¿Regresar a Venezuela?

Me lo han preguntado otros y me lo he preguntado yo: ¿regresaría a Venezuela de ser este, en efecto, el final de esta tragedia veinteañera firmada por el chavismo?

Es una pregunta difícil. Hay unos que no dudan en responder que sí, que de inmediato; incluso hay quienes quieren irse de una vez, para vivir el proceso (emocionante, indudablemente) en lo que llaman primera fila. Hay otros que se ponen plazos (dos años, tres, cinco). Algunos que esperan ciertas garantías y ponen condiciones al éter (seguridad, calidad de vida, y todo eso que se fue perdiendo paulatinamente en las últimas dos décadas). También están los que dicen nunca. Y estamos los que nos perdemos entre todas esas opciones, que un día lo soñamos, al otro lo descartamos, y al siguiente encontramos una forma de comprometernos.

Lo que diré a continuación probablemente sea una estupidez y cualquier experto en semántica tendrá argumentos de sobra para rebatirlo, pero para mí volver y regresar son palabras con cargas distintas. Cargas emocionales, sobre todo, entre otras. Regresar, siento, es quedarse. Reiniciar la vida en el lugar del que partimos. Empezar de cero allí donde dejamos todo. Para algunos, que tienen demasiado tiempo lejos, incluso podría significar una nueva forma de exilio (se ha visto en otras situaciones de migraciones masivas). Y volver es una forma menos comprometida. Pongamos que estos son las verdaderos significados de estas palabras, para efectos de este texto insensato.

¿Volver? Claro que volvería. A los abrazos de mis papás, a las playas (extrañar el Caribe es algo diario), a mis familiares y a los poquísimos amigos que todavía siguen allá. Las garantías que necesito son las que necesitamos todos y quedan implícitas. No hay mucho para decir aquí. Sí, volvería; de vacaciones, de visita, volvería.

Pero pensar en regresar me cuesta un poco más. No me veo haciéndolo, ni en el corto ni en el mediano plazo. Y no tiene nada que ver con algún sentimiento patriótico (malo o bueno), ni con miedos ni incertidumbres (no del todo). Tiene que ver, por el contrario, con todo lo que he hecho desde que me fui. (No voy a exponer las razones por las cuales dejé Venezuela, sería tremendamente impertinente de mi parte. Pero son válidas, como las de todos; como las de los que se quedaron, las de los que todavía no se han ido y las de los que regresaron.)

Desde que salí de mi país, he logrado cosas. Me enamoré de Chile, un país que ya considero una segunda casa (le tengo fobia a la palabra patria, sabrán perdonarme); coseché una gran relación; iniciamos nuestra propia empresa; me cultivé; hice buenos y eternos amigos. Cuento corto: me arraigué, me estabilicé; estoy feliz, tranquilo y entusiasmado. Algo que, sabemos todos, no siempre es fácil de lograr, mucho menos de abandonar.

Pero el volver (según mi concepción), condicionado al fin de todo esto, que parece inminente, es un hecho. ¿Regresar? Todavía queda camino por recorrer. No obstante, creo que no son esas las cuestiones que debería estar planteándome en este momento. Desde el 22 de enero de este año, mi óptica, personal e íntima, sobre el país dio un giro feliz e inesperado. Mi cinismo se fue evaporando a una velocidad vertiginosa hasta quedar prácticamente anulado. Mi pesimismo atravesó un proceso similar. Y aunque conozco los riesgos que corro, los mismos que corremos todos, esta vez decidí creer, sin demasiadas restricciones.

Por instinto, creo. Porque se siente distinto, creo. Porque veo a la gente unida, sin bandos, solo venezolanos contra tiranos, creo. Porque el apoyo de la gente de afuera ha sido abrumador, creo. Porque desde hacía tiempo no me sentía tan en sintonía con mi país, creo. Porque se me derribaron varios muros que daba por insalvables, creo. Porque entendí que nos merecemos tener esperanza, creo. Porque no siento más que orgullo y agradecimiento al ver a tanta gente en la calle, creo. Porque, sin creer en ídolos ni caudillos, Juan Guaidó, calladito, sonriente, calmado, le devolvió el sentido a la palabra presidente, una que antes pronunciábamos con rabia y con vergüenza. Por eso, creo.

Y esa seguridad, aunque temblorosa, aunque dé miedo, aunque esté rodeada por una sutil nube de incertidumbre, para mí ha significado, en una semana en la que no he podido soltar el teléfono, pendiente de lo que pasa, una conexión que hace rato daba por perdida.

Y para mí, esta esperanza, es una forma de estar, una forma de regresar a Venezuela.

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