La imperfecta perfección

Hace falta el reconocimiento a la imperfección. La certeza de que una falla no acabará por derrumbarlo todo. La confianza no se refleja a través del abrazo en el triunfo. Para eso está cualquiera, incluso el que en algún momento pretenderá hundirte. La confianza se refleja a través del respaldo ante lo incierto. Se manifiesta cuando no hace falta escuchar al otro al momento de elegir si será águila o sol. Cuando sabes que te has ganado el derecho a fallar.

Se sabe que cada falla te acerca al triunfo. Que entre más veces lo intentes, más cerca estarás de conseguirlo. Pero la teoría, conocida por la sociedad a través de cualquier libro de superación personal, pierde validez ante la dinámica de resultados exigidos a toda hora y en todo momento. Se castiga más al que se equivoca por intentar lo distinto que al que se mantiene haciendo lo de siempre. El triunfo, aún en su acumulación, acaba por ser anecdótico. El error, aún en su escasez, acaba por ser dinamita. La oportunidad propicia para provocar un incendio argumentando que has llevado al barco al destino equivocado.

Los mejores trabajadores no son los que reciben órdenes y las aplican al pie de la letra. Son los que con frecuencia están en el límite impulsados por su convicción de hacer que un proyecto ocurra. Las mejores relaciones no son las que viven en la perfección de unas vacaciones de alto presupuesto. Son las que superan con convicción las imperfecciones del día a día. En el trabajo, la máxima muestra de confianza es la concesión del derecho a fallar. En el amor, la máxima muestra de confianza es la aceptación de que la felicidad eterna al final de las películas es un trademark de Disney, no una posibilidad para la condición humana.

Entre más aciertas, menos miedo le tienes a las fallas. El problema es que el sistema intimida a los que lo intentan. La sanción viene desde la escuela, donde abundan los absolutos y escasean las libertades. El margen a respetar, la escritura periodística bajo las reglas de siempre, la fila por estaturas, los guiones como la teoría dice, aunque en la realidad casi nadie los haga así. La represión a los inconformes y el aplauso a los que aceptan pensar como todos.

Pensar en triunfar es natural. Cualquiera desea hacerlo. Pero detrás de esa obsesión está el olvido. Tanta prisa tenemos por lograrlo que olvidamos que un camino puede ser tan imperfecto como uno lo requiera, y que al final, salvo por la muerte de la que nadie regresa, a la realización se puede llegar por la vía de cuota o por la libre. A los veinte o a los cuarenta. A los dieciocho o a los cincuenta. No importa que te pases de largo, tampoco que olvides dar vuelta a la izquierda. Lo importante es que llegues. Y para llegar, nada como conseguir que alguien (comenzando por ti), reconozca que te has ganado el derecho a fallar.

Nota del autor: mucho ha cambiado en mi vida. Casi todo. No estoy más en juanfutbol, de donde sigo siendo socio, pero donde también pasaba mis días. Y eso se ha ido. Ahora estoy creando nuevas marcas. Reiventándome. La reinvención me inspira a escribir. A hacer más. A crear más. Y a triunfar más, aunque en el camino tenga que fallar más. Se agradecen sus claps, pero sobre todo su tiempo, porque ese nunca regresa.

Los invito a escribirme a maca@storybaker.co

Mauricio Cabrera 
@thegreatmaca