
“Dejé a mi pareja, adopté a una nena de 8 años y me convertí en una mujer completa”
Una historia sobre monoparentalidad: después de sentir un llamado interno, M. F. se separó, inició los trámites de adopción sola y viajó al Litoral para buscar a su hija.
Un cremoso helado de chocolate fue lo primero que compartieron en familia. Un par de horas antes, M. F. había viajado casi 64 kilómetros en remís para buscar a R., una nena de 8 años que vivía en Misiones. El vínculo entre ellas recién nacía; madre e hija sabían, en silencio, que sus vidas estaban a punto de cambiar.
El primer encuentro cercano para romper el silencio fue el paseo a las Cataratas. La chiquita había vivido casi toda su vida en esas tierras rojizas, pero jamás se había asomado a las poderosas gargantas de aguas. La emoción de ese primer viaje terminó con un punzante dolor de panza que le impidió a R. terminar con el recorrido por el Parque Nacional Iguazú. Por suerte, antes llegaron a sacarse una foto, un recuerdo que guardan como tesoro de los primeros días de su relación como madre e hija.
M. F. se mira hoy en esa imagen y cuenta que, poco antes de dicha escena, lo tenía todo: 46 años, excelente salud, una profesión exitosa, su casa propia, un marido (sin papeles) y una familia muy unida. Sin embargo, de un momento a otro, un impulso la volteó. “Empecé a sentir con todas mis fuerzas que todo en mi vida era insuficiente, que algo me estaba faltando. Fue un llamado interno y tuve que escucharlo porque venía desde las entrañas”, describe, mientras aflora el recuerdo de la angustia contenida de aquellos días. “Maternidad” era la palabra que asomaba en su mente.
Lo que siguió fue una charla con sabor a lágrimas junto a H., el hombre que dormía a su lado desde hacía una década. Él ya había pasado la barrera de los 60 y la paternidad le generaba dudas: “Al principio, no me dijo que sí ni que no. Entonces yo esperé, porque mi intención era que adoptáramos los dos juntos. Formar un familia de tres es más lindo, más lógico, más interesante. Pero el tiempo pasó; él no se decidió y yo seguí adelante. Me separé, nunca más lo volví a ver”.
Formar un familia de tres es más lindo, más lógico, más interesante. Pero el tiempo pasó; él no se decidió y yo seguí adelante.
Enfrentar el trámite de adopción no la acobardó. M. F. conocía casos de monoparentalidad y, para la época, este tipo de adopciones estaban normalizadas legalmente. “Una abogada me había dicho que, aun teniendo una pareja estable, podría haber adoptado yo sola. Claro que sabía que iba a tener que enfrentarme a más obstáculos que las parejas…”, se sincera.
Entregó su carpeta en el Registro Único de Adopción de la Ciudad y se sometió a una suerte de “investigación” ante un juez para corroborar su situación económica y si poseía antecedentes penales. También, le abrió la puerta a un asistente social y tuvo que poner el cuerpo para estudios físicos y psicológicos de rutina.
Pero tuvo suerte. Si bien tardó 4 años en concretar su deseo, la posibilidad de adopción en Misiones estuvo presente desde un principio. Ella tenía en claro que, al no tener un compañero de ruta, la idea de criar a un bebé se veía complicada. Una vez más, escuchó a su voz interior: “Tenía más capacidad intelectual y emocional para adoptar a un chico grande, aunque muchos me cuestionaban si iba a poder hacerlo sola”.

“Muchos me decían que no iba a ser fácil, porque los chicos grandes vienen con ‘un regalito bajo el brazo’ o ‘una mochilita’”, recuerda. Pero, sin querer, su decisión la benefició. En Argentina, 4 de cada 10 niños en situación de adoptabilidad tienen entre 0 y 5 años. El resto, según el Registro Estadístico Unificado de Niñez y Adolescencia (REUNA), son más grandes y son pocos los adultos que los aceptan.
Muchos me decían que no iba a ser fácil, porque los chicos grandes vienen con ‘un regalito bajo el brazo’ o ‘una mochilita’.
“La mayor diferencia en la adaptación de un chico grande es que muchas veces requiere de un acompañamiento psicológico que colabore con la generación del vínculo. Nosotras lo tuvimos, aunque el apoyo moral y emocional del entorno es clave. Que te digan ‘estamos con vos’ es impagable”, asegura M. F.

Madre e hija se acomodaron en su nuevo hogar como pudieron: con pocas armas, pero la fuerte convicción de que ese camino era lo mejor para las dos. La monoparentalidad le dio a M. F. la independencia que necesitaba para poder tomar decisiones sin consultarlas con nadie. R., a su vez, pudo dejar atrás un entorno muy hostil donde había niños sin padres ni familia, niñas que eran madres a los 10 años, maltratos, agresión y desnutrición.
“Si no hubiera seguido mis instintos y me hubiera quedado en la cuestión figurativa de la pareja, hoy no tendría la familia que tengo. Hija, nietos, alegría. Soy una mujer completa, soy feliz”.
R. hoy tiene 24 años. Formó una familia y tuvo dos hijos, a quienes piensa contarles su historia cuando sean más grandes. Todos los días agradece haber encontrado a M.F., una mujer valiente que le dio una enorme oportunidad. No considera algo negativo haberse criado con una madre, sin papá: “Fue como cualquier familia, con amor, protección, disciplina y confianza. Nunca sentí la falta de una figura masculina”.
“¿Si yo también adoptaría? Sí, ¡hay tantos bebés y niños con deseos de tener una buena vida!”, confirma R.

Además:
- La primera ley de adopción nacional se creó en 1948.
- En abril de 1997, cuando entró en vigencia la ley N° 24.779, los padres y madres solteros entraron en igualdad de condiciones que las parejas.
- Todos los aspirantes de más de 25 años pueden presentar su carpeta para adoptar.
- Según datos del Registro Único de Adopción, poco más del 30% acepta adoptar chicos adolescentes. Lo mismo ocurre con niños con discapacidades.
Si te interesó este artículo:
5 preguntas frecuentes a la hora de adoptar
Convocatorias abiertas: chicos que necesitan una familia con urgencia
Impulsan más facilidades para las adopciones en la Ciudad
Autores
Paula Demarco, Fer Brovia, Jimena DAnnunzio, Karen Carrillo Florero, Mayra Aguirre, Sofía Félix Poggi.
*Los nombres de las protagonistas de esta historia fueron reemplazados por sus iniciales para preservar su identidad.
