Una historia de todas las noches

Esta vez no lo mueve la adrenalina del deseo. No es un impulso cualquiera como representación de su naturaleza animal. La ha observado por horas. Varias veces durante varios días. Se ha dado tiempo para desearla. Y en cierto modo para pensarla. La procastinación funciona, ahora lo entiende. No es el vértigo del trago que acaba con todo. Es la fuerza de la espera descargada en una mano sobre esa espalda desnuda que después de tanto por fin descubre. Los nervios de una primera vez producida antes por su mente y hasta ahora por los hechos. Una película distinta, como siempre que las ideas se hacen de carne y hueso.

La tiene sin tenerla. Conoce esa sensación de estafa. Una manipulación a la trama para que no tenga ni principio ni fin. Como si el clímax fuera el único acto. Y es que ha aprendido que para ellas lo sencillo es lo complejo y lo complejo, lo sencillo. Las tetas como vía de seducción. Las nalgas como una forma erótica de dar la espalda a la realidad. Y la boca cerrada. Sin decir nada y sin sentir nada. Que el cuerpo escriba ficción ahí donde la boca permanece en la realidad. Él acepta el engaño. Le besa la espalda. Sube hacia la parte posterior del cuello. Baja hacia el culo que también desea. Prueba con ritmos distintos. Rápido para provocar frenesí. Lento para provocar romance. Ella se mueve. Ondea su cuerpo como señal de excitación. Se arquea hacia arriba y hacia abajo. Pero habla siempre con la boca sin decir palabra. La mantiene cerrada. Gira el cuello hacia la derecha. Luego hacia la izquierda. A veces en sentido contrario a las manecillas del reloj. Siempre en sentido contrario a él.

Al final que no es final se queda sin aliento. Se cansa de la farsa. Sus besos se dan en intervalos cada vez más grandes hasta que se vuelven nulos. El animal de la inmediatez se nutre del impulso; el humano que espera, de los sentimientos. Por eso esta vez sufre más de lo que goza. Hubiera preferido no besarla ni tocarla. Alcanzar sus labios más que sus tetas. Escribir un comienzo sincero más que un nudo sin dinamita.

Se culpa por haber dejado que el deseo se hiciera sentimiento. Por esperar meses para por fin atreverse. Por romper el protocolo para abonar a la procastinación. A ella la toca como a tantas. La besa también como a tantas. Pero el ruido de los besos que no se dan le duele. Puede más que ese cuerpo que ella pone a su disposición. Recuerda la satisfacción de noches más simples. De sus impulsos animales sin consecuencias. De los guiones fáciles sin principio ni fin. Mucho como antes y nada como antes. Ella no es cualquiera. No es la mujer de nombre artístico que después de él pasará por otros. No es la que pronto se enredará en brazos de terceros en el descaro de las mesas contiguas. Ella es la mujer que hoy duerme en la cama de él. Es la mujer que quiere. La que, como las profesionales de la simulación en poca ropa, se niega a sentir.

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.