¿Adiós al héroe?

Salís de ahí, de ese monoambiente donde pasaste los últimos nueve meses, y los ves. Son enormes, te cuesta entender quiénes son pero, en cuanto abren la boca, con miles de halagos y frases cariñosas, los reconocés. En ese momento empezás a verlos con otros ojos. Podés ver la capa que llevan puesta. Bah, en realidad no podés verla, pero sabés que está ahí. Son ellos, tus padres, tus héroes.

Los padres son las primeras personas que idealizamos. Y lo hacemos porque son héroes. Con su capa implícita y sus superpoderes que sólo vos podés ver. Porque te levantan cuando te caés. Porque te consuelan cuando llorás. Porque te defienden cuando alguien te agravia. Porque pueden solucionar todos los problemas que se te presentan. Porque están siempre presentes. Porque son padres. Porque son héroes.

Vos das tus primeros pasos en la vida y esa capa cada vez brilla más, ese pecho cada vez está más inflado, esos superpoderes afloran cada vez en mayor medida. Sentís que no hay nada que no puedan hacer. Porque claro, como en la tele y los comics, los superhéroes todo lo pueden. Porque no se equivocan, no se caen, no se lastiman y, claramente, siempre le ganan a los malos. Creés que no hay nada que te haga cambiar de opinión.

Pero vas avanzando, y dando unos pasos más adelante te empezás a cruzar con tiempos turbulentos y malas personas con las que ni tus héroes pueden luchar. Sus capacidades humanas van aflorando. La vida te empieza a pegar e, instantáneamente, sentís cómo su capa va perdiendo el brillo, cómo se va acortando. Pero, ¿cómo? ¿No eran superhéroes? ¿No podían con todo? ¿No era que no se equivocaban? ¿No era que con ellos al lado nada te podía pasar?

Empiezan a fallar, están más humanos que nunca. Vos no querés humanos, querés a tus héroes. Se mandan cagadas terribles; ya no te defienden con las maestras; no te levantan siempre; ocupan su tiempo libre en ellos mismos; se olvidan cosas básicas de tu vida; parece que el trabajo les importase más que vos, y a veces aun después de todo el tiempo que invierten en él, hasta pierden el trabajo. Esas personas que antes sentías que facilitaban tus proyectos, hoy hasta se convierten en un estorbo para las cosas que querés hacer. ¿Dónde quedó esa perfección? ¿Dónde quedaron esos padres que idealizamos desde salidos de nuestro monoambiente?

Tus padres ya no son tus héroes. Tus padres ahora son humanos corrientes y mortales. Tus padres se equivocan. Tus padres tienen mil defectos, y su capa no te dejaba verlos. Pero tus padres ya no tienen capa, ahora podés verlo claramente. ¿Tus héroes te decepcionaron?

De todas formas, más difícil que darte cuenta de que tus viejos no son héroes debe ser que tus hijos se den cuenta de que no lo sos. Imaginate ese punto de inflexión donde notás que ya no tenés capa para ellos, que ya no sos omnipotente ni omnipresente. Ese punto donde notás que para ellos ya no sos un héroe, donde notás que en algún punto los decepcionaste.

Y un día te ponés a pensar y te das cuenta que vos también sos humano. Y que en algún momento, también vas a ser padre; que vas a “decepcionar” a tus hijos, cuando se den cuenta de que no sos héroe ni heroína. Y no querés que esto sea así. Jamás querrías decepcionar a alguien, menos a tus hijos. Querés tener capa para siempre, pero sabés que es imposible. Porque sos humano, y la capa se vuela cuando afloran los defectos, las caídas, las cagadas. Entonces recapacitás todo lo que puteaste internamente a la vida por darte padres humanos, y no héroes, y hacés una retrospectiva, teniéndoles empatía, dándote cuenta que no, no son héroes, pero a la vez lo son. Porque tendrán mil quinientos defectos y se habrán mandado cinco millones de cagadas, pero siempre dieron todo por vos. Porque, tal vez en menor medida, pero te siguieron levantando cuando caías, consolando cuando llorabas y defendiendo si te agraviaban. Porque te das cuenta que en algún momento vas a estar en su lugar. Porque te das cuenta que ellos no sólo hacen lo que pueden, ellos hacen lo imposible por vos.

Los padres son héroes, son héroes a su modo.

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