
Hablando de amor
Cuando era pequeña me gustaba practicar deportes en los que tenías un equipo: baloncesto, fútbol, vóleibol e incluso rugby.
Conforme fui creciendo, empecé a notar que no siempre puedes confiar en tu equipo o en las personas que te rodean y que ciertos golpes duelen más cuando vienen de quien menos esperas. Imagino que a todos nos ha pasado, nos aislamos un poco -otros nos aislamos demasiado- y preferimos la soledad.
Dejé de confiar en un equipo y empecé a jugar sola, dejé los balones para ponerme unos guantes y nunca más volver a bajar la guardia. Me protejo, golpeo y no dejo que me lastimen. Me caigo y me vuelvo a levantar, no necesito la ayuda de nadie y, si me hieren, dibujo una sonrisa, continúo.
Considero que es mejor así, es más fácil. No le agarras cariño a nadie, pero es agotador. Me mata, ¿sabes? Tener que remarla yo sola, ser quien debe cargar con todo y fingir que no duele.
