Memoria
Hoy soñé con J por primera vez en cinco años. He querido soñar muchas veces con él, pero no sucede a pesar de desearlo tanto. Una única vez lo vi en un sueño, pero yo sabía que no era él, que no era precisamente él, sino el cuerpo de un muerto, el cuerpo del muerto que me aseguré de ver en la funeraria para no permitirme dudar de lo que estaba pasando.
Hoy te encontré en la Biblioteca Central, en una sala en la que no había estado antes. Tú llevabas algunas copias de dos libros que querías donar, pero la bibliotecaria sólo te aceptaba uno, porque “imagínense que acepto todos y luego dejo aquí una pila de libros fuera del estante, no se puede”. Burocracia, pensé yo.
Los dos libros tenían que ver con nosotros (no sé cómo). Uno de ellos, rojo, era de historia de México. Era un libro que yo te había regalado hacía mucho, pero en una nueva edición.
Hace cuánto que no nos vemos que ya hay una nueva edición, dije y te abracé muy fuerte.
Entonces volví a sentir al J vivo, a mi amigo, el que daba esos abrazos infinitos que me desesperaban (qué ironía, la historia es cruel).
Nos abrazamos un momento largo. No quería que te fueras otra vez.
No puedes dejar a tu familia, ¿verdad?
No.
Pensé en tu mamá, que seguramente te extraña como cuando alguien pierde un brazo, una pierna, un órgano vital. Estaba siendo otra vez egoísta, pidiendo una necedad.
Me desperté a las 6:15 llorando y pensando repetidamente que estamos atrapados en un pedazo del tiempo al que llamamos vida. Caballos con anteojeras. La historia es ficción. La memoria también.
En mis sueños hay una biblioteca que es y no es la de la universidad. Allí se deja crecer la meticulosa necedad de la memoria, la que hace que me pique la cara el suéter de lana que llevas puesto mientras nos abrazamos (el mismo que te prestó Mariana una vez en una fiesta, el que llevabas en el otro sueño en el que nada más eras el cuerpo de un muerto). Allí (en ese Paraíso, diría Borges) puedo recuperar brevemente lo perdido, reconstruirlo como a Frankenstein, asirlo como cuando a algo le ponemos lunes, martes, agosto, 4 de marzo, 1982.
No estamos atrapados en la historia, somos demasiado volátiles. Pero nos gusta recordar y contarnos los sueños.

