Cynthia Arvide
Sep 9, 2018 · 6 min read

32 semanas: aprendizajes en preparación al parto

En las últimas 12 semanas, el bebé pasó de ser algo abstracto a una presencia concreta y que se hace notar todos los días. Que ocupa a sus anchas mi cuerpo y mi mente. Un ser vivo que respira y se mueve, que tiene hipo, estira las piernas y un corazón que late más rápido que el mío. Que puedo observar moverse con solo bajar la mirada hacia el ombligo. Sus movimientos me impulsan a hablarle y enviarle amor desde las caricias que puedo darle con mis manos desde el exterior porque sé que me escucha y me siente.

El último mes entré en modo preparación-información. Ahora sí, con la meta en el horizonte y como si estuviera entrenando para un maratón. Me acompaña la intuición de que si voy mejor preparada, mejor voy a poder vivir y disfrutar del gran evento que se perfila en el horizonte: el nacimiento de mi hija.

En este camino de preparación he entrado a la cueva de mis miedos y he enfrentado algunos de los más longevos; en particular, el miedo al parto y con ello, el miedo general al dolor físico. El mensaje que estaba inscrito en esta cueva era “es demasiado terrible, seguramente no podrás con ello. ¿Hay alguna escapatoria?”. Durante años, había imaginado que mi ‘mejor’ escapatoria sería elegir un nacimiento por cesárea. Siguiendo el camino ya trazado por mi madre, por mi propio nacimiento.

Sin embargo, desde la serenidad que he sentido a lo largo de este proceso, tomé la decisión de leer, preguntar, escuchar y empaparme de toda la información que me pueda ayudar a mirar y entender todos los posibles caminos, las posibles elecciones que puedo tomar respecto a un evento donde muchas cosas estarán fuera de mi control.

¡Cuántas cosas he aprendido! Sin entrar en detalles, y después de haber consultado muchas fuentes, se han borrado mis ideas preconcebidas sobre la cesárea y el parto natural. Me di cuenta de que lo que más me llama entre las posibilidades es, en realidad, la vía más natural. El volcarme hacia la sabiduría de la naturaleza, la sabiduría de que si mi cuerpo está diseñado para crear y desarrollar ese ser vivo, está equipado también para el último paso, sacarlo al mundo.

Más importante que eso, me di cuenta de que no quiero pasar de largo o con los ojos cerrados esta experiencia tan mágica, única y fundamental de vida. Que no quiero ser un bulto asustado e incapacitado con genitales y vientre por donde un equipo de médicos extraen un bebé. No quiero ser una espectadora en última fila, sino la co-protagonista, con mi bebé, de una experiencia milagrosa — y tan esperada — que nos hará nacer a varias personas: no solo a ella, sino a mí, como una mujer con nuevas herramientas para la vida, a mí como madre; también a mi marido y compañero, como padre y a nosotros tres, como familia.

Así que, eeem, pasé de un extremo a otro, dirán. De inclinarme por una cesárea casi con anestesia general al parto ‘humanizado’. Quizá llegado el momento, la realidad suceda entre los dos. Estoy consciente de que muchas cosas serán impredecibles, incluyendo mis reacciones, mi real tolerancia al dolor y obviamente la capacidad del bebé en transitar su camino hacia el exterior. Me toca aceptar esa incertidumbre. Estoy abierta a lo que suceda y por supuesto a dejar que la ciencia intervenga si es en nuestro mejor interés, de eso no hay duda.

Pero también me siento confiada y segura de que si mi bebé y mi cuerpo llegamos al final de este trayecto de embarazo en buena condición, y de que si llego preparada (física, mental y emocionalmente), informada, y con herramientas que me ayuden a vivir un parto sano, tranquilo, en seguridad y con los apoyos que yo necesito, las cosas se encaminarán por esa vía.

Algunas cosas que he aprendido en mi investigación sobre los partos

En México hay muchos obstáculos, una gran moda de cesáreas, pero también algunas facilidades para vivir el tipo de parto como una mujer lo elija. El acceso a más opciones está condicionado lamentablemente a la situación socioeconómica de las madres. En hospitales públicos (donde paren 7 de cada 10 mujeres del país) se busca la eficiencia y el ahorro de recursos, así que lo más común es el parto vaginal pero medicalizado (para que sean partos más controlados y rápidos), mientras que en hospitales privados el índice de cesáreas es altísimo (ocho de cada 10, según la Secretaría de Salud).

La cesárea es una excelente opción para un bebé o madre en situación de riesgo, se idearon para salvar vidas. Pero en la actualidad se abusa de esta práctica por razones económicas y de conveniencia para médicos, hospitales y madres que no están quizá bien informadas. Los protocolos comunes que se ponen en marcha en los hospitales para un parto vaginal medicalizado, fácilmente conllevan a algunas complicaciones reales y otras que son tomadas más bien como excusa o justificación para cesáreas de urgencia.

Una idea que rescaté después de haber leído y escuchado historias de parto en hospital que se presentan como ‘fáciles’ pero que al verlas de cerca no lo fueron precisamente, es que mientras más intervención médica haya, resulta como una cascada de dominó donde más intervención puede requerir la mujer. Internarse y respetar los protocolos del hospital y del médico en muchos casos significa ir en contra de las recomendaciones de la OMS para la atención en los partos. Haber leído en particular ese documento fue lo que más me impactó. No son rumores o historias de círculos de mujeres hippies, son datos sustentados científicamente y avalados por un organismo mundial dedicado a la salud.

En muchas ocasiones se repite un ciclo intervencionista que no me parece tan positivo, como lo suelen presentar: internarse y ponerse la bata del hospital, estar acostada con monitores fetales, suero intravenoso, evitando comida y bebida; es decir, hacer todo lo que limita la libertad de movimiento y de manejo de dolor, que es lo más aconsejable durante el trabajo de parto, prolongando entonces los dolores y dificultando la dilatación y el descenso del bebé, lo que las orilla a requerir bloqueo epidural, lo cual entonces (y entre otras cosas) limita la posición de alumbramiento a una horizontal, en cama, donde será más difícil la expulsión y evitar desgarros y la episiotomía (a comparación de posiciones verticales) o incluso terminar en una cesárea de urgencia por sufrimiento fetal.

Pero, como decía al inicio, en México también existen facilidades. Hay cada vez más hospitales, clínicas y centros de nacimiento que ofrecen una alternativa, con profesionales de la salud que están bien preparados y con una mentalidad del parto alineado al parto natural. Hay clínicas con habitaciones diseñadas diferente, llamadas LPR: labor, parto y recuperación (todo en un mismo sitio para no trasladar a la mujer de un sitio a otro en cada etapa y donde puedas tener un ambiente más íntimo y sentirte como en casa), donde hay otros métodos para manejar el dolor durante la labor como duchas y tinas, donde se respeta la decisión de la mujer en cuanto a su posición para parir (y cuentan con distintos apoyos justamente para ello) y en general se interviene mucho menos durante todo el parto.

También hay información y personas que pueden ayudar a vivir este proceso de una manera segura e informada. Hay libros útiles — como “Más partos, menos cesáreas: lo que deberías saber para lograr el parto que deseas” de Marian Tudela — así como centros que ofrecen cursos de preparación al parto (partohumanizado.org, centro irekua son algunos), cursos de yoga prenatal, técnicas de hipnosis prenatal, doulas y parteras experimentadas y certificadas que son acompañantes maravillosas para vivirlo de la manera más cercana a lo natural, para quien así lo decida.

Yo sigo preparándome física, mental y emocionalmente para ese acontecimiento. He salido de la cueva de los miedos y sigo caminando a paso sereno, confío en mi fortaleza, y la de quien me acompañará, para vivir un parto de manera sana, armoniosa y segura.

Cynthia Arvide

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Periodista freelance, enamorada de un serbio-francés más chilango que yo