El gato está vivo

Quiero empezar aclarando que esta nota no habla del gato de Schrodinger, no. Seguimos sin saber si ese está vivo o muerto. Este es un gato diferente, el famoso felino que murió de curiosidad. Qué pelotudés tan grande, qué muerte tan estúpida. O no, al contrario, qué muerte tan increíblemente brillante y valiosa.

La curiosidad es una de las capacidades más lindas que tenemos los humanos, y la desperdiciamos. Nos ahogamos en un mar de causas y consecuencias, de costos y beneficios, de miedos. Nos quedamos en nuestro lugar, en la comodidad de nuestro pequeño y ordinario espacio, en vez de salir a explorar todo lo que hay en este mundo maravilloso. En lugar de ser curiosos, de explorar, de caernos y volver a levantarnos para seguir explorando, nos quedamos en nuestra estúpida zona de confort. Porque tenemos miedo, vivimos con el miedo irracional de ser el gato, de morir de curiosidad.

Saramago dijo una vez “Dicen que la curiosidad mató al gato, pero no dicen si lo que descubrió valió la pena”. Pocas veces leí una frase tan cierta. ¿Y si eso que descubrió el felino fue lo más asombroso de su vida, y nos negamos a descubrirlo nosotros mismos por miedo? ¿Seguiríamos con miedo si nos dijesen que detrás de la curiosidad permanente está la felicidad? ¿Si nos dijesen que detrás de esas personas inquietas se esconden almas repletas de alegría? Sí, seguramente seguiríamos con miedo, porque somos cagones. Todos lo somos. Yo a veces me pongo a pensar en cuánto más feliz sería si no reprimiese tantos de mis impulsos curiosos. Me encantaría dejar de preguntármelo, dejar de reprimirlos, pero tengo miedo.

De todas formas, aquellos impulsos curiosos que no reprimo, que obedezco, me demuestran diariamente que estoy tomando la decisión correcta. Porque valen la pena. Porque algunas cosas que descubrí con mi personalidad inquieta valen, en mi opinión, lo suficiente como para morir como el gato. Y moriría feliz, con el alma inquieta e, irónicamente, llena de vida.

Porque obedeciendo mi curiosidad descubrí mi vocación. Porque obedeciendo mi curiosidad viajé a lugares increíbles, conocí personas maravillosas, y descubrí lo feliz que me haría pasar la vida viajando con una mochila, un cuaderno y un par de lapiceras. Porque obedeciendo esa curiosidad me descubrí a mi misma, mis gustos, mis amores y mis odios.

¿Será por todo esto que creo que el gato vive?

Mi meta diaria es perder el miedo y soltarme un poco más a la curiosidad. Poco a poco, voy obedeciendo mis impulsos y voy dándome cuenta que es lo mejor que puedo hacer. Poco a poco, voy juntándome con gente que obedece a esta curiosidad y se larga a la vida sin miedo a lo que pueda descubrir. Poco a poco, trato de contagiar a los que siguen con miedo, porque si esto se contagia, sería la pandemia más saludable para el alma.

La curiosidad nos mantiene vivos. Los descubrimientos que hacemos diariamente, por más ínfimos que sean, nos mantienen andando. Los temores nos arruinan la capacidad de seguir. El miedo nos estanca. Empecemos a hacerle contra a ese miedo. Empecemos a contestar todos esos “¿qué pasaría si..?” que se nos presentan diariamente.

El gato está vivo, está más vivo que nunca.

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