamente, como si tuviésemos la oportunidad reiteradamente de actuar, toda una irracionalidad. Y finalmente, hay una visión de la culpa igualmente dañina, pero más compleja. Es una especie de culpa evasiva. Es negar cualquier responsabilidad propia y enfrascarse en que todo lo que ocurre, inclusive a nosotros, es culpa de otros, quien sea, pero otros. A diferencia de la primera variable, aquí la soberbia ocupa el lugar de la introspección y, por más que sea una contradicción sostener que otros son los rectores y responsables de lo que hoy nos pasa, es la manera de encontrar una simulación de paz que obliga a más disfraces y máscaras. Por ello hay tanto fanatismo en algunas personas, porque en la ausencia de una conciencia reflexiva sobre el presente, es mejor un coro permanente y delirante no sólo del “yo no fui”, sino en el “fue el otro”.
Cada uno decide su presente y por tanto su realidad. Vivir el hoy con una máscara para ocultar la culpa, por supuesto, es nuestra culpa. Es así como sentir una culpa enfermiza, es inevitablemente nuestra culpa y solo nuestra culpa. Tal vez nadie, además de nosotros, nos pedirá cuentas nunca por lo que vivimos o dejamos de vivir. Por ello hoy, no ayer ni mañana, es un excelente día para dejar las cadenas inútiles de lado, y, vivir, simplemente vivir nuestro presente, nuestro ahora, sin que ello tampoco se traduzca en sentirnos culpables por ejercer plenamente nuestra libertad y por ende, nuestra meta de felicidad. Qué nadie se sienta culpable por ser libre y feliz.

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