Poder (11)

Possession | Andrzej Żuławski | 1981

Toda la sala se levantó, el veredicto se dictó y la gente que se encontraba a mi lado me abrazaron con tanta fuerza que, en medio de mi desorientación, los sentí, sentí el calor recorrerme cada poro de la piel, como la felicidad ajena se reflejaba en mí como un cristal y el brillo, el brillo de la libertad pegándome en el rostro, al igual que el sabor de la calma en la punta de la lengua. La sensación se siente como algo exagerado, algo casi pretencioso, tan lejano pero a la vez tan presente. Aquella chica fuerte luchando estaba allí de pie, recibiendo el cariño que había necesitado tras todos esos sucesos pero la pequeña versión de mí estaba rasgando espacios de mi mente en busca de hacerse notar, algunos tan recónditos que no me había percatado su existencia hasta ese momento.

Sólo me hice consciente del sentimiento cuando sus ojos claros llenos de rabia se conectaron con los míos, como cazador mirando a su presa. Quería ser un león, que mi melena larga tapara mi nerviosismo, mis filosos dientes desgarraran su actitud prepotente, que me tuviese terror y supiera quién soy. Sus balas ya no podrían perforar mi pecho, ya no más. Ya no podía venir por mí, tenía tantísimas cicatrices de pelea como para dejar que un hombre, lleno de pensamientos tan pobres y con actitudes tóxicas tan innatas, volviera a hacer de mí un animal domesticado. Los espacios de mi mente se abrieron, dejaron de aprisionarla, a ella mientras se sacudía las rodillas magulladas y se limpiaba la sangre seca que yacía en su comisura, aún estando en completa desnudez, vulnerabilidad en su estado bruto se negaba a darle el placer de verla así, no.

Mierda, soy aquello a lo que debería tenerle miedo. La pequeña yo miró hacia la luz por un momento y se vistió en colores claros, con labios rojos y con un corazón noble que perdonó pero decidió no olvidar. Porque tenía la valentía suficiente para dejarle ir pero no cometer los mismos errores. Aquel hombre caminó delante de mí, vociferando groserías, difamando mi persona, “ella lo merecía, lo merecía, no hice nada malo” y no. Le devolvimos la mirada en un acto de compasión y empatía, sabiendo que mantenerse en silencio conseguía más repercusión en su mente que hablar porque ya se había dicho lo suficiente. Esperaba que, por el resto de los años que estaría en una celda, recordara esa mirada, que supiera que él no era la víctima sino el victimario. Él había presionado el gatillo y yo sólo había escapado.

Por eso, en mi mente hicieron eco unas palabras que conservaría conmigo en el transcurso de los años: A ningún hombre consiento que dicte mi sentencia. A ningún hombre, a ningún ser dejó que decida mi futuro, mi vida, mi salud. A ningún hombre dejó que rompa mi espíritu. Ya no más.

Por eso en el momento en que di la vuelta, supe que nunca debía mirar hacia atrás. Aquello que mantenía en mis manos eran las riendas de mi vida, ahora mis fortalezas y debilidades se tomaban de la mano y existían de manera paralela. Estaremos bien, dijo la pequeña, estaremos bien. Esto es nuestro, esta epifanía de pura felicidad y tranquilidad es nuestra. Es poder.