Ojos que no ven, puertas que se cierran

Eduardo González tiene una ceguera casi total que lo ha excluido del mundo laboral. Es masajista profesional y auxiliar de kinesiología, pero se gana la vida pidiendo monedas en el subte.

Aparece con su bastón, lo mueve de derecha a izquierda para no chocar con alguien. Se imagina la luz, sigue el ruido que hace al llegar el Sutbe. Suena el timbre de las puertas, Eduardo sabe que se abren y es el momento de entrar. El recorrido empieza en la estación Pasteur, y termina cuando siente que juntó suficiente dinero para llevar a casa.

Fue en el 2009 cuando Eduardo empezó a pedir dinero en el Subte

Hubiese querido trabajar de masajista, para lo que estudió, sin embargo, hoy solo intenta mantener el equilibrio cuando cruza de vagón en vagón, mientras le explica a la gente su ceguera y pide unas monedas a cambio.

Cuando nació le diagnosticaron glaucoma congénito. A sus 50 años le es imposible consiguir trabajo. Es ciego de un ojo, y con el otro apenas le alcanza para espiar una realidad que lo excluye. Nació en Maldonado, Uruguay, y a los 12 años llegó a Buenos Aires para operarse, luego de que en su país dos cirugías no le dieron resultado. “Cuando llegué acá el médico me dijo que era fácil. Era cuestión de un hilo que se podía cortar”. Lo operaron, y pudo mejorar, sin embargo empezó a perder gradualmente la visión sin poder hacer nada.

Sabía que su vida no iba a ser fácil. Tuvo que acostumbrarse a vivir en la oscuridad de sus ojos. Fueron sus amigos quienes le enseñaron a usar el bastón. Pero olvidaron explicarle como enfrentar la realidad llena de prejuicios, desprecio y discriminación. Aún le cuesta aceptar que nadie le de trabajo.

Antes de perder la visión vendía en el tren Sarmiento, pero por su baja visión, no podía distinguir a personas que estiraban su mano para comprarle. “Empecé a darme cuenta de que estaba perdiendo ventas por culpa de eso, fue muy duro”. Las posibilidades se iban acabando.

Aunque no le gusta vivir pidiendo, desde hace ocho años encara hacia el subte, de lunes a viernes, como si fuera a una oficina, pero donde los empujones y tropiezos son parte habitual del trabajo.

Empieza cerca del mediodía, termina cuando cae la noche. No son horas fáciles, pues aunque consigue lo suficiente para no ir a su casa con las manos vacías, pelea con actitudes discriminatorias, mismas que lo excluyen del mundo laboral.

Eduardo a la espera del Subte

Se acomoda apenas apoya su primer pie adentro del vagón, y, cuando el tren se pone en marcha, empieza. “Buenas tardes, mi nombre es Eduardo González, sepan disculpar la molesta. La discapacidad que tengo, el glaucoma congénito, produce ceguera de a poco, y me impidió poder continuar trabajando. Le pido por favor, a la persona que pueda y quiera ayudarme, que me toque la mano”. Repite lo mismo en el siguiente vagón. Vuelve a repetir la misma rutina en el siguiente subte.

Su matrícula de masajista profesional, y los cursos de estética corporal, quiropraxia de columna, y auxiliar de kinesiología, parecen no ser suficientes. Se pregunta una y otra vez por qué nadie lo quiere como profesional dentro de su empresa, su clínica o su gabinete. “Tiré currículums en casas de masajes, algunos e ofrecían llamar otros me pero me decían que no hay lugar”.

“Yo me siento orgulloso porque, cuando termina el día, sé que puedo volver a mi casa y darle de comer a mis hijos, y que no les falte nada. Pero no me gusta hacer esto. Quiero tener un trabajo como cualquier persona”. Se muestra optimista, muy lejos de cualquier victimización. Por el contrario, acepta la vida que le tocó, y tiene las esperanzas intactas. Sus ojos no ven, pero su corazón siente, siente y habla. Y canta. Y así se va, silbando bajito, tocando melodías que lo devuelvan a los tiempos en los que el trabajo digno era aquello que lo motivaba a despertarse cada mañana.

Anhela volver a vivir, volver a ver la luz.

“Me empujan. Me ponen el cuerpo para no pasar.”. Eduardo González