RUMBO A INDONESIA: UNA LARGA IDA

Cuando alguien habla de irse de vacaciones en verano, todos pensamos en lo mismo: ir a la playa. Y eso fue lo que pensé cuando mis padres hablaban de vacaciones este verano. Pero sin darme cuenta me vi montada en un avión inmenso de dos plantas despegando hacia Bali.

En ese momento pensé quiero morirme antes que pasar metida en un avión veinte horas y después de haber estado esperando más de tres horas por retraso. Pero por suerte fueron nueve, ya que se realizaba una escala en Dubái, donde perdimos el segundo avión que nos llevaba hasta Indonesia debido al retraso en España.

Muchas personas se quejaban, pero yo no veía el problema: la compañía de vuelos nos ofrecía un día de alojamiento en Dubái, hasta el día siguiente que salía otro avión. Para mí era un regalo poder ver otra ciudad aunque solo fueran 24 horas y tuviera poco tiempo.

Salir del aeropuerto era un tremendo golpe de calor y humedad que te daba en todo el cuerpo, tanto que hasta las paradas de autobús tenían aire acondicionado y por muchas calles había pulverizadores de agua.

En este ciudad, conectada por un metro en las alturas, pudimos disfrutar de inmensos, peculiares y lujosos edificios, centros comerciales espectaculares, donde cambiar dinero por oro en una maquina expendedora era algo normal, paseo en helicóptero viendo toda la ciudad y la famosa playa con forma de palmera, todo ello contractado con unos barrios pobres, donde la población se dedicaba al comercio de telas, oro, especias, etc.

Desde el punto de vista gastronómico, menos mal que solo estuve allí 24 horas, porque toda la comida sabía igual, a una especie fuerte y desagradable para mi gusto.

Tras un día a toda prisa viendo la ciudad, era hora de ir de nuevo en busca de nuestro avión hacia Bali.

Like what you read? Give Magdalena Oñate a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.