Depresión mata sistema

Una herida vista como una oportunidad. Varias heridas vistas como una resurrección. Detrás de los problemas se oculta una fuerza hollywoodense. Esa épica tan cotidiana en las películas existe más allá del cine. Sólo falta que la vida te ponga en la misma situación. Y que además te dé la oportunidad de vivir para contarla.

Estar herido tiene su grado de goce. No lo descubres hasta que la destrucción ha pasado. En ese instante en que todo se derrumba a tu alrededor nada es tan deseable como el Game Over en la pantalla. Que todo se termine de ir a la mierda. Que nada te sostenga. Que tus deseos destructivos se hagan realidad. Porque tú lo quieres, porque sí, aunque la situación, en el fondo no lo amerite. Preferible rendirse que esperar la cuenta de tres mientras estás en la lona. Es más fácil. Es más propio de la endeble voluntad humana en momentos de crisis.

Las días y las noches son el encendido y el apagado de las consolas. Aunque la vida sigue y despiertas en el mismo punto en que te quedaste, así como tus avances en un videojuego no se han borrado porque hiciste una pausa, algo distinto ocurre cada amanecer. O cuando menos está la posibilidad de que ocurra, como también está la ocasión de que por fin llegues al nivel que hasta ahora es cuenta pendiente.

Al principio, el cuerpo y el cerebro se funden para dormir el mayor tiempo posible. Un tiempo fuera imaginario. Un estado de coma fake que limita, o pretende limitar, los problemas a un abrir y cerrar de ojos. Si los cierras, no pasa nada. Si los abres, un infierno te espera. Pero siempre con la oportunidad de volver a dormir, a evadir y a dejar el juego en pausa antes de que tu caída al vacío oficialice una vida perdida. No es lo mismo anticiparlo que vivirlo. El fondo no se toca sino hasta que las letras aparecen para oficializar el deceso. El arte de intuir sin sufrir. El arte de maquillar la muerte con la pausa.

El cuerpo un día se termina engarrotando. Dormir ya no es ni placentero ni opción. Te fastidia no morirte. No poder dormir ininterrumpidamente hasta que las piezas se reacomoden sin siquiera tener que tocarlas. La depresión o te vence o te cansa. Y si te cansa es como cualquier compromiso social que no quieres atender. Una actividad agendada que o atiendes de mala gana, o postergas lo más posible o simplemente dejas pasar porque te parece una perdida de tiempo.

Para redescubrirse, el ser humano debe tenerle menos miedo al fondo. Mientras las pastillas y los amigos sirven como eslabones perecedores para alargar el proceso de caída, reconocer el hecho de que vas camino al fondo sólo para ya estando ahí reunir la fortaleza, aprendizajes y experiencias para emerger es el verdadero triunfo. Más vale un golpe a tiempo que consuelos más engañosos que el canto de las sirenas que tanto atrajo a Ulises en la Odisea.

Soluciones más que consuelos. Lecciones más que pretextos. Si la sociedad dejara de concebir la depresión como una anomalía en la persona, los seres humanos sostendrían mejores encuentros consigo mismos. Sin miedo a lo que fueran a encontrar, sin temor de ser exhibidos por un entorno que congratula al que simula en vez de impulsar al que enfrenta su realidad. Un mundo de resurrecciones más que de curitas sería más doloroso, pero también más profundo, más sensato e incluso más cinematográfico. Porque de algún modo, cuando un ser humano recibe varias heridas, aparece una fuerza hollywoodense, esa misma que hoy no vive más que en las pantallas. Y si vive ahí no es porque un guionista diera con un poder que los humanos no tienen, sino porque la sociedad decidió concebir la superación humana como una anomalía al sistema, como una debilidad que mata y no como una fortaleza que engrandece.