En algún mes del año, en la tarde de algún día de la semana. Cuando el cielo comenzaba a oscurecer pero aún no se le denominaba noche, un hombre bailaba solo al son del viento.

Todo estaba quieto a su alrededor. El viento no soplaba. La luna no salía. Las personas a su alrededor parecían haberse congelado y fundido en la penumbra de sus sombras.

Se percibía cierto marco de melancolía y tristeza. El único ruido que se escuchaba era el sonido de los zapatos desgastandose contra las losas de cantera. El hombre, con una misteriosa y casi invisible sonrisa se deslizaba por la plaza alrededor de un quiosco iluminado tenuemente por velas.

De vez en cuando sueña que aparece una mujer, que le acomapaña en un waltz o en un tango. Pero jamás llega ese momento. Está condenado a bailar solo en la eternidad.

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