Situación geográfica, realidades distintas

Fotografía: Eleazar ‘Caps’ Briceño

Mis redes sociales han estado todos estos días llenas de imágenes, noticias, comentarios, análisis, críticas, quejas, canciones, sobre la situación de Venezuela. Creo que ningún venezolano, en el lugar del mundo en el que se encuentre, ignora lo que está sucediendo en nuestro país, pero para quienes no lo saben: la grave crisis sociopolítica y económica que ha arrastrado Venezuela desde finales del siglo XX ha evolucionado en una dictadura cruel, opresora y totalitaria, cuyas acciones y decisiones han hecho que la sociedad venezolana, en masa y una vez más, salga a la calle a protestar, en ejercicio de su derecho constitucional. Estas protestas, que iniciaron formalmente en el mes de abril, se han visto marcadas por abusos de las autoridades y cuerpos de seguridad, por una cruel represión con bombas y balas hacia los manifestantes, por ataques de grupos civiles armados por el gobierno nacional, y por la insistencia del gobierno, encabezado por Nicolás Maduro, en bailar (bailar, literalmente) y seguir violentando la Constitución, mientras el pueblo muere por falta de comida, de medicinas, de seguridad, de paz; y, también, asesinado por la Guardia Nacional Bolivariana, por los cuerpos policiales, y por los practicantes del paramilitarismo venezolano, ejecutores del terrorismo del estado, llamados ‘colectivos’. Esa es la situación de Venezuela. Hoy, mientras escribo, la cifra de muertes se ha elevado a 45 personas, la mayoría de ellos jóvenes menores de 28 años.

A los venezolanos que estamos fuera del país no nos es ajena la situación. Estas últimas semanas apenas nos separamos del celular, apenas podemos mirar otro tipo de noticias que no estén relacionadas con Venezuela. Ayer, una señora en el metro volteó a mirarme porque de mi celular salían ruidos de disparos. Sí, señora, esos ruidos que escucha los hacen las armas con las que los militares de mi país matan a civiles inocentes. Lo primero que hago al despertarme es revisar mi teléfono: abro Twitter, abro Facebook, me voy a los portales de noticias. Cuento los nuevos heridos, los nuevos presos, los nuevos asesinados. Y el día sigue así, en una constante división, donde, por un lado, tengo la vida que decidí construir al irme de Venezuela, donde mis problemas son otros, donde mi rutina es distinta, donde mi dinámica no tiene nada de extraordinario, pero es tranquila, es normal. Y, por otro lado, esa vida que dejé físicamente, esa vida que vivimos a través de la pantalla de un computador o de un teléfono, esa vida que se nos hace lejana pero increíblemente real y dolorosa.

Y, entonces, mezclamos. Nos perdemos. Mezclamos las calles que ya hemos hecho nuestras con las calles abarrotadas de gente de Caracas y el resto de las ciudades del país, y hasta nos descubrimos pensando: cómo puede –podemos– estar tan tranquilos, tan indiferentes, cuando allá nos están matando. Y sí, digo nos, porque, a pesar de ya no estar, sigo siendo. Pero al mismo tiempo encontramos espacios para esparcirnos en nuestra realidad física, esa que vivimos con el cuerpo, esa donde nos despertamos, tomamos el metro o el autobús, donde caminamos tranquilos por las calles, donde tenemos agua, comida, buena conexión a internet, donde la electricidad no falla, y la plata alcanza. Donde estamos viviendo, y no sobreviviendo. Y en ese ir y venir, donde Venezuela entra y sale, sin avisar, abriendo de golpe las puertas, existimos. Y no quiero minimizar el sufrimiento de nadie, mucho menos de quienes están en Venezuela, protestando o no, velando a un hijo, hermano, amigo, padre, madre o no, comiendo o no, enfermos o no. Porque el sufrimiento de ellos es real. Pero el de nosotros, los que nos fuimos, porque quisimos, porque tuvimos, porque pudimos, también. Y nuestras razones para estar preocupados por Venezuela, para no poder despegarnos, también son reales. Sin embargo, así como Venezuela entra intempestivamente y se vuelve un todo en la distancia, nuestra vida actual también se impone, y no, no es sano dejar de vivirla. Porque, sea cual sea la razón que nos empujó a salir, y aunque haya muchos que quieran hacerlo y no puedan, y otros que quieran quedarse, nosotros sí salimos. Y, sin arrepentimientos, las consecuencias de ese hecho es algo que debemos aceptar. Yo las acepto.

Hoy, mi nueva vida, mi nueva realidad, se impuso. Y a pesar de que en los últimos días he estado publicando en Facebook y Twitter contenido relacionado a Venezuela, denuncias personales e información, hoy hice una publicación desde mi cotidianeidad, un chiste común y corriente, una historia de las que siempre me ha gustado contar y de las que voy a seguir contando. Decir “fui atacado” me hace sentir como una víctima, y no lo soy, pero alguien (a quien no mencionaré, porque sin esperar réplica me bloqueó de todos lados) me acusó de indolente, “porque en medio de tanta crisis y de tanto sufrimiento me atreví a contar algo banal, algo intrascendental, algo gracioso, además”. Y quiero aclarar: si esto pudo ofender a alguien, mis más sinceras disculpas. No era la intención. Lamento, como muchas personas, aquí y allá, lo que está pasando con mi país. Pero no puedo dejar de vivir mi vida. Creo que mi responsabilidad como venezolano (una responsabilidad que, además, la tiene el que quiera tenerla, sin importar donde esté) es tratar, desde mi posición, desde mi rinconcito alejado del foco del problema, aportar con lo que pueda. Y sí creo que aporto: verificando información, compartiendo, pidiendo ayuda, regando la voz. No sé si es mucho o es poco, pero es lo que puedo hacer, desde lo que sé: leer y escribir. Sin embargo, mi vida, esta vida que quise construirme cuando salí de Venezuela, es imparable, no puedo domarla, no quiero domarla. Y si a alguien que esté pasándola mal en estos momentos, sufriendo, preocupado por la situación del país, le arrancó una sonrisa mi atrevido chiste: también creo que aporté.

No es momento de separarnos, es momento de unirnos. En la distancia, acortando las situaciones geográficas, mezclando nuestras realidades para hacerlas una sola, pero sin abandonar nuestras vidas. A los familiares de los fallecidos, mi más sentido pésame. Duelen profundamente. A los que siguen protestando, a los heridos, a las madres, padres, a los valientes, a los periodistas, a los fotógrafos, a todos: gracias. No puedo decir más, solo GRACIAS.

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