El paseo

Sé que lo vi. Lento, con los brazos hacia el frente y las palmas de las manos hacia arriba para sostener a su perro inmóvil. Él era alto, pálido y con escaso pelo cano acompañando los costados de su ovalada cabeza. Su perro era blanco, pequeño, un french poodle. O quizás un maltés, nunca lo sabré con precisión.

Aquella tarde había decidido salir a pasear solo. A mis perros los había dejado en casa. A mi novia la había perdido en las últimas horas. Infidelidad que no pude perdonar. Camino, que se sepa, absorto en pensamientos que van más allá de mascotas corriendo hacia sus dueños y de niños lanzándose desde la resbaladilla a esa edad en que la diversión repetitiva aún puede disfrutarse. Subir para bajar. La resbaladilla vista como un propedéutico para un país de buenos clavadistas.

A ese parque, el de Acacias, voy diario. Casi siempre por deber. Me conoce más que cualquiera. He ido tan cansado que a medio andar doy vuelta atrás, tan borracho que he encontrado diversión tirándome en sus arbustos, con tanta resaca que perduran fósiles de mi vómito y con tal alegría que me he hincado con brazos abiertos para que lleguen mis perros a lamerme la cara.

Aquella vez sé que estaba triste. Sí, por la ruptura. Pero sobre todo por la soledad. Porque esa siempre me acompaña, aún con pareja de por medio. A veces se manifiesta con recato. Como un fantasma que aparece cuando quiere. Otras, como aquella, su presencia es tal que la siento en el cuerpo. Vive a través de mí. La soledad como la más despiadada de mis compañeras

Por eso sé que lo vi. Juro que lo vi. Pero no puedo decir que haya sido real. Porque su perro era blanco como el mío. French poodle, o quizás maltés, como el mío. Porque vi a gente a su alrededor que asumía indiferente su presencia. Y eso no pasa. No porque la gente reaccione ante el dolor, sino porque se regocija ante lo extraño. Por eso pienso que fue un engaño de mi mente. Por eso desde entonces me digo que al menos una vez he perdido la cordura. Y ni la psicóloga sabe decirme.

Quizás era un tipo cualquiera cargando a su perro en un paseo que sólo ellos conocen. Quizás era, en efecto, un tipo taciturno dándole su último paseo al cadáver de su perro. O quizás, porque llevo llorando su muerte desde que entendí que se hacía viejo, era una imagen de mí, dándole el último paseo al cadáver de mi propio perro. Sé que lo vi. Juro que lo vi. Si la soledad hablara, me daría una respuesta.

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