Cuando se jodió el país

Después de aquél día siguieron las plazas centrales de cada delegación de la ciudad, de los ayuntamientos y de las capitales de los estados. Los estacionamientos se multiplicaron y a lo largo de las calles se prohibieron: se había encontrado la solución al problema: llenar las plazas, vaciar las calles. La conversión de los parques fue gradual, más que nada por el tiempo que tomaba preparar los terrenos. La superficie modelo fue la de aquél día: llana y libre de obstáculos, coronada con un asta en el centro. No faltaron los observadores internacionales cuyas críticas, una vez vista la nueva dinámica de la ciudad, se volvieron loas; era verdad, el nuevo país no necesitaba más que autos. El espacio, se concluía, nunca fue un problema, sólo era cuestión de librar de obstáculos y entonces las plazas y calles cumplirían su función: repositorios las primeras y vías de paso las segundas. Puertas adentro la vida comenzaba, el exterior pertenecía a las máquinas; el aire dejó de importar, el mercado de oxígeno empezó a cotizar hasta en la bolsa de valores. Por doquier se repetía la ciudad de los asfaltos.

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