Agustina

A veces te extraño, Agustina. A veces pienso en vos. Cuando las nubes se ensucian o empieza a llover o cuando el té está amargo o cuando de noche siento un nudo tras otro en la garganta -nudos con voz, que dicen “estás solo” — y, otras veces, cuando un escalofrío me recorre desde los talones hasta la nuca, poniéndome la piel de gallina — ahorrate los comentarios irónicos-. Siendo honesto -cosa a la cual no llego a acostumbrarme- no sé si la piel de gallina viene antes o después de tu recuerdo.
Pero con nudos, té amargo o soledad, te extraño. Quién sabe, Agustina, si lo nuestro tenía que terminar así. A veces, te confieso, incluso despierto con la duda de si acabó o no. Y mientras va evaporándose la modorra y voy despegándome del sueño, comprendo que lo nuestro nunca llegó a ser.
Porque, te juro, Agustina, no sé qué se supone que pudimos ser. Quizás fuimos ese “pudimos”. “Pudimos” y nada más. No te molestes tratando de entender, yo me entiendo. No te molestes tratando de entender lo que nunca quisiste entender.
No sé qué hay acá, Agustina, pero tenía que escribirte, porque miro a mi izquierda, a mi derecha, arriba, bajo los ojos y seguís ahí. ¿Cómo es que ahora estás en todos lados, si nunca estuviste?
Te escribo, Agustina, porque no puedo verte. La vez pasada te cité, pero no quise ir. Y eso que pasó un mes de dudas y arrepentimientos antes de citarte. No, no quise ir. Cuál era el punto, Agustina, decime vos.
Diplomáticas mentiras, sonrisas más falsas que esas asquerosas pestañas que usas y nunca me gustaron, y tus inventos patéticos de volver a intentar descubrir si somos algo. No quiero saber nada de vos, Agustina, y tus lloriqueos -inevitables a la hora de juntarnos — no puedo soportarlos. Me duelen, pero no en el corazón, sino en la conciencia. Y, aunque vos, romanticona y sentimentaloide creas lo contrario, la conciencia duele más.
Porque ahí entra a pulsear con el orgullo. Y ahí ya no sé, querida, si duele más lo uno u otro. Quizá ambos.
No me mires con tus ojos pintarrajeados, no finjas que no sabés por qué me duele la conciencia.
Mirá, Agustina, quiero dejar muy claras las cosas. Primero, no vamos a volver. Eso métetelo en la cabeza, debajo de tu cabellera teñida por despecho. Una vez que entre bien, así como el agua oxigenada que te habrá hecho tanto daño a las ocurrencias, quiero que sepas, maldita sea, que te extraño. Sí, si, te extraño. Ya dije al comienzo, tengo esta estúpida debilidad de pensar en vos, en tu mano, en tu inacabable risa, en tu compañía. Pero no podemos volver, no podemos. Y me pesa haberte dicho que éramos uno, que no te iba a dejar ir nunca. Me pesa, porque son palabras grandes, Agustina, ¿sabes? Me pesa haberte pedido la eternidad, porque me retracto. Maldita sea, me retracto. Me retracto una y mil veces, porque no somos… No somos… No podemos… Solo pudimos… Pudimos. Me retracto…
Y a ver si ahora puedo dormir.

(17/12/2015)

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