Death Note, la que es y la que no es

La vi una vez. De negro con letras grises. Estaba en la mesa de un diseñador. Esa primera vez no tenía a quién preguntarle sobre ella. Estaba apurado. Con los problemas de siempre encima. Y entonces la olvidé. Pero días después, antes de que transcurrieran los siete necesarios para que ella cambiara de dueño, un amigo me la recomendó. Me dijo que era una gran historia. Que era manga, pero que aún así debía verla. Que me iba a gustar por más que fuera una caricatura y por más que yo tuviera treinta y tres.

Lo dudé, pero se esmeró en convencerme. Me explicó la esencia sin matar el detalle. Que la Death Note era una libreta que daba a su dueño la posibilidad de matar con solo escribir el nombre de una persona a la que pudiera visualizar en la mente. Que si lo quería, podía redactar la hora y los detalles. Que los malos empezaban a morir sin explicación para la sociedad. Pero que el justiciero acababa siendo el perseguido. Que la distinción entre el bien y el mal se hacía tan tenue que Kira, llamado así como referencia a asesino en japonés, o era dios o era villano Y que de ahí se detonaba una persecución más intelectual que sangrienta. Una partida de ajedrez entre Light, joven prodigio enfermo ante la posibilidad de cambiar el mundo, y L, un detective gestado a partir de la orfandad que lo llevó a ser separado del resto sin que el mundo lo extrañara. Mi amigo detuvo ahí el trailer verbal de la serie. El resto me tocaba descubrirlo.

Lo intenté unas horas después. Y fracasé. Aguanté no más de cinco minutos. Pero para defensa personal y de la Death Note debe saberse que el problema no fue ella. Ni siquiera yo, sino una novia a la que la cabeza no le daba más que para ver qué culpa tiene el niño en Netflix. Lo demás o le aburría, o le parecía violento, o, ironía a partir de su exigente ojo con la nueva era del cine palomero mexicano, tonto. Probé con Abstract y se durmió. Reproduje los primeros cinco minutos de Narcos y me pidió que la quitara. No le gustaba aficionarse a los delincuentes. Era una tonta consciente. Lo más que obtuve de una serie con ella fue que le diera hambre después de ver un par de minutos del primer episodio de Chef’s Table. Comimos noodles con la televisión apagada después de eso. Ante tanta prueba, Death Note era inocente. Y también yo.

Lo que siguió fue pura adicción. La Death Note me provocó insomnio. Hizo que me sintiera más inmaduro de lo que sé que soy. Les contaba a los de mi edad y nunca me entendían. A los treinta se supone que uno deja de ver manga, sobre todo si el único contacto con el género habían sido Los Supercampeones y escenas sueltas de los Caballeros del Zodiaco. Pero Death Note siempre va más allá de lo evidente. Sí, es la libreta que da el poder de elegir quién debe morir, pero ante todo es una herramienta de transformación que al tiempo que acaba con la vida de las víctimas muta las intenciones del que deseando encontrar justicia acaba perdido ante el deseo de poder. Demuestra que la línea divisoria entre el bien y el mal es mucho más subjetiva que el blanco y el negro bajo el que se conduce la sociedad. Porque no tiene sentido que se persiga al que está matando a los malos, pero tampoco dejar que sea uno el que decida el destino de todos.

Light es en todo momento un personaje tridimensional. Que la Death Note llegue a sus manos y no a la de un joven promedio es clave para la historia. Es introvertido. Sus pensamientos en voz alta dicen más que su interacción con los demás. Es un tipo cerebral, que no ejecuta hasta saber el resultado que obtendrá de la acción. Manipula antes que dejarse llevar por los impulsos. Mientras cualquiera se hubiera rendido ante la belleza de Misa, modelo y estrella pop que en su vacío intelectual se entrega a él, él usa besos, caricias y abrazos para someterla. El te amo a cambio de la obediencia. Una intelectualidad tan marcada que el sexo es más una vía que un fin. Su mayor deseo carnal, en esas sensaciones implícitas que yo nunca había imaginado encontrar en un anime, vienen de un encuentro con L. De un masaje que denota la cercanía entre rivales y la empatía intelectual. La atracción de quienes quieren destruirse. Light desafía a todos. Incluso a las reglas de la Death Note. Le interesa lo que dice, pero más lo que no está escrito.

Ryuk, el dios de la muerte que acompaña a Light mientras posee la Death Note, representa en cierto modo a la conciencia. Es un observador puntual. Que habla sólo cuando tiene que hacerlo. Que intuye el final desde el comienzo, pero que deja que la historia se desarrolle sin influir hasta que le toca, en la eternidad de su cargo, acabar con la historia para volver a empezar. Más que generar miedo y disfrutar el derrame de sangre es un observador apasionado de los humanos. De sus caprichos y deseos. De sus obsesiones y objetivos. Su gusto por las manzanas es una contradicción a su figura. Un sinónimo de muerte encantado con la simpleza de la vida. Él, como nosotros, también es débil, incluso en lo elemental. La escasez de manzanas le provoca crisis nerviosa.

L es también un incomprendido. Un genio detrás de una computadora. Su acción, como la de Light, es antes que todo mental. Juega con figuras, arma y desmonta tableros. Imagina humanos como soldados que pueden caer o levantarse. Y come dulces de forma obsesiva. Lo ayudan a pensar. No necesita dormir, sólo azúcar para mantener el cerebro activo. Sus derrotas lo golpean en lo intelectual más que en lo emocional. Pierde, gana, actúa y hace siempre para bienestar de su cerebro.

La Death Note obsesiona. Sí, al que logra tenerla, pero también al que la ve. Una vez que la conoces, la quieres contigo. Como una forma de hacer justicia o como una manera de entender que las mejores historias se cuentan con palabras, pero ante todo con esas sensaciones que van implícitas en una mirada o en un silencio. Me aficioné a Sherlock Holmes porque cada que lo leía acababa queriendo adivinar cuál sería su siguiente jugada, cómo daría con su siguiente conclusión, y eso mismo logra Death Note. Que uno también juegue, mueva piezas en el tablero y trabaje para dar con el jaquemate.

A la Death Note la reconozco como manga y como producto coleccionable. De la serie me hice fan. De esa libreta brandeada que encontré en la mesa del diseñador también me enamoré. Era una réplica perfecta, aunque escribir en ella no tuviera el mismo resultado. Pero a la Death Note no la puedo reconocer como película. No como la concibió Netflix.

El problema no es que Light cambie de apellido. Tampoco que sea estadounidense. Mi afición por Light Yagami, el original y no Turner, la copia, no se fundamentaba en que fuera japonés. Su fuerza era su tridimensionalidad. El que decía poco implicando mucho, el que aportaba con lo dicho y con lo no dicho, con el zoom a su cara y con el constante juego de miradas e impresiones que tan bien funciona en el anime. Light Turner, en lo sucesivo la copia, es un gringo cualquiera. Se deja asentado que guarda rencor al asesino de su madre, que está molesto con su padre y que padece cierto aislamiento social. Pero su fortaleza intelectual es menor. La discreción estratégica del original contrasta con el exhibicionismo de la copia. Mientras uno es asexual y convierte lo ordinario en moneda de cambio, el otro revela su secreto al instante. El original es un personaje a seguir por ser distinto al hombre promedio. La copia, en cambio, se deja llevar por los placeres comunes. Pone en riesgo su vínculo con la Death Note por unas tetas y un culo. Hace lo que haría cualquiera, pero no un personaje con el deseo y la prioridad de llevar su justicia al mundo.

A Misa, la original, la mueve la estupidez, pero también la adoración. Significa el absurdo de amar sin límites. De actuar movida sin más combustible que la idolatría a un hombre. A Mia, la copia, no la mueve más que el tedio. Su vida es tan vacía que su mayor logro es ser porrista, de ahí que le parezca buena idea ponerse a matar gente junto a Light. Nunca se espanta ni se sorprende. Nunca tiene dilemas morales. El de ella con Light Turner es un affaire vulgar acompañado de asesinatos. Un amor de tonta película americana con muertos en vez de citas melosas que en algún momento deben superar un conflicto.

A Ryuk, en modo copia, lo transforman en un monstruo cualquiera. Es, pese a todo, el mejor logrado. Al menos se ríe como el original, lo que ya es algo. Y come manzanas, pero ni siquiera ese momento que en la serie es tan entrañable acaba retratado en la torpeza de una película palomera, que mata cualquier complejidad para entregar un argumento de grandes proporciones disuelto en medio de relaciones inconexas, motivaciones difusas y personajes extraviados.

Podrá haber secuelas. Adam Wingard ha dejado claro que el final quedó abierto para posibles futuras entregas. Pero el daño está hecho. Porque Death Note, la película, puede llegar a funcionar como un filme comercial para ojos que no hayan visto el anime. Tengo incluso un amigo al que le pareció entretenida. Y eso es lo peor, porque Death Note no merece ser conocida por el mundo como una historia con un argumento que da para una serie de películas con desenlaces predecibles e historias de amor juveniles. Death Note, la original, no merece acabar dominada por el recuerdo popular de la copia. Death Note no merece acabar siendo entretenida. Así, sin más.

Empecé queriendo escribir de Death Note, la película. Caigo en cuenta que fracasé. Escribí más de la original que de la copia. Me dejé llevar por el sentimiento. Y en el fondo es mejor así. Una defensa como mejor puede hacerse, fundamentada más en las fortalezas propias que en las debilidades ajenas. Death Note es el anime. Death Note es Light Yagami, es Misa, es L, es N, es Ryuk y sus manzanas. Death Note es la libreta que descansaba en la mesa del diseñador, esa que ahora está en mis manos, esa en que ahora escribo el nombre del director, del elenco y hasta el de Netflix. Si la Death Note existiera, todos ellos, los de la película, estarían muriendo en este momento.

Nota del autor:

Escribir en tercera persona es mal visto. Lo sé. Pero es la forma en que se me ocurrió contarles que este es el segundo día consecutivo que escribo. Lo hago como terapia personal para matar la ansiedad. Ustedes deciden si se suben ahora a seguirme, si lo hacen después o si me ignoran para siempre. Por ahora esto no vale nada. Soy como el gordo que ha decidido hacer ejercicio. Está la intención y dos días de diez abdominales, o de dos textos. Falta ver si aguanto. Del gimnasio ya me he dado de baja; en Medium sigo, por ahora.

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