El cuartito de la Roma.
La vida en la ciudad es un poco rutinaria, empiezas con el café de la mañana y lo terminas con el ¡click! de la lámpara del dormitorio por la noche.
Así pasó cuando quise sacarme las pelusas de la rutina, caminé por el pavimento de la colonia Roma, mojado en su totalidad por la lluvia de las 6:00 de la tarde, sin querer tropecé con la levadura pequeñita que tenía la banqueta y me topé con gente arreglada, un fondo blanco y lo que parecían ser cuadros ¿de que? aún era desconocido.
Una de las fotógrafas más reconocidas de la ciudad estaba inaugurando una galería, con múltiples participantes colegas que en espacios de 2x2 dejaron plasmados los lugares que solo ellos pudieron ver junto con todo su equipo de fotografía. Admiré el desierto que representaba la parte sensible del cuerpo humano acompañado de un discurso erótico a cargo de una mujer, las auroras boreales de Islandia, las muñecas de París, la religión y la muerte en México, el espacio íntimo de las personas, pero no un espacio habitual, todo lo contrario, un espacio en el que se involucra la desnudez y una sombrilla como perfecto vestido para una tarde lluviosa.
Después de escuchar a los curadores y hablar de las obras de cada uno, me llamó la atención un pequeño cuartito que estaba alejado del centro de la explicación, estaba lleno de hojas y dos cuadros grandes, solo que no podía ver bien por las personas que lo tapaban, así que me dispuse a caminar hacía el y explorarlo; pero ¡que cosa!, pensé, carteles de personas desaparecidas, la recreación de restos humanos, la simulación del desarrollo físico de un chico que desapareció en 2006 en Venezuela con sus posibles apariencias incluso la de mujer, cráneos y alas de mariposa.
Esa noche entendí que la muerte es la causa infinita del dolor humano, pero también la cura.
