El baño de inmersión

Un día te das cuenta que necesitás un respiro, un descanso. Decidís tomar un baño de inmersión, sumergirte.

Prendés la canilla y el agua nueva y limpia empieza a caer. Te desnudás, completo, indefenso. Hay poca agua y todavía no está muy caliente, pero te aventurás y te metés en la bañera. Sentís el agua rodeándote el cuerpo mientras sube lentamente. Al principio te rodea superficialmente, pero llega un momento en que empezás a sentir cómo se mete en tus zonas más íntimas. Igual, lo disfrutás, es una sensación interesante. Es agradable.

El agua nueva y el calor aumentan cada vez más. Estás cómodo, contento. Te gusta mucho. Sentís que estás en tu mejor momento. Incluso, pensás en aquellos que no tienen bañera, que sólo tienen ducha, y los compadecés un poco. Querés que el agua caiga eternamente, calentándote y haciéndote disfrutar siempre de la misma forma.

Pero ponés los pies sobre la tierra, aunque te cueste, y te das cuenta de que la bañera va a rebalsar. Entonces, cerrás la canilla. Ya no entra más agua nueva y limpia, pero seguís sintiéndote bien.

Agarrás el shampoo, te lo ponés y enjuagás. El agua se empieza a ensuciar, pero poco, todavía podés ver el fondo de la bañera. Agarrás el jabón y te limpiás, fuerte. El agua se pone cada vez más turbia. Ya no ves tus propias piernas. Ya no sentís tanto calor. Ya no estás tan relajado ni entregado. Empezás a pensar que ya es hora de salir de ahí, que el baño terminó, que ya no da para más. El frío aumenta considerablemente y decidís finalizarlo.

Sacás el tapón y salís de la bañera. Envuelto en el toallón te das vuelta para ver cómo se va toda esa agua fría y sucia, que en algún momento te llenó de calor y pureza.

Decidís que no querés confiar más en las bañeras, que vas a optar sólo por tomar duchas. Ellas, aunque no te relajen y conforten tanto, son rápidas, eficaces y espontáneas. No tenés tiempo de sentir calor real, de ese que sentiste en la bañera, pero al menos podés experimentar un rato de calidez.

No, no confiás más en las bañeras. Porque te traicionaron. Te dejaron desamparado, flotando en mugre y agua fría y turbia. Vos te quedás con las duchas, porque con ellas no te va a pasar.

Pero un día te cansás de la ducha. Querés volver a la relajación, a las sensaciones, a ese calor intenso que hace tanto no sentís. Y dubitativo decidís darte un nuevo baño de inmersión, sabiendo que va a pasar lo mismo de siempre: calor y pureza al principio, frío y agua turbia al final. Pero te entregás, decidís hacerlo. Porque todos volvemos a caer en el baño de inmersión, aunque tratemos de resistirnos. Porque sabés que el frío es inevitable, pero que podés postergarlo. Porque te gusta todo lo previo al frío, lo disfrutás, te hace feliz.

Volvés al baño de inmersión. Siempre volvés.

Esta nota habla del amor.

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