Viajando al Sur.

A veces me tardo más en llegar, que el tiempo que estoy de visita.

Todavía no me termino de acostumbrar a los viajes de emergencia que hago al sur. Demandan más de lo que espero, desde el momento en que me notifican hasta el momento en que regreso mi maleta al clóset. Un viaje hacia allá me toma alrededor de 14 horas de camino en carretera, ó en promedio 6 horas de avión si encuentro los enlaces correctos. De no ser así, el tiempo estimado sube al recurrir a un viaje multimodal. Más el tiempo de regreso.

El último sucedió hace once días, y no había vuelos que salieran de mi ciudad, ni siquiera con destino a Guadalajara, en donde debo tomar un autobús que me lleve tres horas más por carretera para llegar a mi destino. Moví mi búsqueda a Monterrey, el aeropuerto más cercano que me queda a cuatro horas de distancia. Hallé un vuelo, pero no pude efectuar la compra en línea. Y el tiempo que me llevó ir de mi casa hacia la terminal casi fue el suficiente para agotar los asientos en el vuelo. Cuando finalmente armé el viaje, estilo multimodal, el frenesí por viajar desapareció y mentalmente me trasladé a un universo alterno, a uno en donde no estoy viajando al sur. No es sencillo permanecer absorta en una realidad paralela; mi chofer me hizo darme cuenta que solamente tengo 30 minutos para preparar mis cosas y salir a Monterrey.

"Treinta minutos para arreglar la vida aquí", pienso con un poquito de frustración.

Pensé un par de minutos en mi restaurante. La gente que me espera allá no quiere que viaje sola, y recibo cada veinte minutos mensajes proponiendo alternativas para lograrlo. Decidí ignorar el celular. No sé realmente porqué atiendo las llamadas, y me embauco en el bullicio de lo que implica responderlas. No sé porque sigo viajando hacia allá. Todo el camino hay un desasosiego que me oprime los oídos, y me vuelve arisca. Lo único que sé con certeza es que viajar sola hace el camino más ligero.

Saliendo de mi ciudad, apenas voy pasando por la primera caseta y cuento las horas que me faltan: 4 para llegar a Monterrey, 2 para tomar el vuelo, 1 para llegar a Guadalajara, y 3 más para llegar a la dichosa ciudad, lo que me da un total de 10 horas, si no hay demoras. El celular sigue sonando con alerta de mensajes, por lo que finalmente respondo de manera breve que ya iba para allá, cortando toda posibilidad de mezclar mi camino con el de alguien más.

"Alguien más que se muere", me dije a mí misma.

Y es que este es el segundo viaje de emergencia que realizo en lo que va del año por que alguien en la familia paterna muere. Pienso que mi padre puede ser el próximo debido a la mala salud que siempre ha tenido, y tristemente en vez de sentir dolor por su pérdida anticipada solamente siento la amargura de lo que me va a implicar lidiar con su muerte.

"Voy a tener que avisarle a mi hermana… Y a Brenda… Seguramente tenga que correr con los gastos del velorio… Tendré que lidiar con el niño también, va a llorar demasiado… Odio cuando la gente llora… La misa; voy a tener que hablar en la misa… Y las flores, y el novenario… No me quedaré al novenario… Ni al trío de misas… Ah, se van a molestar si no me quedo… Pero no tengo tiempo…"

Me acuerdo del restaurante que estoy construyendo. La carretera a Monterrey, semidesértica, estaba más verde que el jardín de mi casa, que tiene aspersores y el supuesto cuidado de un semi experto en jardinería. Reí. Tomé fotografías con el celular en distintos momentos y se las mandé a mi esposo, señalando la ironía del asunto. Me respondió con más risas, negando lo evidente de la situación. En el mismo dispositivo, busqué tutoriales de jardinería, del tipo 'hágalo usted mismo'. Fui a parar al único referente que tengo de proveedor de soluciones del hogar, y gasté la mitad de la batería haciendo capturas de pantalla de lo que iba encontrando tanto para el jardín como para mi restaurante. Recibí un mensaje a la hora de estar distraída leyendo ensayos de jardines adaptados a climas desérticos. Decía, en pocas palabras, que en el rancho ya se habían enterado que viajaba al sur por el velorio de la tía, lo que me daba la certeza de no estar viajando sola realmente.

Entré a Monterrey por ahí de las 7 de la tarde, y tenía una ventana de hora y media máximos para llegar al aeropuerto y documentar. Nunca he podido viajar con menos de 10 kilos a cualquier parte. Y hoy no era la excepción. Llevaba atuendos para cualquier ocasión además de los obvios, zapatos de distintas alturas, cosas de trabajo, mi computadora personal, un par de regalos para el niño, un libro que nunca leo, y mi journal, repartidos en una mochila y una maleta de mano que me prestó mi esposo. No tengo maletas pequeñas por obvias razones. Después de 40 minutos de estar atorada en el asfixiante tráfico de una de las seis ciudades que considero lo peor del mundo, le pedí al chofer que cambiara la ruta: que saliera de la ciudad nuevamente y tomara la autopista a Cadereyta. Recuerdo su mirada de asombro cuando me oyó sugerirle un camino alterno. Era un camino que no me gustaba tomar, por más rápido que fuera. Me hizo la observación de no haber comido nada en todo el día, y le respondí que luego tendría tiempo para eso. Recordé mi restaurante. Tenía los ojos puestos en el GPS, contando los minutos, rogando porque no estuviera demasiado mojado el piso fuera del aeropuerto. Era evidente que tendría que correr para alcanzar a llegar, si es que no habían cerrado el vuelo, y yo calzaba mi segundo par de zapatos más altos. Y en el momento menos oportuno, el niño empezó a marcar de manera insistente vía Skype. El problema de la criatura es que nunca nadie le ha dicho que no, de modo que al ver mi negativa en responderle, continuó haciéndolo otras 10 veces. Quería saber si estaba en el restaurante. Finalmente le escribí que estaba ocupada, y él se limitó a responder OK.

Para mi suerte, y contrario a lo que una pequeña parte de mi esperaba, el mostrador de la aerolínea seguía recibiendo gente, por lo que mi viaje continuaba. Me formé detrás de una pareja joven de la cual puedo asegurar que venían odiándose desde que salieron de sus casas, y adelante de una coreana no mayor a los veinticinco años que tenía la mirada fija en su celular. Los diez minutos que estuve en la fila, estuve mirando un local que vendía snacks. Internamente tuve una batalla entre salir y comprarme un vaso grande de papas preparadas o no. La desidia y el recordar el dolor que me provoca la gastritis me ganaron, y antes de que pudiera decidirme, ya había documentado mis pertenencias y me encontraba pasando el filtro de revisión y seguridad del aeropuerto. La pareja antes mencionada venía jaloneándose, hablándose con malos modos, frustrados. Me di cuenta que estaban casados cuando los vi quitarse sus anillos en el puesto de revisión, y casi aventarlos a la canastilla con desdén. No los volví a ver hasta casi una hora después, sentados en el área de comida rápida, hablando como dos personas normales mientras comían lo que habían ordenado en Carl's Jr. Me acordé de mi pareja, y me pregunté si alguna vez nos veríamos así de ridículos peleando en un momento y riendo al otro. Hasta donde yo recuerdo, nunca nos hemos comportado así. Básicamente porque a ninguno de los dos le gusta discutir con el otro y usualmente nos salimos por la tangente con tal de no llegar a ese punto. Saqué mi celular para avisarle que sí había alcanzado el vuelo, y que no tardaba en abordar; revisé un par de correos, me respondió con stickers cursis vía chat y sonreí. Mi sala de abordaje estaba a full. Y noté la presencia de muchos coreanos, con camisetas de Kia. Me reí, y luego volví a pensar en la primera vez que deseé tener mi propio restaurante platicando con el heredero de Kia hace un par de años atrás, precisamente en esa ciudad. El aviso de una demora de 20 minutos en mi vuelo llegó al mismo tiempo que un nuevo mensaje en mi celular: al parecer, el hijo de la tía en cuestión también viajaba a Guadalajara desde Ciudad de México y su vuelo también estaba demorado. Llegamos a la perla tapatía con una hora de diferencia, él después de un largo camino desde Chiapas, pasando por Veracruz y Distrito Federal; yo después de un vuelo en un airbus lleno de criaturas que lloraban cada vez que el avión entraba en turbulencias. Me recibió acompañado de dos choferes que habían enviado para recogernos. El hombre tenía los ojos rojos, y el rostro ahogado en la tristeza de perder a su madre, quien en ese momento aún seguía viva.

Yo nunca sé qué decir en esos casos. Los choferes se apuraron en tomar mi equipaje, y mientras nos dirigíamos al estacionamiento, noté que el hombre tenía ganas de hablar sobre su madre. No tenía escapatoria ni manera de ignorarle, así que con la cabeza estallándome por falta de alimentos y revuelta por tantos cambios de altura, me aguanté el mareo y las náuseas que me provoca el hablar en carretera para concederle el deseo de aliviarse espiritualmente con alguien que sabía que no le juzgaría por nada ni por nadie, no porque yo fuera noble, sino porque no tenía ni la menor idea de lo que venía hablando. Dentro de su plática, venía pensando en mi hermana y en como, si realmente nuestro padre se muriera en un futuro cercano, ella viviría la misma situación que el hombre me venía explicando.

"Nadie excepto uno mismo sabe lo que ha vivido y porqué hace las cosas; no le debemos explicaciones a nadie", le dije.

Supo entonces que lo entendía, y sonrió con pena. Trató de hacer referencia a los años de infancia de los dos, pero decliné su oferta y lo mantuve en el presente. Y es que aunque no sepa qué decir en situaciones así, lo que sí sé es que nada se gana remontándonos a vidas pasadas. El muerto al pozo, y el vivo al gozo.

Llegamos finalmente a nuestro destino a las 2 de la mañana, directos a la clínica donde la tía estaba esperando a su último hijo para morirse. Yo no quise entrar; prefería recordarla como la última vez que la vi. Dije que tenia hambre, y los choferes y mi padre me llevaron a un puesto de tacos. Les causó mucha gracia que comiera más tacos que los tres juntos, a lo que mi padre les respondió que era poco en comparación a lo que yo siempre comía. La señora murió tres horas después, en medio de un aguacero y un calor apabullantes. Había que trasladar su cuerpo de la ciudad capital a su pueblo natal, que estaban a 30 minutos de distancia. Y justo cuando terminaba de vestirme en el tradicional negro, anunciaron que nos querían a todos de blanco. El único color que no llevaba. Diez kilos de ropa y ni una sola prenda en blanco, ni siquiera interior. Mi madrastra tuvo el detalle de regalarme una blusa clara, y cerca de las 4 tarde, nos encontrábamos saliendo de la capital. Para ese momento, tuve que tomarme una pastilla de Dramamine; los remanentes del viaje aún me molestaban y había comido demasiado (10 tacos tuxpeños y 18 sopitos) como para arriesgarme a aguantar las náuseas.

La media hora que hicimos de camino estuve alerta ignorando el sueño que me provoca la pastilla. Mi padre tiene la mala costumbre de alocarse al volante cuando pierde la calma. O tenía, porque diez años han pasado desde entonces y en esta ocasión la aguja del velocímetro no arrebasó los 100 km/hr. Y el hecho de que se tomara su tiempo en llegar me dio un mal presentimiento, que más tarde su esposa me confirmaría: el señor había tenido en la semana un intento de infarto. Volví a ese pensamiento que había tenido principiando el viaje, el de lo que sucedería si se moría. Así como lo recordé, lo deseché. Mi atención se centró en el pan dulce y los refrescos que se ofrecían en la funeraria. Nunca paro de comer. Ahí estuve hasta pasada la medianoche, sorteando gente que no conozco, ignorando a la que sí, pasando el tiempo pensando en el restaurante que me esperaba en mi ciudad, en mi esposo que sabía que no comería otra cosa mas que pizza hasta mi regreso, en mis perros que notarían mi ausencia, y en la cita que había tenido que posponer de mi cuarto tatuaje. Pasé horas platicando con mi madrastra, para mala suerte de mi padre (y me estoy riendo mientras lo escribo). Lo que a nadie se le ocurrió fue llevarse paraguas al entierro, al día siguiente. Muchos terminamos escurridos, y mientras algunos familiares se preocupaban por mantenerme seca, yo mantenía mi distancia con una pequeña sonrisa agradeciendo el gesto. La verdad era que para el calor que suele haber en el pueblo, la lluvia era una bendición, tomando en cuenta que vengo de una ciudad desértica. Usé un vestido negro que me llegaba a la rodilla, con detalles en encaje, que dejaba lucir mis tres tatuajes totalmente, para descontento de algunos. Me gusta caminar y que el paso de mis tacones genere eco. Recordé una vez más mi restaurante, específicamente el personal que lo atendería. La mitad de la misa la gasté en navegar dentro de Pinterest los resultados que me salían de la búsqueda 'gang'. Acabada la visita en el panteón, pedí que me llevaran al mar, que está a cinco minutos. No quise pisar Playa Azul, así que dimos vuelta a la derecha y llegamos a El Real. Uno pensaría que con el paso del tiempo y las tormentas, la playa sería distinta a como uno la recuerda. Pero no. Llegando a Playa Pascuales, pasamos por la zona de surf. Sonreí mientras veía a lo lejos surfistas sortear las pequeñas olas que ofrece la playa. Si hay algo bueno que recuerde de ese lugar, y en general, de todo Colima, es precisamente ese lugar.

Regresamos a la capital, y las pocas horas que quedaban para mi regreso (que eran en resumidas cuentas, otras 10 horas de camino), las pasaron tratando de convencerme de quedarme más días. La negativa siempre fue la misma. Concentré mi atención en la cena, y en seguir pensando en mi restaurante. A veces lo pienso tanto, que termino fastidiada antes de poner un pie en el local. Tengo que lidiar con personas que en vez de hacerme el camino más sencillo, lo complican, aunque no necesariamente con mala intención. El camino de regreso lo gasté revisando tutoriales de concreto y jardinería desértica. Mi madre siempre decía que su madre decía que para mandar hay que saber hacer. Y tiene toda la razón.

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