Roma

Más que una reseña, yo traigo un desahogo.

Me gustó Roma y me disgustó Roma.

Muy pronto, por ahí de la tercera secuencia, comencé a sentir que había un engolosinamiento, una obsesión por decirnos: Miren, el pasado era exactamente así, traje todos estos objetos y sonidos de 1970–1971. ¿A cuántos puestos de La Lagunilla benefició la producción?

Aprecio el esfuerzo, lo juro, la enorme inversión en recolectar minuciosamente las cosas que acompañaron un momento preciso de la Historia. Pero luego comenzó a estorbarme la parafernalia, porque ¿cuál es la historia que cuenta Roma? Es principalmente la de Cleo, y es también la historia de una mujer y sus cuatro hijos abandonados por el padre.

Ya sabíamos, desde antes de entrar al cine, que se trata de la reconstrucción de la infancia de Cuarón. Ya sabíamos, desde que vimos el trailer, que se trata de una casa en la Ciudad de México, en la colonia Roma, en el año del Halconazo.

Todo eso nos fue previamente anunciado. Pero nada de eso importa, porque Cuarón no está contando la historia de Cuarón, creo, sino la de Cleo.

Si la historia es la de Cleo, ¿por qué le obsesiona tanto al director mostrarnos con exactitud cómo era su casa, cómo eran las servilletas con las que la gente se limpiaba, cómo eran los afiladores de cuchillos, los juguetes y hasta los precios de las tortas?

Me obsesiona la historia como discurso imaginario. La memoria como acto creativo. Descreo todo el tiempo de lo que llamamos pasado y de las formas en las que nos lo contamos. Cada vez me convenzo más de que todo es ficción y de que conforme pasan los instantes, todo se nos escapa. Funes sabe que la memoria total imposibilita la historia porque aniquila el espacio en blanco para imaginar, para reconstruir (como en la película de Boe). Funes anhela la noche, la oscuridad que borra las casas en la lejanía, el olvido.

Contar historias nos otorga el poder de retener, de inventar, es decir, de hacer memoria.

Cuarón no dejó huecos para imaginar ese pasado, nos hizo toda la chamba. Gracias, Hollywood.

La fotografía es perfecta.

Los diálogos mínimos, sin adornos.

Pero lo más hermoso son los silencios de Cleo y el modo sutil con el que Yalitza Aparicio nos los entrega. Si en la ambientación no quedaron espacios indeterminados para imaginar, en los diálogos sí. Aquí no hay explicaciones, sino oportunidades para reconstruir la vida emocional de los personajes, todo lo no dicho y que se trasmina en pequeños gestos.

Me pareció muy fina la forma de mostrar el clasismo en detalles discontinuos que entrelazan las historias de las dos mujeres principales. Qué relación más compleja la de Cleo y Sofía. Me resultó sumamente cercana.

Mi madre también se quedó bastante sola con sus cuatro hijos cuando se separó de mi papá. Vivió con nosotros una mujer que se llama Mari y que hacía de todo, como Cleo.

Cuando fue el terremoto del 85, durante varios días, todos dormimos en el cuarto de mis papás porque estábamos muy asustados. Contra la voluntad de mi papá, mi mamá llevó también a su cuarto el colchón de Mari. Porque para mi madre, Mari no era sólo su empleada, era una parte vital de la familia. La quisimos mucho y durante algunos años, después de que dejara de trabajar en nuestra casa, nos visitaba de vez en cuando y nos traía dulces y pepitas de su pueblo.

Cuando mi papá se mudó fuera de la casa, para mi mamá fue fundamental la presencia de Mari. Estoy segura de que esta es una circunstancia que se repite muchísimo en nuestra sociedad, porque las mujeres, más allá de la clase en la que nos ubicamos, padecemos en común la violencia de género.

Hay algo en Roma que va más allá de reivindicar el trabajo doméstico, y de homenajear a las trabajadoras de hogar.

Me parece que en esa relación tensa entre Cleo y Sofía está expresado cierto grado de clasismo, pero también la relación de complicidad y de apoyo que muchas mujeres construyen ante la irresponsabilidad (por decir lo menos) masculina.

Roma es la versión de Cuarón, pero ¿cuál será la historia que se cuenta Cleo (la otra, la que no se llama Cleo, sino Libo)? ¿Cuál fue la historia que se contó Cristina Orozco? ¿Pueden hablar por sí mismas las mujeres en un país en el que se cometen siete feminicidios diarios?

¿Podemos las mujeres ya contar nuestras historias? ¿Tendrán el mismo eco si las contamos nosotras mismas?

Yo creo que Cuarón es un excelente narrador.* Pero hubo momentos en los que me pregunté hasta qué punto su mirada masculina es insuficiente (aunque nos entregue atisbos sumamente poderosos) para narrar ciertas circunstancias.

Mi momento de disgusto vino en la escena que para mí resultó más dolorosa, el parto de Cleo. Pienso que es una de las secuencias que mejor muestran el hermoso trabajo de Aparicio y en la que el personaje de Cleo expresa más contundentemente su carácter.

Estaba profundamente conmovida y tensa: todo bien. Peeeero ¿teníamos que ver a la bebé muerta? ¿No podíamos imaginarla y quizá, así, dolernos todavía más?

Tal vez soy demasiado aristotélica al respecto, pero no soporto que me digan: Mira, exactamente así se ve un bebé muerto. Exactamente así se ve un estudiante asesinado.

Y es que desde antes de que Cleo lograra llegar al hospital, Cuarón ya nos había explicado el santo y seña de los estudiantes baleados.

Soy de la idea de que tiene mucha más fuerza la sangre que no vemos, los muertos que suponemos y que solitos podemos visualizar en nuestra mente. Otra vez, demasiado Hollywood para mí. Mucho despliegue de tecnología cinematográfica que te permite ver un bebé muerto muy parecido a un bebé muerto de verdad, tal como en 1971.

Me quedo con la ternura del personaje que es Cleo, con Aparicio, con la historia de dos mujeres solas y con muchas preguntas. Me quedo con la fotografía y con dos secuencias muy bellas: la de Cleo corriendo para alcanzar al hijo mayor y la del mar.

Ojalá haya más historias de mujeres contadas por mujeres. No porque un hombre no tenga permiso o no pueda hacerlo con maestría, sino porque hay historias a las que por muchísimo tiempo se les ha negado su propia voz, por ser de mujer.

*Ni tan.