El desafío humano de tu marca personal

He cambiado varias veces de nickname. Me he quejado de lo que era. No tengo claro lo que soy. La marca personal es la más difícil de llevar de todas. Está la persona, está el profesional y está lo que la combinación de ambas quiere reflejar. Un rompecabezas sin armado perfecta. Con piezas que quizás embonen a la fuerza, pero no necesariamente con armoníaAs. Sin instructivo. Como un Lego pirata. O como la vida misma.

El futbol está en el centro. Es la conexión entre lo que fui y lo que soy. Pero pasa que antes era un 80% de mi vida. Ahora es, si acaso, un 20. Y entonces me digo que no debe estar como protagonista de mi nickname. Que he de ser sensato conmigo mismo. Que mi ser digital ha de crecer aunque ello implique sonar algo más formal. Que he de acabar con las letras que me relacionan con el juego. Pero que también son las que me relacionan con todo lo que he sido y hecho a lo largo de los años. Quito la f, la u y la t de mi nickname. Adiós Macafut. Me llamo The Great Maca. Pero es demasiado. Mis amigos me catalogan de pretencioso. Me dan a entender que tengo delirios de grandeza. Y es posible que los tenga. Pero hasta yo me digo que es demasiado. Entonces soy Sirmaca. Menos mamón, aunque mantiene la grandilocuencia. Aguanto unos días. Pero mis amigos me siguen diciendo Macafut. Y Sirmaca, cuando no me suena mamón, me suena a obsoleto. Vuelvo a ser macafut. Así, a secas en Instagram. Con guión bajo al final en Twitter. Algo me tenía que costar mi indecisión. Ya alguien más es macafut. Un cruzazulino, para que me quede claro que el futbol hace malas bromas hasta cuando ya no lo sigues tanto como antes. O que quizás lo hace justo por eso.

Culpo a mis escrúpulos de los problemas existenciales que me aquejan. Si algo hemos de aprender de los influencers, y de las marcas personales en que se convierten, es a perder la inhibición. Ellos hablan sin estar certificados en lo que hacen. Se atreven, prueban, fallan y triunfan, ya sea por lo curioso y humano de esas fallas o porque un día, después de hacerlo tanto, empiezan a dominar el arte de lo que un día hablaron sin saber. Son aprendices en público. Proyectos que se hacen realidad en vivo. Iniciativas tan humanas que no tienen por qué dividir los ensayos de la obra. Son ellos siempre. En el conocimiento y en la ignorancia. En la libertad de hacer porque sí y en el libertinaje de hacer sin saber.

Me detiene el miedo a la ignorancia. O todavía peor, al conocimiento insuficiente. Porque duele más cuando piensas que sabes y te das cuenta que no eres lo que pensabas. Por eso no he escrito un libro. Porque pienso que debo saber más. Porque quiero prepararme más, aunque sea sólo un pretexto para seguir alimentando el círculo vicioso de la inacción. Los influencers hacen. Los demás vivimos de la planeación. Y nos ocultamos en ella. A veces bajo el argumento de los tiempos que no cuadran; otras bajo la idea del conocimiento que nos falta; algunas más bajo el convencimiento de que todo lo que tenemos que decir alguien más ya lo dijo en mejor momento o de mejor forma. Más vale el libertinaje del que habla sin saber que la procastinación del que no habla esperando saber.

Si no tengo claro lo que soy, es porque no me atrevo a descubrirlo. No tengo problemas para crear medios y marcas. Les genero una identidad, decido cómo hablan, qué ropa vestirían si fueran una persona, cómo se dirigen a su audiencia, elijo cuál es el camino a seguir, las impulso y funcionan. Casi siempre funcionan. Pero mi marca personal es la misma desde hace años. Con esas tres letras que remiten al juego. Con esas tres letras que me llevaron ser lo que soy. Con esas tres letras que hoy me recuerdan que no por fuerza me gusta lo que soy.

Un objetivo a la vez. Un pilar sólido para construir sobre él. No se necesita más que eso para crear tu marca personal. Tan sencillo que da risa. Tan sencillo que es como la aguja en el pajar de las distracciones, las tentaciones, los complejos y los delirios. Los límites como marco de acción más que como prohibición. En dónde estoy, a dónde quiero llegar y qué estoy dispuesto a hacer para lograrlo. La vida vista en un tablero finito. Es mejor así. Más es menos. Como muestra la ansiedad en que vivimos a partir del incremento de distracciones y tareas reales y ficticias que nos hemos asignado al convertir el smartphone en parte de nuestro cuerpo. Conquistas pequeñas para lograr objetivos grandes.

Se puede confiar en las ideas sin confiar en ti. Confiar en el producto más que en la fábrica. Pero es la marca personal la que sobrevive. La que cuando todo se acaba, se queda ahí, junto a ti. Como una muestra de quién eres, de lo que puedes hacer y de lo que no quieres hacer. Para eso se necesita tener el descaro de un influencer. El amor propio del que se graba como puede y dice lo que sabe o lo que ignora con tal convicción que cautiva y con tal disciplina que se hace hábito. Entre la vieja y la nueva generación de creadores de contenido no hay más distancia que la desinhibición. La marca personal no surge del rigor de la perfección, sino del abrazo a la falta de ella. Una marca humana, es por fuerza, imperfecta. Y así trabajaré la mía, sin miedo a que en mi nickname estén la f, la u y la t. Sin miedo a que un día falten. Crear y creer como hábito. Porque sí, porque me gusta y porque quiero. Así llegarán los seguidores. Así por fin confiaré tanto en las ideas como en mí. Así por fin tendré la marca personal que quiero.