El FIFA y los superhombres

Me he propuesto ser un superhombre. No de los que corre cada edición de la Spartan Race. Tampoco de los que van por el mundo haciendo el bien al prójimo. Soy demasiado egoísta como para dedicar mi vida a que otros estén mejor. Mi concepto de superhombre ni siquiera se vincula a la capacidad intelectual. Pero sí a cómo maximizar mi tiempo de vida para que esté enfocado en aprender, saber, entender y hacer. Mi superpoder, si es que lo consigo, está en realidad al alcance de cualquiera. Será una fortaleza construida a partir de la voluntad más que de la aptitud. Y lo mejor es que con eso me alcanzará para sobresalir.

La del conformismo es una de las nubes que más oscuridad generan en la humanidad. Se manifiesta a través de la apatía y del deslinde de responsabilidades. Siempre habrá pretextos creíbles para justificar por qué aplazaste un objetivo. Y la mala suerte, que es la aliada predilecta de la mediocridad, puede tener que ver con Dios, en cualquiera de sus formas, con el infortunio económico heredado, con la falta de tiempo, o con la envidia ajena. El hombre ha decidido ser el ciego gobernado por el tuerto que vio la oportunidad en las lecciones de la filosofía popular. En la era de la información (y del conocimiento) en formato 24/7, sigue asumiendo que su preparación concluye en la universidad, que su necesidad de especializarse termina con la jornada laboral y que cualquier esfuerzo añadido representa un mal negocio dado que nadie le está pagando por ello.

Los ciegos prefieren pagar por entretenimiento que invertir por un beneficio futuro. En la era de la recompensa inmediata, una cerveza puede más que una lección aprendida. El cortoplacismo demanda experiencias memorables que además puedan plasmarse a través de las redes sociales. Lo que no se comparte, no existe en la escala de gratificaciones necesarias. A la pereza personal debe sumarse el deseo de alcanzar la aprobación popular, habitualmente influenciada por tendencias que premian lo material sobre lo intelectual y la expresión de lo aceptable sobre la defensa de las convicciones. Sobran requisitos sociales implícitos para ser aceptado y faltan personas dispuestas a saltarse esos trámites con tal de vivir con libertad. Es la jaula en la que el hombre se ha metido por decisión propia.

El del no es uno de los aprendizajes más imperiosos para la sociedad actual. Que regrese el derecho a decir que no a una invitación. Que no se descalifique al que no quiere ir a una fiesta. Que no se devalue el status social del que decide que no quiere emborracharse cada fin de semana. Que no se etiquete de mala persona al que decide no atender un evento social. Que no se juzgue con mayor rudeza al que dice la verdad que al que miente por convivir. Ser un superhombre implica resistir que te pidan que actúes como todos. Que no te acepten como eres. Que quieran cambiarte. Y que siempre te recriminen por tratar tu tiempo como el activo más valioso de tu vida. Si en una historia cada segundo cuenta, ¿por qué hemos de tratar nuestro tiempo, y nuestra historia, con descuido y desinterés?

Aún no termino de creerme lo de ser un superhombre cuando ya me enfrento a la kriptonita. Es una muy difícil de vencer, me debilita, sobre todo desde que salió la nueva edición. El FIFA 18 ha detonado mi necesidad de ocio. Me siento incapaz de decirle que no. Sí porque me gusta, pero sobre todo porque su nuevo sistema de juego arruinó mi funcionamiento en defensa. Antes jugaba no más de dos partidos al día, y casi siempre ganaba. La pérdida de tiempo era mínima. Lo hacía justo después de la comida, en la oficina. Así no lidiaba con la tentación en casa. Pero la actualización provocó que perdiera casi siempre. Sólo les gano a los más malos. Y no puedo con eso. Quiero recuperar mi status de competidor de alto nivel. Necesito mejorar. Y eso sólo se consigue jugando, aunque sea a la hora de escuchar podcasts, de leer, de escribir o dibujar. Será temporal. Acabaré con el exceso una vez que vuelva a ganar. Volveré a jugar en casa. Me compraré un control para recuperar el que había donado a la oficina. Un superhombre debe tener mucha confianza en sí mismo. Y perdón, pero ser bueno en FIFA es requisito para llevar una vida plena.

Mi debilidad es la de varios. Los desarrolladores de FIFA se equivocaron. Tanto fue su afán por ofrecer una experiencia cercana a la realidad, que los defensas que no son manejados por el humano dejaron el apoyo automático de anteriores versiones para permitir que se abran boquetes que terminan en goles en contra. Ahora, o lo haces tú o nadie te salva. Se escucha bien. La máquina no hace lo que te toca. Pero en la realidad, ese abandono de tus compañeros deriva en que te hagan daño sin que por fuerza hayas cometido un error. La derrota por modo de juego me frustra. Por decisiones que no son mías, vinculadas al desarrollo del juego, soy ese al que etiquetan como hijo cada que publican una imagen llamando a la acción en redes sociales. El superhombre que quiero ser no se lo puede permitir.

Me he propuesto ser un superhombre. Uno que se dedique a aprender, saber, entender y hacer. Todo parte de la disciplina. De la autoimposición de horarios. Lo que descubro recién es que lo más difícil no es manejar aquello que te hará más fuerte como profesional o creativo, sino aprender a lidiar con las tentaciones. Son ellas, con sus detonantes emocionales, las que pueden provocar que un día dejes de escribir, leer o dibujar. Son ellas las que pueden lograr que días enteros se vayan jugando FIFA. Lo peor es que es un círculo vicioso. Es muy probable que acabe aprendiendo cómo ganar, que los defensas ya no me desobedezcan. Pero cuando eso ocurra estará por salir el FIFA 19. Y entonces todo comenzará de nuevo.

Nota del autor:

A mis 34 años les llego a ganar a los de 20, incluso en el FIFA 18. Asumo entonces que no soy tan malo, que simplemente estoy pasando por una mala racha. Puede que me desvíe un poco de mi objetivo de ser un superhombre, pero ser bueno en el FIFA vale la pena.

Contador: 45 de 45. No tengo mucho que decir. Por ahora sólo espero que me dejen en leído.

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