No necesito ir al médico. Sé cuál es mi diagnóstico. Se llama “desafección”.
Yo siento afecto por mi vida, mi trabajo, mi país, pero siento que no soy correspondida. Difícil serlo cuando miras tu entorno, no hace falta irse muy lejos.
¿Corrupción, de verdad nos preocupa? ¿Sanidad? ¿Educación? ¿Vivienda?
Prefiero no hacer una lista de todos aquellos amigos que tuvieron que emigrar. Quizás fue una buena decisión. Miro a los “valientes o intrépidos” que nos quedamos y me hundo en la depresión del que prefiere no mirar al futuro porque lo ve demasiado oscuro.
Entrevista de trabajo 1. Médico licenciado con experiencia. “Serían tres mil euros al mes. Jornada de doce horas. De lunes a viernes. Los fines de semana guardia, librando un fin de semana al mes. Está muy bien”. (Oiga, mi vida puede depender del estado físico y mental de ese facultativo, y la suya también si se pone). CASO REAL
Entrevista de trabajo 2. Licenciado en periodismo. Experiencia profesional. Un máster hecho y otro en curso. “Sería jornada completa, 100€ al mes, porque te cogemos de becario, como estás estudiando…” (Becario a los cuarenta) CASO REAL
Educación: planes y planes de estudio. Haz otro máster. Haz otro curso. “Titulitis” que ahora tenemos que ocultar en el currículum porque “está usted demasiado formado, no podremos pagarle tanto”. Ránkings de las mejores y de las peores universidades. En pleno proceso de elaboración de la tesis doctoral puedes soñar con que todo va a mejorar. De lo contrario, apaga y vámonos.
Vivienda: Mejor ni mentarlo.
Se acercan elecciones. Otra vez. Cada mañana escucho las tertulias y siento que otra vez me están intentando convencer de que no son corruptos, de que la sanidad les importa, de que creen que de verdad de la buena la educación es el futuro de un país, que tienen la fórmula mágica para crear puestos de empleo, que sí…que sí…
Desafección decía al principio. No sé si se me queda corta la palabra.