Después del fin del mundo

¿Ya vivimos después del fin del mundo? Un historiador dirá que un sinnúmero de fines del mundo han precedido a nuestra época. Cayó la terrible Babilonia. Los romanos miraban con temor a los bárbaros y a los cristianos. Cayó Bizancio. Cayó Cartago. Para la gente que vivía en aquellas civilizaciones como abejas en una colmena, aquéllas fueron catástrofes de dimensiones incalculables, verdaderos fines del mundo. No podían saber que, cien, doscientos o quinientos años más tarde se cicatrizarían las heridas y algo de la vieja Roma perduraría en la Europa cristiana.

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No hay que ir tan lejos: ¿acaso no fue la primera guerra mundial el fin del mundo tanto para los muchachos que cayeron en Verdún como para la mayoría de los habitantes de Europa? Se acababa el viejo orden y empezaba un mañana inseguro y caótico. La alegría sólo reinaba en países como Polonia y Checoslovaquia, a los que el fin del mundo traía independencia.
Y luego la segunda guerra mundial, el exterminio de los judíos, dos insurrecciones en Varsovia, tumbas en los patios de las casas. Y otra vez la vida, las margaritas,la ropa tendida en las cuerdas blancas y, en las librerías de segunda mano, libros de ayer que de pronto habían envejecido mil años.
El dramatismo de los fines del mundo tiene grados. Pongamos por caso a los escritores e intelectuales judíos alemanes: han olvidado sus orígenes judíos, son grandes maestros de la lengua alemana, y de pronto se enteran de que los han condenado a muerte, mientras que el portero de su casa que habla un dialecto oscuro y vulgar es obsequiado con una inmortalidad provisional por ser más alemán, un alemán verdadero.
Otros fines del mundo: Mandelstam, que muere extenuado en el campo de concentración. Baczynski, que cae en combate durante la insurrección. Los oficiales polacos trasladados desde Kozielsk hasta un bosque primaveral de las afueras de Katyn -brilla el sol de abril y brotan las primeras hojas de los arbustos.
¿Cómo vivir tras tanto fines del mundo? Adorno consideraba que la poesía era imposible después de Auschwitz. Pero la ropa se seca tendida en las cuerdas blancas y resuena la risa de un niño. El niño crecerá y será policía o cura. Por eso creo que, después del fin del mundo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Naturalmente, es preciso recordar lo que ha ocurrido y pensar en lo que ocurrirá, pero, así y todo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Dar largos paseos. Contemplar las puestas de sol. Creer en Dios. Leer poesías. Escribir poesías. Escuchar música. Ayudar al prójimo. Hacer la pascua a los tiranos. Alegrarse del amor y llorar la muerte. Como si no hubiera pasado nada.

Adam Zagajewski
Solidaridad y soledad