Claustrofobia

Macarena Piñeiro
Sep 9, 2018 · 2 min read

“Soy claustrofóbica”, dije.

Estábamos en un ascensor, todo parecía tener sentido. Creo que él pensó que yo le hablaba de los espacios reducidos, pero ese no era el asunto.

La claustrofobia en mi vida representaba el miedo a quedar atrapada en un lugar sin la posibilidad de salir. Claro que los ascensores me hacen sentir incómoda, pensé, pero esto va más allá de ese tema.

Llevábamos meses viéndonos y la cosa se estaba poniendo seria. Nunca entendí bien qué era la seriedad cuando del amor se trataba, pero le robé ese término a la sociedad. La verdad es que las relaciones humanas siempre me generaron encierro. Mi temor más grande era quedar atrapada en una relación para siempre.

¿Cómo no me iba a sentir así? Durante 27 años me bombardearon con mensajes de “para siempre” y “hasta que la muerte los separe”. Ese es el amor que muestran en las películas y las historias románticas. ¿Cómo no iba a sentir asfixia? Ningún cuento de hadas me contó jamás cómo el amor entre la princesa desamparada y su macho salvador llegaba a su fin y decidían separarse, aunque fuese en los mejores términos. ¿Separación? Eso nunca existió en el amor ficticio.

Así es como empecé a sentirme una extraña en la sociedad. Todos buscaban un alma con quien compartir la vida, mientras que yo le escapaba a ese concepto. Cuando las cosas parecían tomar un carácter permanente, comenzaba a buscar una salida. Mis amigos me decían que lo que hacía estaba mal. Que estaba dañada. Que me iba a morir sola. ¿Pero acaso no todos morimos solos? Nos vamos de a uno. Quién sabe a dónde, pero individualmente.

No me daba miedo el amor, sino su condición de indeleble. Esa condición ficticia que me metieron en la cabeza. Esa naturaleza de irreversible.

Todo eso pasó por mi mente después de decir que era claustrofóbica. Todo eso y mil cosas más que no podría poner en palabras, ya que mi cabeza era un mapa desordenado con términos y conceptos que se contradecían simultáneamente.

De todas formas, algo cambió en ese ascensor. Cientos de pensamientos se apoderaron de mí, pero algo cambió.

Sentía la asfixia, la garganta cerrándose, las ganas de llorar y de salir corriendo. Pero también sentía la calidez de la persona que tenía al lado, absolutamente dispuesta a cuidarme. Sentía esos cuatro o cinco meses de relación. Sentía ganas de que el futuro se apure para concretar esos proyectos de los que habíamos hablado por horas desnudos tirados en la cama mientras nos fumábamos un cigarro.

Sentía. Eso es lo que cambió. En ese ascensor me di cuenta que sentía. Sentía que era la primera vez que pensaba en “para siempre” con una sonrisa.

Y si el amor llegaba a su fin, estaba dispuesta a saludarlo con un abrazo y agradecerle por la aventura.

Sentía la necesidad de reprimir esa claustrofobia y frenarla de que, una vez más, me impida disfrutar el momento.

Algo cambió en ese ascensor.

“Soy claustrofóbica”, dije, “pero me gustaría estar atrapada entre tus brazos por mucho tiempo”.

    Macarena Piñeiro

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    Redactora publicitaria. Amante de la escritura. ¡Bienvenido a mi mundo! Limpiate los pies antes de entrar.