La orgia

Fue su idea que estuviéramos ahí. Después de dos margaritas y una jarra de cerveza. Celebré internamente la propuesta. Simulé que no quería para cumplir con el protocolo. Un sí disfrazado de no para concluir en el sí decidido desde el principio. Pero hacía falta la actuación por el bien de la estabilidad social. Negar pensamientos como método de supervivencia. Y de eso he aprendido mucho. Dejar lo políticamente incorrecto en otros, pero siempre guiándolos en el camino. El autor intelectual que no se mancha ni las manos ni la reputación.

Esa noche fue más oscura que otras. No sé si fue culpa del alcohol que me había adormecido la vista. Si fue mi mente inquieta la que ante la novedad decidió acortar su campo de visión. O los lentes de contacto que han dejado de servirme porque mi nivel de miopía ha ido en ascenso. Sé que veía claro de cerca y nebuloso de lejos. Por cerca me refiero a ella, que en esos momentos me tomaba de la mano, y por lejos a ella, que en un diminuto vestido azul incierto para mi vista me miraba con vehemencia. La deseé al instante. Y a la fecha pienso que ella a mí, aunque fuera por vocación.

A ella, a la distancia, la sentía cerca. Como pasa cuando una mirada implica expectación. Pero a ella, la que me tocaba la mano, la sentía lejana. Como pasa cuando el contacto físico se ha vuelto protocolario. El deseo contra la tenencia.

El apretón de manos se fue aflojando. Cada vez menos fuerza para un significado igualmente debilucho. Nuestros dedos ya apenas se rozaban. Era el gesto mecánico perdiendo ante el impulso. El mío con ella, la del vestido azul incierto. Y ella con esa otra ella, la que semidesnuda bailaba en el escenario para hombres y, quizás sin saberlo o sabiéndolo todo, para ella, la que antes me tocaba y que para entonces ya simplemente me rozaba.

Noté su entusiasmo. Entendí que si sus dedos apenas me rozaban, su mente se había ido por completo. La veía absorta. Admirando el cuerpo de esa otra ella. Deseando tenerlo para sí. Como cuerpo suyo o con sus manos en las tetas de esa otra ella. Como fuera, pero tenerla.

La semidesnuda se fue entre aplausos. Ella, la que me rozaba, se abstuvo de aplaudir. También sabía negar pensamientos como método de supervivencia. Pero yo lo sabía. Y lo confirmé con la tercera llamada al escenario. Perla se llamaba la del vestido azul incierto, la que había deseado como miope de lejos y la que ahora deseaba como miope de cerca.

Ella, la que me rozaba, no aguantó más. Me dijo que la anterior era por mucho la mejor. La más buena, recuerdo que dijo. Hice lo que pude por defender a la del vestido azul incierto que ya a unos pasos de mí se hizo verde. Lo hice con convicción, pero sin fuerza. Otra vez el modo de supervivencia activado. No se te hace que la mejor es ésta, le pregunté para incidir sin comprometerme. No, a ésta se le ve toda la celulitis, fíjate. Y yo me fijé, sí que me fijé, pero ni rastro de la celulitis. Y aparte está medio gorda, remató. Y para mí, de nuevo, ni rastro de la gordura.

Los performances nos dejaron sin aire. A mí el de ella, la del azul incierto que se hizo verde, y a ella el de esa otra ella. A nuestro modo fuimos por más con una escapada al baño. Cada quien buscando lo suyo. Ella encontró a esa otra ella en el baño. La escuchó hablando con otra bailarina. Mientras orinaba se enteró de que era lesbiana. Se sintió intimidada, me contó al volver. Y yo la volví a encontrar con la mirada. Otra vez el deseo, otra vez la expectativa de lo abstracto, el vestido verde que se había vuelto azul incierto.

Esa noche recuerdo haber estado con ella, la que me rozaba, y con la del vestido azul incierto. A las dos las besé al llegar a casa. Las desvestí, las escuché gemir hasta llegar al orgasmo. Esa noche ella recuerda haber estado conmigo y con esa otra ella, la más buena del lugar. Nos desvistió, nos escuchó gemir hasta llegar al orgasmo. Al día siguiente desperté con ella, la que me rozaba. Al día siguiente despertó conmigo. La de la noche anterior había sido una orgía de dos.

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