Te quiero

“Tu problema es que no te dejás querer”, dijo Mariano.

“No, mi problema es que no entiendo por qué alguien querría quererme”, contestó Ana. “No entiendo por qué alguien querría hacer algo que ni yo misma hago. Porque soy complicada, retorcida, orgullosa, paranoica. Soy insegura, ansiosa y poco cariñosa. Creo que querer a una persona así es un acto de masoquismo. La gente piensa que no me dejo querer por mi, pero lo hago por ellos, para que no salgan lastimados cuando verdaderamente me conozcan”.

Atónito, Mariano la miró y le contestó “si te abrieses al menos un poco sería más fácil que la gente te conozca y decida por sí misma si quiere quererte o no. No podés tomar tal decisión por los demás. Vos lo considerás una ayuda, yo lo considero egoísmo. No podés privar a la gente de vos, es simplemente imposible; es injusto”.

“No te entiendo”, contesó Ana. “Tal vez estés tan jodido como yo. Tal vez te guste la idea de sufrir un rato. Por ahí sos de esas personas que necesitan que el sufrimiento les recuerde que aún pueden sentir. Es la única explicación que encuentro para que quieras hacer una locura tal como quererme”.

“Necesitás un psicólogo, Ana. O tal vez simplemente necesitás un amigo, uno de verdad. Uno que te diga que sos una persona maravillosa, y que lo diga en serio. Que no tenés por qué ser insegura, porque tenés todo lo necesario para comerte el mundo. Que no tenés que ser paranoica, porque la gente te dice que te quiere porque lo siente, y no porque los están filmando para una cámara oculta. Que el cariño no se mide en fotos subidas con tu novio a facebook, sino en pequeñas acciones que no necesitan gritar públicamente ‘te amo’. Que sos una retorcida de mierda pero que sos ideal para alguien al que no le gusta la monotonía”. Ana lo miraba confundida y con los ojos vidriosos. Él continuó. “Necesitás alguien que te de un abrazo fuerte, de esos que ahogan y te escuche llorar, no porque tiene que hacerlo, sino porque quiere. Pero principalmente, necesitás alguien que te diga que sos una pelotuda, porque tenés mil razones para amarte y te agarrás de las cinco o seis que existen para odiarte. Sí, Ana, sos una pelotuda. Si seguís encerrada en tu mundo hermético nunca vas a poder escuchar a alguien decir estas cosas. Nunca vas a poder mirarte a vos misma con los ojos del resto. Nunca vas a poder quererte como lo hacen las personas a tu alrededor. Salí de esa caja de mierda, Ana. No prives al mundo de vos”.

“Sos una pelotuda, Ana”, repitió Mariano. “Sos una pelotuda, pero te quiero muchísimo”.

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